Opinión
G4Z4

Filóloga y profesora de la Universidad de Sevilla
Quizás se hayan preguntado la razón por la cual se utiliza en las redes el código leetspeak, sustituyendo las vocales por números que se ven parecidos, como en el título. Y tal vez hayan pensado que sea un capricho de los jóvenes, que gustan de utilizar un código críptico como manera de identificarse como comunidad; lo cierto es que esa forma de expresión denuncia por sí misma la existencia de una censura algorítmica a la que se trata de burlar. Es sabido que las plataformas suelen limitar, ocultar o moderar publicaciones que contienen ciertas palabras claves asociadas a "conflictos bélicos sensibles". La expresión leetspeak permite que la discusión sobre el tema circule sin que el sistema bloquee la distribución de la publicación. Es así como nos estamos acostumbrando a hablar de Gaza como en un susurro y a mirarla como a través de un velo que atenúa la brutalidad de un genocidio retransmitido en directo.
El encubrimiento de esta realidad se lleva a cabo a través del silencio cómplice de los medios, que practican un apagón informativo escandaloso en relación con la invasión y la limpieza étnica del pueblo palestino. El Mundial de fútbol, los incendios forestales o el ático de Ayuso saturan la agenda sin dejar lugar a cuestiones vitales, que han dejado de atraer porque ya no se perciben como novedosas. Sin embargo, incluso para quienes pensamos que nunca se ha respetado el tan cacareado "orden mundial sometido a reglas", la escala criminal de esta masacre ha sobrepasado todas las líneas rojas imaginables.
No obstante, la opinión pública, anestesiada como la rana por el agua que gradualmente sube de temperatura, reacciona espasmódicamente, como entre nieblas. Una de las funciones del tremendo ruido al que estamos sometidos es esa: saturar la percepción hasta confundir y embotar los sentidos. Gritamos y protestamos con la Vuelta ciclista hasta romper la aparente estabilidad de nuestros días, pero rápidamente un falso Alto el Fuego, que permitía a Israel seguir con la matanza a otro ritmo, sosegó la angustia. El genocidio continuó, pero en sordina. Y así han transcurrido los días de verano sin tomar plena conciencia de que asistimos a una guerra total, de que el pueblo palestino se halla cercado, sometido a hambruna, sin poder acceder a la ayuda humanitaria de alimentos y medicinas (solo esto ya constituye un crimen de guerra), perseguido, aniquilado.
Este pasado sábado, el ministro de Seguridad de Israel, Itamar Ben Gvir, llamó otra vez al exterminio de la población palestina: "A Mí me parece que habría que llevar a cabo asesinatos selectivos en Gaza y cargarse a entre 30 y 40 [gazatíes] cada noche. No solo a aquellos que representan una amenaza inmediata". Las organizaciones humanitarias internacionales ya han denunciado que estos asesinatos colectivos son ilegales, porque incluso cuando se propongan como "selectivos" muchas veces los civiles inocentes mueren junto a los objetivos. Pero para el ultranacionalista Ben Gvir, que brindó con champán cuando se aprobó la pena de muerte para los palestinos, los "terroristas" palestinos no merecen ni la "emigración, nada, solo matarlos uno por uno." Pues "ahí hay gente que no se merece vivir. Ni debería vivir. Es que no son ni siquiera personas". El discurso, que es acción, extermina verbalmente a los palestinos sin que este crimen simbólico suscite ningún efecto de repulsa por parte de la comunidad internacional. En el informativo de la TVE pública, la presentadora cita las palabras del ministro israelí sin hacer ninguna observación, sin formular el mínimo pensamiento crítico, por ejemplo, aclarar que esa llamada a incentivar asesinatos a civiles indefensos es contraria al Derecho Internacional, constituye un crimen de guerra. Una palabra, algo que marque con una distancia epistemológica infinita el rechazo que sentimos ante ese acto de habla sádico. Sin embargo, la presentadora simplemente reproduce las palabras, como si la pretendida objetividad o equidistancia impidiera tomar posición en contra del crimen y la violación de los derechos humanos…
Quienes se han propuesto terminar con la Corte Penal Internacional -y con las limitaciones que supone a su sadismo- empiezan por violar los límites discursivos haciendo saltar por los aires los limites éticos imprescindibles: su discurso naturaliza expresiones como matar, expulsar, aniquilar, cazar gazatíes convirtiendo el crimen en una opción política aceptable.
