Opinión
'Get Ready With Me' mientras me compro un bebé
Por Silvia Cosio
Licenciada en Filosofía y creadora del podcast 'Punto Ciego'
-Actualizado a
Instagram puede llegar a ser un lugar de lo más siniestro. Porque el mundo que nos rodea también puede llegar a ser un lugar de lo más siniestro. Solo que en el Insta o en Tik Tok mostramos muchas de esas cosas espeluznantes envueltas en papel de regalo, perfumadas, atadas con un precioso lazo y con una agradable banda sonora. Estetizadas, embellecidas, disfrazadas de cuquismo y listas para el consumo masivo e irreflexivo. De esta manera nos tragamos las píldoras más amargas con toneladas de azúcar. Con tutoriales de maquillaje, complejas rutinas de skin care o exhibiciones de un ropero que, hasta hace muy poco, solo estaba al alcance de los habitantes más privilegiados de Versalles. Rostros atractivos con voces susurrantes perfectamente estudiadas para disparar el ASMR -respuesta sensorial meridiana autónoma, en sus siglas en inglés-, ese cosquilleo que nace en el cuero cabelludo y nos recorre la columna -ese siempre bienvenido chute involuntario de placer-, que se maquillan ante la cámara mientras narran terribles crímenes o hacen resúmenes de hilos de Reddit con historias espantosas de abusos, infidelidades, traiciones familiares o malos tratos.
Vídeos donde se nos invita a que les acompañemos a ponerse a punto, a arreglarse y prepararse para el día -Get Ready With Me, siempre en inglés que es más cool- a la vez que se van poniendo capa sobre capa de maquillaje, con la marca del producto bien a la vista porque hay que facturar, no llorar. Y ahí estamos nosotros, sin darnos casi cuenta, ensimismados en su tarea de chapa y pintura mientras nos ponen al día con la crónica de sucesos o dan su opinión sobre la situación en Ceuta, el feminismo, la acampada en Sol, la psicosis postparto o el bebé que se ha comprado una famosa.
Es bastante complicado evitar estos contenidos ya que sus autores son expertos en manipular a un algoritmo que premia el movimiento y el susurro frente a las palabras, la cámara fija y la puesta en escena tradicional de los telediarios, eso que antes se consideraba lo más adecuado cuando había que hablar de “cosas serias”. Si alguna vez te has topado en tu feed con uno de estos vídeos y le has dado click, picado por la curiosidad o incluso sin querer, estás perdido, pues ya no pararán de salirte. Vivimos, por tanto, sometidos a una máquina programada para controlar qué vemos, qué escuchamos, qué leemos -esto es: qué debemos opinar- y que además censura de forma pacata ciertas palabras -suicidio, muerte, abuso, arma...- obligando a los creadores a utilizar circunloquios estúpidos deshumanizantes que nos distancian de las tragedias que escuchamos pero, sobre todo, de sus protagonistas, convertidos en meros figurantes ante el despliegue suntuoso de sombras de ojos, de correctores, de coloretes, de barras de labios o de ropa de Inditex. Puro porno emocional que banaliza cualquier materia, que reduce cualquier tema a una sentimentalidad instantánea de usar y tirar.
Pero esto no es un invento moderno, por lo que es aconsejable evitar caer en el pánico moral contra unas redes sociales que solo han recogido el guante de lo que ya existía, eso sí, ampliando de forma exponencial el radio de acción y la forma de difusión de esta propaganda sentimental con la que llevan siglos metiéndonos a calzador los discursos reaccionarios. La Historia del arte, de la literatura, de la filosofía y hasta de la ciencia nos enseñan que todas estas disciplinas se han utilizado en algún momento como instrumentos de divulgación de cosas terribles, de discursos rancios, como apología o justificación de la violencia, del belicismo, del sexismo, del racismo o la homofobia. Y, aunque muchos de estos artilugios no han superado la mirada crítica del paso del tiempo y los vemos como algo ridículo, cursi, mediocre o desfasado, no podemos negar que otros siguen manteniendo todo su poder y belleza intactos, así como su capacidad de sugestión y hasta de convicción. Pienso, por ejemplo, en Lo que el viento se llevó, que, Navidad tras Navidad, triunfa en televisión con su vestuario y escenografía deslumbrantes y su inmortal Vivian Leigh de belleza sobrenatural, pero también con su descarado y nauseabundo racismo.
