Opinión
Hay que decirlo más

Por David Torres
Escritor
Salvo si los dirige John Ford, los desfiles militares no suelen dar bien en cámara. Siempre hay cosas que se tuercen, un soldado que pierde el paso, una cabra que cobra protagonismo, en fin, que no hay manera. Recuerdo el día de mi jura de bandera en Burgos, allá a comienzos de los noventa, toda la tropa formada al sol y de repente un alférez que se cae redondo al suelo, unos dicen que de la emoción, otros de la merluza que llevaba encima. Da la impresión de que la ceremonia no está completa hasta que se produce la nota falsa: un paracaidista que se la pega contra una farola, una bandera rojigualda fumigada desde tres aviones a reacción que acaba desparramándose en fucsia republicano.
Uno de los incidentes curiosos en esta edición del desfile fue el momento en el que a la princesa Leonor se le desprendió el Toisón de Oro momentos antes de iniciarse los trompetazos. Se comprende que, entre tanta condecoración y tanta medalla, la pobre ni se diera cuenta, y entonces su padre, el rey, le señaló que la máxima distinción dinástica de la corona española andaba por los suelos. Menos mal que ya nadie cree en símbolos porque la cosa no podía ser más simbólica. Quizá por simpatía, quizá por vértigo del ático, Ayuso se tambaleó como un alférez en la Torre de Pisa y durante unos instantes estuvo a punto de irse a la alfombra, pero al final aguantó firme el vaivén al lado de Almeida. Juntos en la hilera de autoridades, parecían los muñecos en lo alto de una tarta de bodas, aunque alguien debería enseñarle al alcalde a abrocharse la chaqueta.
Sin embargo, en los últimos años, el desfile del 12 de octubre se celebra exclusivamente para llamar “hijo de puta” al presidente Pedro Sánchez. A estas alturas, ya se echa en falta que la banda militar no acompañe los gritos a bombo y platillo al tiempo que los legionarios hacen los coros. Parece que la oposición en bloque hubiese tomado en serio aquella canción de La hora chanante: “Hijo de puta, hay que decirlo más”. Lo dicen tantas veces y con tanto encono, que ya casi parece una expresión admirativa, igual que cuando en su autobiografía, Miles Davis decía de un músico: “Macho, hay que ver cómo tocaba el hijoputa”. El idioma castellano tiene esas ambivalencias que la derecha montaraz no acaba de entender bien. Vete a saber si el equipo de asesores presidencial no aprovecha lo de “hijo de puta” lo mismo que le sacaron punta a lo de “Perro Sanxe” y, contra todo pronóstico, vuelve a ganar las elecciones.
El caso es que, una vez concluido el desfile, buena parte de sus críticos se quedaron con exceso de espíritu marcial y marcharon hacia Sol dispuestos a arreglar España. Llevaban banderas franquistas, banderas con la cruz de Borgoña, banderas carlistas, banderas de la Falange y de Núcleo Nacional, y no llevaban banderas de Atapuerca porque por aquel entonces aún no se habían inventado. Un grupo de chavales cantaron el Cara al sol en nombre de la libertad de expresión, lo que no deja de ser paradójico en mitad de una dictadura tan descarada como la de Pedro Sánchez.
Entre los saludos fascistas y las reclamaciones por Ceuta, estos últimos coletazos de la Hispanidad no se entendían demasiado, sobre todo cuando un chaval de origen latinoamericano se enfrentó a los acampados en la Puerta del Sol ondeando una bandera con la cruz de Borgoña. Desde una cuenta un poco más a la derecha le respondieron en plan Trump: “Ningún panchito tiene el derecho de gritar o insultar a un español en España, por muy de derechas que sea el panchito y muy mugrientos retrasados que sean esos rojos de mierda. También te deportaremos”. Está muy difícil, pero si vuelve a repetir en La Moncloa, el año que viene lo de “Pedro Sánchez hijo de puta” lo van a escribir los aviones en el cielo de la patria.

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