Opinión
Hannah Arendt y la responsabilidad de pensar

Historiadora, investigadora del CEDID-UAB y coordinadora del Archivo Histórico de la Fundació Carles Pi i Sunyer
Durante estos últimos meses España ha acogido diferentes actos conmemorativos del cincuentenario de la muerte de Hannah Arendt. Barcelona, Madrid, Santander, Salamanca, Alicante u Oviedo son sólo algunas de las ciudades que han presentado actos académicos, conferencias, exposiciones y congresos dedicados a recordar y releer la figura y la obra de esta gran mujer.
Hannah Arendt nació el 14 de octubre de 1906 en Linden, un pequeño municipio de la antigua Prusia, actual distrito de Hannover. Pero se crio y formó en Königsberg, una ciudad marcada profundamente por Immanuel Kant, convirtiéndola en la gran cuna de la Ilustración alemana. La conexión Kant-Arendt vía Königsberg es prácticamente una genealogía intelectual. Lejos de ser “kantiana”, el juicio, la política, la libertad y la responsabilidad de Arendt tejen una relación interesante con esta herencia.
Fallecida en Nueva York el 4 de diciembre de 1975, medio siglo después, la obra filosófica de Hannah Arendt continúa generando lecturas, reediciones, debates y nuevas aproximaciones. No es un hecho menor. La memoria cultural también se construye así: recuperando trayectorias, revisando archivos, volviendo a los textos originales y preguntándonos cómo puede ser explicado a nuestros jóvenes.
Ahora, cuando el año conmemorativo entra ya en su tramo final, Portbou acogerá este fin de semana el XVIII Coloquio Internacional Walter Benjamin, dedicado precisamente a Arendt bajo el título El derecho a tener derechos. Hannah Arendt en el mundo de hoy. Tras casi dos décadas de trayectoria, esta cita se ha consolidado como un espacio internacional de reflexión, pensamiento crítico, memoria democrática, exilio y derechos humanos. La edición de este año contará con una de las voces más influyentes del pensamiento contemporáneo, Judith Butler que disertará sobre la “Ilustración de la esperanza en tiempos autoritarios”, o el ensayista y filósofo Thomas Meyer, que reconstruirá el camino del exilio de la filósofa judeo-alemana desde París hasta Nueva York.
La elección de Portbou posee una fuerza simbólica evidente. Esta pequeña localidad fronteriza fue uno de los escenarios más relevantes de los exilios europeos de la primera mitad del siglo XX. Por ella pasaron miles de refugiados republicanos españoles huyendo del enemigo sublevado durante la guerra civil española; y unos años más tarde, la pisaron también otros miles de refugiados europeos que huían del terror nazi. La dirección del éxodo había cambiado, primero hacia Europa y después hacia España, pero no la incertidumbre de quienes llegaban a una frontera sin saber si la podrían cruzar ni cuál sería su futuro más inmediato.
Portbou fue lugar de paso de escritores, intelectuales, pintores, científicos, médicos, políticos, soldados, mujeres, niños y ancianos. Y entre todos ellos, también Hannah Arendt cruzó la frontera en 1941 camino de Lisboa y, finalmente, Estados Unidos. Meses antes, en septiembre de 1940, Walter Benjamin había llegado al mismo lugar huyendo del nazismo, pero él se suicidó allí ante la posibilidad de ser devuelto a Francia. Hoy, un monumento del artista Dani Karavan, Pasajes, rinde homenaje y memoria a este insigne intelectual en lo alto del cementerio de Portbou.
Hay lugares donde la geografía acaba convirtiéndose en historia, y Portbou es uno de ellos. Quizá por esto resulte significativo que allí se recuerde estos días a Hannah Arendt, una mujer judeo-alemana, perseguida por el nazismo y obligada al exilio, que acabaría siendo una referencia en el pensamiento político del siglo XX.
Arendt pasó por Portbou semanas después de morir Walter Benjamin y sabedora de su suicidio, intentó buscar su tumba. En una preciosa carta del 17 de octubre de 1941 dirigida a su amigo Gershom Scholem, Hannah escribió: «[…] Months later, when we arrived at Portbou, we searched in vain for his grave. His name was nowhere. The cemetery looks off at a small bay, directly onto the Mediterranean. It is composed of terraces carved out of stone. The coffins are shoved into these stone walls. It is by far one of the most fantastically beautiful places I’ve ever seen». Cuatro líneas que condensan la tensión por la desaparición del nombre de Benjamin Walter y la belleza extraordinaria del paraje mediterráneo.
Su condición de mujer merece ser subrayada. Arendt desarrolló su actividad profesional en un mundo filosófico e intelectual abrumadoramente masculino. Hombres y sólo hombres ocupaban el espacio del saber y pensar. Durante siglos, la historia del pensamiento occidental ha construido un canon dominado por hombres, y solo lentamente y con el paso de los años, hemos ido recuperando y reivindicando la aportación de muchas mujeres que pensaron, investigaron, y escribieron desde posiciones mucho menos reconocidas. Pero no por esto, de menor calidad ni nivel.
