Opinión
La guerra de Irán según Cide Hamete Benengeli

Por David Torres
Escritor
En Pierre Menard, autor del Quijote, Borges analiza la obra de un novelista francés que se propone reescribir el Quijote de Cervantes palabra por palabra. Menard no vivió lo suficiente para terminar su tarea, pero entre los fragmentos que reconstruyó, está este parlamento del capítulo IX de la primera parte: "…la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir…". El fragmento es la culminación de ese trampantojo alucinante donde el narrador descubre que el manuscrito de las aventuras de don Quijote se interrumpe de golpe, falta el desenlace de la pelea contra el vizcaíno, va hasta el Alcaná de Toledo y allí, por pura casualidad, encuentra un muchacho con unos papeles viejos que traen la historia de don Quijote de la Mancha "escrita por Cide Hamete Benengeli, historiador arábigo".
Mientras el lector pierde pie entre ecos de Las mil y una noches, deslumbrado por el espejismo de un relato dentro de otro relato, el narrador, con bastante guasa, plantea el deber de los historiadores "puntuales, verdaderos y nonada apasionados", advirtiendo -con más guasa todavía- que tampoco se puede fiar uno mucho de la historia de don Quijote ya que su autor es arábigo, "siendo muy propio de aquella nación ser mentirosos". Tres siglos y pico después, en su hermoso y no menos irónico homenaje, Borges advierte que el Quijote escrito por Menard es más admirable que el de Cervantes porque, aunque el texto sea idéntico al original, ya no lo leemos con la perspectiva del siglo XVII: "La historia, madre de la verdad; la idea es asombrosa. Menard, contemporáneo de William James, no define la historia como una indagación de la realidad, sino como su origen. La verdad histórica, para él, no es lo que sucedió; es lo que juzgamos que sucedió".
En pleno siglo XXI, pese a contar con herramientas tecnológicas y medios de información impensables hace apenas decenios, la verdad se halla en la misma situación indefensa que la del narrador cervantino: en manos de la historia, al capricho de un historiador arábigo, judío o cristiano deseoso de arrimar el ascua a su sardina y más falso que una moneda de madera. Menos de un mes después del salvaje ataque contra territorio iraní, seguimos asistiendo a un carnaval de mentiras, exageraciones y fabulaciones que demuestra que, como dijo Hiram Johnson en 1917, la primera víctima de la guerra es la verdad. En realidad, esa frase también está atribuida a Esquilo, cuatro siglos antes de Cristo, aunque la cita real más aproximada la firmó el doctor Samuel Johnson allá por 1758, con lo que basta para hacerse una idea de lo resbaladiza que es la verdad.
Hemos oído cuatro o cinco versiones distintas sobre la masacre de niñas en una escuela iraní durante el primer bombardeo estadounidense y otras tantas de los misiles iraníes lanzados sobre Chipre y Turquía. Lo más llamativo, sin embargo, no se limita a los órganos de propaganda oficiales de uno y otro bando, sino a los inventos pergeñados por forofos aficionados que intentan ganar la guerra mediante la ficción, generando videos e imágenes por IA o reciclando materiales de conflictos y catástrofes del pasado para etiquetarlos sin ningún pudor en la actualidad. Así hemos visto aviones norteamericanos derribados en pleno vuelo, al portaaviones Abraham Lincoln incendiado en alta mar, muchedumbres de israelíes huyendo por los montes, incluso una manifestación en apoyo a Irán en Madrid cuando en realidad se trata de una protesta por el genocidio en Gaza que tuvo lugar el pasado octubre.
Desde que Julio César escribió los Comentarios a la guerra de las Galias, y quizá mucho antes, desde Jenofonte y su Anábasis, los reporteros bélicos no han tenido el menor escrúpulo en recurrir a la autoficción. Si la verdad no les importaba gran cosa a los protagonistas de una batalla, imagínense a un muchacho con ínfulas de demiurgo y flipado ante un ordenador. Imagínense lo que le importa a Risto Mejide, que entrevistó en directo a un profesor de español, Javier Hernández, que llevaba once años trabajando en una universidad iraní. Al principio, no se podía creer que, como dijo Javier Hernández, el 90% de sus alumnos eran mujeres y luego lo acusó de mentir cuando le aseguró que la mayoría no usaba velo. Por algo el programa se llama "Todo es mentira" y por algo Mejide triunfó en el periodismo desde su amplia experiencia en el mundo de la publicidad.
Tal vez lo más sincero que se haya dicho hasta la fecha sobre el conflicto en el Golfo Pérsico sean estas palabras de Marco Rubio, secretario de Estado de los Estados Unidos y el cerebro más brillante del gabinete de Trump: "Sabíamos que Irán era una amenaza porque sabíamos que, si les atacábamos, entonces después nos atacarían, tal como han hecho después de que los hemos atacado, y por eso les tuvimos que atacar, porque eran una amenaza". Como alcalde vuestro que soy, os debo una explicación, y esa explicación os la voy a dar porque os la debo, como alcalde vuestro que soy. La vida imita al arte, Marco Rubio a Pepe Isbert, los historiadores a Cide Hamete Benengeli y los novelistas a Cervantes. La verdad, cuya madre es la historia, en un lugar de cuyo nombre no quiero acordarme.
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