Opinión
Hablando de Julian Barnes
Por David Torres
Escritor
A menudo me sorprenden los motivos que la Academia Sueca se saca de la manga a la hora de conceder el premio Nobel de Literatura, sobre todo cuando enumeran los que no tienen mucho que ver con la literatura. A veces dicen que tal obra retrata en su obra el desarraigo de los inmigrantes en tal país, o el colapso del mundo poscolonial, o una aguda crítica de la problemática social en el sur de Estados Unidos. Todo eso está muy bien, pero son campos relativos a la sociología, donde un estudio científico podría ser mucho más relevante y esclarecedor que la lectura de Mientras agonizo, de Faulkner, de Las uvas de la ira, de Steinbeck, o del Omeros de Derek Walcott, que a fin de cuentas es una Ilíada caribeña en inglés.
Con Julian Barnes el jurado del Princesa de Asturias de las Letras no tenía muchos asideros ideológicos a los que aferrarse, de manera que han decidido concedérselo por ser un "extraordinario narrador y ensayista", en otras palabras, por ser un escritor como la copa de un pino, por decirlo con otra perogrullada. Tampoco se crean que es fácil elucidar en qué consiste eso: yo me tiré siete años en la facultad y el resto de mi vida sigo leyendo y escribiendo porque no dejo de darle vueltas al asunto. Pero si tuviera que explicarlo en unas pocas frases, yo diría que un gran libro es aquel que cambia tu percepción del mundo, que te ilumina de repente por dentro, que te descubre cosas que no sabías que sabías.
El comienzo de Niveles de vida (2013), por ejemplo: "Juntas dos cosas que no se habían juntado antes. Y el mundo cambia. La gente quizá no lo advierta en el momento, pero no importa. El mundo ha cambiado, no obstante". Barnes va a escribir sobre el duelo, el dolor terrible ante la muerte de su esposa, la agente literaria Pat Kavanagh, con la que compartió un amor de tres décadas, pero antes de explorar su propia desolación, empieza por narrar la historia de los primeros viajeros en globo del siglo XIX y los pioneros de la fotografía aérea. El globo aerostático se proyecta -muchas páginas antes de que aparezca el propio Barnes- como una metáfora del matrimonio, donde dos personas se elevan para adquirir una perspectiva nueva sobre todas las cosas, aunque el riesgo de estrellarse siempre esté presente. Resumido así puede parecer una tontería, pero un libro de verdad no puede resumirse de ninguna manera.
Barnes necesitó más de ciento cuarenta páginas para expresar su agonía por la pérdida de una mujer a la que ha dedicado prácticamente toda su obra, y a la que siguió dedicando libros uno tras otro, como si siguiera hablando con ella. Más aun que Montaigne, que empezó a escribir para continuar conversando con su gran amigo muerto, Étienne de la Boétie, Barnes parece haber concebido su literatura como un largo e inconcluso diálogo con Pat Kavanagh. Una de las primeras novelas que le dedicó, y no de los más famosas, fue Antes de conocernos (1982), un prodigioso, hilarante y aterrador análisis de los celos comparable únicamente a las mejores páginas de Tolstoi, de Proust, de Graham Greene. Con la siguiente, El loro de Flaubert (1984), Barnes alcanzó una fama instantánea gracias a la facilidad con la que parecía haber inventado un nuevo y deslumbrante artefacto literario. Ese irresistible cóctel entre ficción y realidad, humor y melancolía, instinto y erudición, alegría y tristeza, es una de sus marcas de fábrica.
Un gran escritor inventa el mundo, abre ventanas donde parece que sólo había muros y nos obliga a mirar de nuevo en lugares que ya creíamos haber visto. En El silencio, el último relato de La mesa limón (2004), no sólo volví a oír la música de Sibelius, uno de mis compositores favoritos, sino que comprendí su voz, su arrogancia, su decisión de callarse para siempre cuando aún le quedaban treinta años de vida. La primera vez que fui al Louvre, me detuve un buen rato delante de La balsa de la Medusa, de Géricault, recordando el alucinante homenaje que le hace en Una historia del mundo en diez capítulos y medio (1989). "¿Cómo se puede transformar la catástrofe en arte?" se pregunta allí. Las mejores respuestas que se me ocurren están en este párrafo. Sibelius, Géricault, Julian Barnes.
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