El caso de Hannah Arendt es relevante por la magnitud de su influencia, pero también porque permite insistir hasta qué punto la historia intelectual necesita todavía ser revisada, documentada y explicada.
En su trayectoria vital, experiencia y pensamiento aparecen profundamente entrelazados. Uno de los episodios biográficos más importantes de esta gran mujer tuvo lugar en 1961, cuando viajó a Jerusalén para cubrir el juicio contra Adolf Eichmann como reportera del The New Yorker. Adolf Eichmann había sido un alto cargo de las SS nazi responsable de organizar y coordinar la deportación de millones de judíos europeos hacia los campos de exterminio alemanes. Una pieza clave en la maquinaria administrativa del holocausto. Después de la guerra, consiguió huir a Argentina, donde fue localizado y capturado por agentes del Mossad israelí en 1960.
Al año siguiente, fue juzgado en Jerusalén acusado de crímenes contra el pueblo judío, crímenes contra la humanidad y crímenes de guerra. Hannah Arendt siguió el juicio observando el proceso, tomando notas, leyendo documentos, escuchando los testimonios y tratando de comprender el funcionamiento de una maquinaria criminal como la del Holocausto. En 1963, publicó sus artículos sobre el proceso a Eichmann en esta revista americana, y unos meses más tarde, fueron publicados todos ellos en el volumen Eichmann in Jerusalem: A Report on the Banality of Evil. De aquella experiencia surgió una de las expresiones y teorías más conocidas de Arendt: la banalidad del mal.
Hannah Arendt no afirmaba que el Holocausto fuera banal. Ni tampoco pretendía minimizar la responsabilidad de Eichmann en los crímenes ejecutados. Lo que la perturbó fue descubrir que aquel hombre no respondía al perfil del asesino monstruoso y salvaje. No. Adolf Eichmann resultaba ser un funcionario gris del entramado nazi, profundamente integrado en una estructura jerárquica e impersonal, que actuaba cumpliendo órdenes y procedimientos.
Adolf Eichmann era el ejemplo de la renuncia a pensar moralmente sobre los propios actos. La maquinaria nazi había liquidado responsabilidades individuales. Unos rellenaban listados, otros acompañaban pelotones; unos firmaban órdenes, otros ejecutaban deportaciones… La división administrativa del crimen nazi permitía que cada pieza del sistema sintiera que simplemente cumplía una función. Una orden.
Hoy en día, y lejos de querer establecer cualquier comparación tramposa, también escuchamos, a menudo, cierta banalización, pero de conceptos. Palabras como dictadura, nazismo, führer o fascismo poseen un contenido histórico concreto. Detrás de ellas existen regímenes políticos autoritarios, estructuras represivas, miles de víctimas, otros miles de represaliados, imposiciones lingüísticas, censuras de todos tipos, etc. Sin embargo, se utilizan con preocupante facilidad en las redes sociales, en el debate político e incluso en determinados medios de comunicación. Si vaciamos las palabras de su significado real, acabamos debilitando nuestra capacidad de comprenderlas. Y quizá también, de reconocerlas.
Por eso, la investigación histórica debe considerarse una función pública. Investigar, descubrir, interpretar y explicar son ejes fundamentales para preservar el significado de los acontecimientos. Y cuando estos están en peligro, alzar la voz.
Thomas Meyer, autor de la última biografía de Hannah Arendt, ha señalado la importancia de volver a los archivos. Cuando le preguntaron por qué determinados aspectos de la vida de Arendt habían sido poco estudiados, respondió que filósofos y teóricos políticos no acostumbraban a interesarse por los archivos. Su investigación, en cambio, ha permitido descubrir dimensiones menos conocidas de la filósofa judeo-alemana, como su actividad durante los años de exilio o las condiciones precarias en las que vivió en Estados Unidos.
Los historiadores conocemos bien este punto: la memoria necesita relato, pero antes, necesitamos fuentes y documentación. Memoria con rigor.
La memoria democrática no se construye únicamente con aniversarios. También se construye investigando un expediente en un archivo, identificando una fotografía, recuperando una gran mujer, reconociéndole su aportación intelectual o explicando a una nueva generación qué ocurrió en un determinado lugar.
Portbou es uno de esos lugares marcados en rojo en nuestra historia reciente. Así como Hannah Arendt es una de esas mujeres que nos recuerdan que investigar y pensar siguen siendo formas de responsabilidad. No dejemos de pensar.

Comentarios de nuestros socias/os
Para ver los comentarios de nuestros socias y socios, primero tienes que iniciar sesión o registrarte.