Opinión
Hagamos nosotras lo que los medios no hacen con las asesinadas

Periodista y escritora
Hay días en los que un hombre asesina a una mujer y no pasa nada. No es que no ocurra. Ocurre, pero no pasa. No abre, no ocupa, no interrumpe, no molesta. No obliga a mirar. Así que no lo ves.
La realidad que conocemos, más allá de los pequeños mundos que cada una habita, es la que ofrecen los medios de comunicación. Últimamente estamos observando cómo los asesinatos de mujeres aparecen—si aparecen— como notas de agencia, en la cuarta o quinta pantalla, sin ilustrar, incluso en una esquina, sin ningún análisis o mirada al margen. Aparecen, en definitiva, en lugares donde la vista no tropieza, donde la conciencia no se activa y la urgencia no existe.
Entonces lo que se instala no es el crimen, sino algo más "eficaz": la idea de que ese crimen no importa lo suficiente. Y he escrito "eficaz" porque no me cabe duda de que se trata de una opción, una decisión consciente dentro de las estructuras mediáticas. Nada sucede por azar en la creación de la opinión pública.
Esto no es un accidente. Tampoco es el resultado inevitable de la rutina informativa. No se trata de la consecuencia mecánica de la abundancia de noticias. No es "que haya muchas cosas" o "que todo no cabe". Es una resolución que llega desde el ámbito donde se toman las decisiones en los medios. O, más allá, ya no hace falta ni que esa decisión se tome y se comunique. Puede que se sepa, así de bestia.
Cada centímetro de un periódico, cada minuto de un informativo, cada orden en una web responde a una cadena de mando. Hay alguien —varios alguien— que decide qué sube y qué baja, qué se repite y qué desaparece, qué se nombra y qué se diluye. Esas mismas personas son las que deciden cómo se "acolcha" el tema.
Cuando una mujer asesinada deja de ser noticia "de portada", deja de ocupar un lugar relevante, es porque alguien lo ha decidido. Cuando deja de abrir un telediario, alguien lo ha decidido. Cuando se convierte en un suceso más entre incendios, robos y accidentes de tráfico, alguien lo ha decidido. No hace falta una reunión conspirativa. Basta con una suma de gestos pequeños, constantes, coherentes entre sí. Un desplazamiento progresivo. Un "esto ya lo hemos dado", "esto ya no interesa tanto", "la audiencia se cansa".
¿Quién se cansa?
¿Quién decide que la muerte de una mujer a manos de un hombre es repetitiva?
¿Quién establece el umbral de saturación para la violencia?
Porque lo que se está diciendo, en realidad, es esto: hay un punto a partir del cual los asesinatos de mujeres dejan de merecer atención prioritaria. Ese punto no lo marca la realidad. Lo marca la redacción.
Los medios no solo cuentan lo que pasa. Construyen el marco en el que lo que pasa adquiere sentido. Si relegas, reduces, encoges, no estás solo ordenando información: estás reorganizando la importancia de las vidas. Lo que no se ve, pesa menos. Lo que pesa menos, importa menos. Lo que importa menos, se combate menos.
Así funciona.
Este año es de los más violentos desde que miramos a la cara a los asesinatos de mujeres, hacemos números, echamos cuentas… La violencia, a la vista está, no se reduce porque ocupe menos espacio. La violencia sigue y se eriza mientras la atención informativa la cubre de hojarasca en el fondo de la página. Necesitamos preguntarlos por qué, pero sobre todo necesitamos actuar. Podemos hacerlo.
La violencia no desaparece porque deje de abrir portadas. Solo pierde visibilidad, y con ella, pierde presión política, urgencia social y capacidad para incomodidad. Eso es lo verdaderamente grave: no solo el crimen, sino la administración del silencio. Los silencios mediáticos no son ausencia de ruido. Son decisiones editoriales, decisiones con consecuencias.
Quienes dirigen medios saben perfectamente cómo convertir un tema en central o en irrelevante. Lo hacen cada día con la economía, con la política, con los mercados, con los conflictos internacionales. Saben sostener una noticia durante semanas cuando quieren. Saben abrir con lo mismo durante días hasta que nadie pueda ignorarlo. Saben hacerlo, y sin embargo, deciden no hacerlo en este caso.
Deciden no señalar que esto no es una suma de casos aislados, sino una estructura que se repite con precisión casi burocrática, y que como tal, merece un análisis constante y sostenido en el tiempo. Porque nombrarlo como estructura obliga a asumir responsabilidades. Ah, pero asumir responsabilidades abre conflictos, conflictos que tienen sus costes, sobre todo políticos. Es más fácil convertirlo en ruido de fondo, en una rutina. Una mujer asesinada. Otra. Otra más…
Insisto: además de preguntarnos cómo y por qué está ocurriendo esto justo ahora, necesitamos actuar como contrapeso. Efectivamente, podemos. Podemos hacerlo de la misma manera que lanzamos el movimiento testimonial —#MeToo, #Cuéntalo, #NiUnaMenos…—, siendo nosotras mismas medio y canal de difusión. Multiplicando en redes cada noticia de un asesinato, de una condena, de una agresión. A estas alturas, ya nadie duda de la capacidad de comunicación de las redes, ni de cómo han servido para poner sobre la mesa todos esos asuntos que los medios callaron durante décadas.
Este viernes nos enteramos del asesinato de una mujer en Basauri, y un par de días antes supimos que han dejado en libertad provisional a Alberto S.M., el hombre que mantuvo secuestrada y torturada a Salma durante dos años. Si estos casos no han merecido ningún análisis serio por parte de los medios, ninguna tribuna y poquísima difusión, seamos nosotras quienes se las demos. Es una modesta proposición.
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