Opinión
La gente se muere muchas veces y muere en muchos sitios a la vez

Por Andrea Momoitio
Periodista y escritora
Escribo este artículo un rato antes de volver al portal en el que recibí la noticia: "Si necesitas hablar, aquí estoy", me decía A. después de darme la noticia. Mi amiga M. había muerto unas horas antes.
El portal no tiene nada de especial. Es un portal en uno de esos edificios de oficinas donde podrían solucionar casi cualquier problema: despachos de abogadas, arquitectas, consultas privadas de medicina, asesorías de todo tipo. El suelo creo que es de mármol y juraría que había alguna gran maceta, de esas de portal, con plantas de plástico. No. No tiene nada de especial, pero a mí me da miedo volver. Me da miedo volver y que mi amiga M. vuelva a morirse. La gente se muere muchas veces y muere en muchos sitios a la vez. No nos morimos solo en el sitio donde se produce el acto absurdo de morir, sino en todos los sitios donde están, mientras mueres, las personas que te quieren. Me da una pena tremenda que mi amiga M. haya muerto en ese portal.
Hay lugares, como ese maldito portal, que se quedan heridos para siempre. Lugares que ya no son solo un portal, un pasillo, una acera o una estación porque se transforman, sin que podamos hacer nada por evitarlo, en la escena a la que regresa una y otra vez nuestra imaginación cuando intenta entender lo que no puede entenderse.
Mi amiga M. ha muerto. Podría acabar aquí esta columna porque esa frase todo lo esconde. Es una oración simple enunciativa, pero ahí está todo. A mí, que ahora me encantaría saber orar, apenas me quedan fuerzas para murmurar: "Dios mío, M., Dios mío". Estos días, entre todas las redes de afecto que había construido ella, se recuerda continuamente que nos deja mucho, que su legado y su lucha en contra de las violencias psiquiátricas nos quedarán para siempre; que sus palabras no desaparecen con ella y que su sabiduría, ahora, nos abraza de otra manera. Yo preferiría que me abrace ella y soy incapaz de encontrar ni una gota de calma en esa calma que tratamos de imponernos ahora.
He decidido no esconder mi dolor y no tratar de contener mi rabia. Que brote y arrase lo que sea, que a mí me da igual. No pienso esconder mis aullidos ni mi fragilidad. Es el momento de venir a por mí ahora, que estoy rota en mil pedazos, pero, cuidado, que corto.
Lloro en la calle, en el taxi, en la cafetería de la estación, lloro en el autobús, en el metro; lloro mientras ando, en un banco, en la terraza del bar. Lloro mientras leo y mientras me río. La congoja me provoca continuamente hipo y, a ratos, no soporto el agujero que me atraviesa el estómago. No lo escondo. No lo escondo aunque sé que incomodo a todas las personas que me ven llorar en la calle, que no saben cómo sujetarme, que no saben dónde mirar, qué decir, qué hacer. Incomoda, lo sé, pero me da igual. No voy a esconderme en casa para llorar: que se joda todo el mundo. Voy a llorar su nombre hasta desmayarme, hasta que aprendamos a convivir con nuestro propio dolor y con el dolor de las que nos rodean.
Es fácil caer en la tentación de esconderse para llorar. Parece que resulta más lógico llorar en casa que llorar en una terraza. Parece lo más lógico, pero lo más lógico no tiene ningún sentido. La lógica no sirve para tapar este agujero, ni contempla que alguien se muera y siga muriéndose después, en cada sitio al que vuelves, en cada gesto, en cada momento en el que debería estar y no está. El otro día, mientras hablaba con alguien de su muerte, se me olvidó por un segundo que hablábamos de ella: "Voy a preguntarle a M. qué opina de esto", pensé. Había olvidado que la conversación giraba alrededor de su muerte, de cómo contarla, de cómo acoger y abrazar tanto dolor.
Dejo esta columna a media para ducharme, vestirme y tomar otro café.
Vuelvo a sentarme ante este texto mientras veo cómo avanza el reloj. Son las nueve y diez de la mañana. En veinte minutos tendría que acabar este texto para llegar a tiempo al portal en el que murió M. ¿Llegar a tiempo? ¿Llegar a tiempo a qué? ¿Llegar a tiempo para qué? He perdido la cuenta: ¿Cuántas veces ha vuelto a morir desde entonces? ¿En cuántos sitios más ha muerto sin que yo me diera cuenta?
Supongo que ahora voy a tener que aprender eso: que la gente se muere muchas veces y muere en muchos sitios a la vez. Que la gente que queremos se muere también en los sitios más tontos, en medio de una frase, en esos portales que no tienen nada de especial hasta que lo tienen todo. Igual que esa oración simple enunciativa que me atraviesa la garganta.
Ha sonado ya la alarma. Son ya las nueve y media. Me toca volver a atravesar la muerte de M.
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