Opinión
Milei en inglés, Trump en 'trumpiano'

Por David Torres
Escritor
Para que le recuerden de vez en cuando que es el presidente de Estados Unidos y no sólo un tonto con una gorra, Donald Trump acostumbra a darse un baño de predicadores telépatas o de animadoras rubias, según le toque masaje espiritual o de los otros. Este fin de semana, sin embargo, ha introducido una variación en su dieta de egolatría para presidir una cumbre de líderes latinoamericanos con el pomposo lema de “Escudo de las Américas”. Sí, suena a Los Vengadores de la Marvel, como si Trump estuviera reuniendo un equipo de superhéroes y se hubiera reservado para sí mismo los papeles del Capitán América, del abuelo de Thor y de Hulk color mandarina. El motivo de la parranda es establecer una coalición militar contra los cárteles de la droga: por eso la celebran en Miami, a ver si Brian de Palma se anima y rueda una continuación de Scarface. Entre Bukele, Milei, Peña, Kast, Asfura y Noboa, la cumbre, más que una cumbre, parece un hoyo.
Aunque todos los mandatarios extranjeros hablan castellano, Trump advirtió, con la cortesía que le caracteriza, de que no piensa “aprender su maldito idioma”, porque no tiene tiempo y, sobre todo, porque no le da la gana. Es evidente que todos esos países de chichinabo se encuentran por debajo de Estados Unidos en el globo terráqueo- algunos en el culo del mundo-, eso sin contar con que, como se queden un día de más en Miami, sus representantes acaban en un campo de concentración del ICE con dos hostias encima, por payoponis. En deferencia a su anfitrión, el presidente argentino Javier Milei empezó su discurso leyendo unas frases en inglés -un inglés de Albacete o de Jujuy- que por poco no le cuestan el bombardeo de la Casa Rosada. Menos mal que Trump conoce a Milei y se lo tomó a broma.
Otra explicación, más plausible, es que Trump todavía está aprendiendo inglés y gracias a eso pudo desentrañar la farfolla que el presidente argentino expectoraba a duras penas. Es lo bueno de los novatos que chapurreamos inglés: que, salvo los muy doctos y los angloparlantes de nacimiento, podemos entendernos en inglés entre nosotros, seamos de donde seamos. Vete a saber si fue una coña de los asesores que, por divertirse, le escribieron la transcripción fonética en euskera, o si, con los nervios, a Milei se le olvidó ponerse las gafas. El caso es que días atrás Milei presumía de hablar inglés a la perfección: lo había perfeccionado en la Universidad de California en Irvine, donde se conoce que también estudió economía, espiritualidad y modales, más o menos con los mismos resultados. Da la impresión de que en realidad estudió todo eso en la Universidad de la Vida junto con el cursillo para resucitar perros muertos.
Como decía, yo entiendo a Milei y a Trump a la primera tal vez porque hablo inglés parecido: sin miedo, de oído y a voleo. De hecho, aprendí economía a la vez que inglés, con la ventaja de que, al igual que Milei, he quintaesenciado mis conocimientos en ambas materias con una sola frase: my father is poor and my taylor is rich. A estas alturas de la vida ando igual que los pobres argentinos: ni siquiera tengo sastre. Una vez, durante un viaje a Edimburgo, hasta logré que un revisor de tren escocés acabara hablando con acento andaluz. Pensándolo mejor, más que Brian de Palma, la cumbre del Escudo de las Américas tenía que haberla filmado John Ford al estilo de los parlamentos de indios de Fort Apache: en la versión original los indios hablan en mexicano y en la doblada hablan euskera inventado, como Milei. Hace falta mucho desparpajo para ponerse a despedazar el idioma inglés ante medio mundo sin tener ni puta idea, aunque quizá no tanto como para dirigir un país. Cenquiu, gudmornin.
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