Opinión
La guerra que (aún) no queremos recordar

Escritora y doctora en estudios culturales
-Actualizado a
Cuando era pequeña, a veces escuchaba a mi abuelo decir que él era "republicano de Azaña" y, desconociendo yo la existencia de Manuel –presidente de la Segunda República–, fabulaba tremendas aventuras por el campo andaluz, al galope de aquellas hazañas referidas. En el instituto, la Guerra Civil nos la entregaron en fotocopias unos días antes de selectividad; apareció en el examen, pero, como jamás me la habían explicado, elegí la opción B: Constitución de 1812. Durante la carrera, tuve una asignatura de historia contemporánea, pero no fue hasta bien entrado el doctorado, a 6.000 km de distancia, que comencé a comprender el legado de sangre y desigualdad que había caracterizado nuestro siglo XX. Esta ristra de anécdotas sonará familiar a más de uno, ahora que se conmemora el 90 aniversario de la contienda, pues el olvido se fue fraguando tanto a base de políticas deliberadas como gracias a un entramado cotidiano que rechazaba regresar al fango doloroso de aquellos años 30 y la dictadura posterior. ¿Será posible explicar las sinuosidades de tal silencio? Mordazas voluntarias e institucionales, hasta que una memoria subrepticia logró aflorar, mayoritariamente, en la generación de los nietos.
Es difícil recordar, porque, bajo la estampa de un verbo emparentado etimológicamente con el corazón, se precisa un esfuerzo que nos confronte directamente con el pasado como fuente de aflicción, injusticia y autoritarismo. Eso ha de realizarse, además, combatiendo el palimpsesto discursivo que va desde los "25 años de paz" –propuesta de reconciliación cuyo paradigma se mantiene aún, parcialmente– a los vestigios de una Transición supuestamente modélica, pasando por quien reconoce objetivamente los hechos pero no quiere “reabrir heridas”. La expresión de marras, anclada a una literalidad infecciosa, pide cuidar los cuerpos. Hay quien responde que las heridas han continuado supurando y toca cerrarlas, aunque a mí me parece que deberíamos reconfigurar ese marco conceptual y optar por otro mucho más enriquecedor; en lugar de reabrir heridas, que se abran vetas de conocimiento. A saber: la Guerra como cantera de la que aprender, a base de pico y pala, la trayectoria política de nuestro país, los legados que todavía marcan lógicas económicas y judiciales, el eco vital que nos aclara quiénes somos, herederos de Azaña o de hazañas espeluznantes.
Perforo la primera piedra; sin embargo, para no engordar la metáfora extractivista, diré que hago arqueología. Los muertos de las fosas comunes siguen interpelándonos con sus huesos descascarillados y orificios de bala feroces, pero cada uno de ellos también nos habla de una pluralidad ideológica fascinante, de huelgas y revoluciones fallidas, del empeño republicano por levantar escuelas y dignificar la cultura, como narra Laura Hojman en su excelente documental Antonio Machado. Los días azules (2020). Recuperar ese espíritu ilustrado en plena era de la posverdad constituiría en sí mismo un acto heroico de reparación social, incluyendo saberes sepultados doblemente como el anarquismo, que propugnaba una mayor relación con la naturaleza, o versiones muy avanzadas de lo que hoy consideraríamos "igualdad de género". Se han perdido formas de organización colectiva, libros, maneras de labrar la tierra y reconocer las distintas especies (se han perdido las especies); mientras tanto, se ha fomentado un pensamiento maquineo que, ocasionalmente, impide contemplar el bosque. Injustificable como es, desde un punto de vista ético, aquel golpe de Estado y los 40 años de dictadura resultantes, volver la vista atrás hoy debe implicar más que reproches: la identificación de patrones culturales con los cuales erguir los pedacitos del mañana.
Este proyecto radicaría, a mi modo de ver, en la reivindicación de una memoria democrática que conecte los logros pretéritos con una urgencia de futuro. En otras palabras, imaginemos una memoria contra las alucinaciones de una IA que cada vez restringe más nuestras nociones de realidad compartida y coloniza los lenguajes para unificarlos. La lógica de la exhumación podría aplicarse a la reconstrucción de la educación pública, o servir para señalar que hay dinámicas franquistas abrazadas actualmente por partidos de izquierda a pesar de que no beneficien a las mayorías ciudadanas, como la turistificación. La sencillez material de la vida entonces –intelectualmente compleja– documentaría el apremiante decrecimiento planificado con que afrontar la emergencia climática, sin que ello equivalga necesariamente a pobreza. Tal vez alguien me recrimine un idealismo ingenuo; no obstante, desde que se aprobó la primera Ley de memoria, en 2007, nuestras sociedades han cabalgado hacia un abismo del que sólo podrá salvarnos mirar hacia atrás, emulando el gesto del Ángel de la Historia de Walter Benjamin. Y será con el fin de cicatrizar bien, de poblar la cabeza mediante la sabiduría ancestral que aún se pudre en las cunetas.

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