Mientras tanto, la vida en Gaza es un infierno: en esos 300 días del falso Alto el Fuego, 1270 gazatíes han sido asesinados, entre ellos 300 niños, y unos 4200 han resultado heridos por los ataques israelíes, cifras que han de sumarse a los 73400 asesinados desde el 7 de octubre de 2023. La población, sin agua corriente ni electricidad, sigue en tiendas de campaña imposibilitada de llevar a cabo la reconstrucción. Se trata de aplastar a Gaza, de terminar con la tierra cultivable, con el agua, de que no quede piedra sobre piedra para que los israelíes puedan finalmente construir el deseado resort de lujo sobre sus cenizas.
El objetivo no es Hamas, es exterminar a los palestinos para quedarse con su franja. Nada más. En contra del Derecho Internacional y de los Derechos Humanos y a la vista de todos.
¿Dónde están las sanciones contra Israel por todos estos crímenes? ¿No van a tener ninguna consecuencia las reiteradas llamadas a la limpieza étnica, que hasta hace unos meses no habríamos dudado en calificar de nazis ni en condenarlas enérgicamente? EEUU y la comunidad internacional guardan un escalofriante silencio.
No extraña que la Cruz Roja se haya mostrado horrorizada y declare que "La humanidad está fallando en Gaza". Moustafa Bayoumi ("Por qué la destrucción de Palestina revienta el orden mundial", en elDiario.es, en colaboración con The Guardian) nos invita a considerar lo que escribió Colin Jones en The New Yorker a principios de este año. Jones, tras consultar a destacados juristas del estamento militar estadounidense, descubrió "un Ejército estadounidense profundamente preocupado por verse limitado por el derecho internacional a la hora de librar una futura guerra contra una gran potencia como China; la ‘relajación de los límites en torno a las bajas civiles’ por parte de Israel desplaza convenientemente los límites de lo permitido para futuras acciones militares de EEUU". Y concluye, "Gaza no solo parece un ensayo general del tipo de combate al que pueden enfrentarse los soldados estadounidenses. Es una prueba de tolerancia de la opinión pública estadounidense ante los niveles de muerte y destrucción que conllevan este tipo de guerras".
Como en el caso de la rana hervida, metáfora de la conciencia dormida, van desplazándose insensiblemente los límites de lo moralmente aceptable, hasta el punto de reproducir las palabras de un alto cargo del gobierno israelí incitando a cometer crímenes de guerra sin el más insignificante comentario. Recibimos esta violencia sin salvaguardas, sin marcadores epistemológicos que subrayen la distancia infinita que separa estos discursos de lo que es ética, humanamente digno y aceptable. Y poco a poco, entre áticos, joyas, éxitos deportivos, bulos y guerras judiciales, los vamos incorporando a nuestra conciencia hasta el punto de aceptar un genocidio como arma de guerra legítima. Y no se nos quiebra la voz, ni nos estalla el cerebro; como refería León Felipe, ya no hay locos, en España ya no hay locos, "todo el mudo está cuerdo/terrible, horriblemente cuerdo".
Podríamos considerar que el genocidio en Gaza funciona como un ensayo de normalizar ante la opinión pública la violencia extrema. Por eso es tan importante visibilizar los crímenes, defender el Derecho Internacional. Visibilizar es una operación contraria al encubrimiento: exige no solo mostrar el dolor, sino también denunciar las causas estructurales, exigir responsabilidades, romper el velo de eufemismos y de silencios con el que los medios ocultan realidades escandalosas; denunciar la falsedad que hay tras expresiones como "un frágil Alto el Fuego", mostrar la extrema violencia que hay en utilizar el hambre como arma de guerra, en impedir que lleguen medicamentos a pacientes que mueren sin amparo… Seguir nombrando lo que ocurre, sin eufemismos, mostrar nuestra distancia hacia los crímenes sanguinarios es una forma de proteger la dignidad humana. Mientras continúe el genocidio no podemos rendirnos, ni la conciencia puede aceptar ninguna tregua.


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