Porque el talento y la calidad artística no pueden servirnos de excusa para cualquier cosa. Como tampoco son patrimonio exclusivo de las buenas personas. Es por esto que a muchos aún nos resulta tan difícil separar la obra del autor -incluso de autores que amamos o nos marcaron en algún momento de nuestra vida como Alice Munro-, especialmente cuando esa obra sirve de justificación para (sus) conductas lamentables, reprobables, inmorales o incluso delictivas. Porque todos somos capaces de encontrar una buena razón que justifique nuestros actos, también los peores o los que dañan a otros. Y alguien con talento además puede convertir esa excusa en arte o en coartada intelectual o incluso moral.
Y hay que tener un talento descomunal para convertir tu vida en el eje central de tu obra artística y, a pesar de ello, lograr ganarse el aprecio y el interés de los demás. No deja de ser además admirable el equilibrio desplegado entre el narcisismo y el autodesprecio, la autocrítica y la fascinación por uno mismo que muestran algunos de estos artistas que, mirándose el ombligo, consiguen pasar de lo particular a lo universal, del yo al nosotros. Sin embargo, es bastante fácil que también acaben cayendo en la autocomplacencia y sobre todo que se dejen cegar por la deslumbrante y limitada burbuja de privilegios en la que suelen vivir, dejando al descubierto un alma que, vista de cerca, deja mucho que desear. Y así, una historia de superación personal, un camino de sufrimiento ante un cuerpo enfermo que se escapa a tu control, se convierte en la coartada estética para justificar la compra de otro ser humano y la utilización del cuerpo de otra mujer -pobre, siempre pobre-, que queda desdibujada, que pasa a ser un cuerpo inerte que no siente, que solo gesta altruistamente y del que deshacerse una vez que ha dejado de ser útil.
Entonces da igual cualquier apelación al talento, al sufrimiento personal o al compromiso político y feminista. Porque lo único que se está desplegando es un feminismo vacío, un feminismo de privilegiadas sin conciencia de clase, un feminismo que se cree legitimado para explotar otro cuerpo de mujer, un cuerpo pobre, y para tomar el control de su alimentación, de su vida sexual hasta a llegar a apropiarse de su derecho a decidir sobre la interrupción o no del embarazo si el feto no cumple con las condiciones acordadas de antemano en el contrato. Una mentalidad individualista que no se diferencia mucho de la de aquellos que creen que porque poseen un piso están en su derecho a pedir un alquiler desorbitado, o a trocearlo en habitaciones -poco más que zulos sombríos- o convertirlo en uno de esos pisos turísticos que gentrifican y degradan nuestros barrios y ciudades y nos expulsan de nuestras casas. Gente que está convencida de que son buenas personas mientras destrozan el pacto social llevadas por la avaricia, la codicia o la fantasía egoísta de que con sus casas y su dinero pueden hacer lo que les dé la gana: comprar un bebé o desahuciar a una anciana.
No importa, por tanto, que sea un fondo buitre, tu vecina Conchi que heredó los pisos de sus padres y sus suegros, una rutilante estrella de Hollywood, una aclamada pensadora feminista, una diva del pop o la voz de toda una generación, porque al final todos ellos nos están diciendo lo mismo: que lo suyo es lo único que cuenta, que su tiempo, su cuerpo, sus deseos y sus caprichos son mucho más importantes que el tiempo, el cuerpo, los deseos y las necesidades de quienes no comparten su misma situación de privilegio. Estas mujeres podrán identificarse como feministas y sentirse muy sororas con el resto de nosotras, pero que no se diferencian en nada del personaje que interpretaba Richard Gere en Pretty Woman; no son muy distintas de ese glamuroso putero que compraba el tiempo y el cuerpo de una joven pobre para exhibirla como un trofeo y usarla a su antojo, por mucho que nos lo vendieran con un bonito envoltorio de seda roja, sonrisa perfecta y música de Roy Orbison o con la prosa brillante de una pija de Nueva York.
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