Opinión
Ya no hay nudistas

Por Pablo Batalla
Periodista
El mundo está cambiando. Está cambiando mucho; y esa gran transformación se hace de cambios grandes y pequeños, evidentes o inadvertidos. Cosas que entran en crisis, cosas que entran en auge. Lo propio de cualquier transición entre eras, de cualquier umbral de época. De una de esas crisis pequeñitas, en la que probablemente el lector no haya reparado —este columnista, al menos, no lo había hecho—, se ocupa un artículo publicado hace poco en Nortes, periódico digital asturiano asociado a este. La crisis del nudismo.
Se da uno cuenta de que es verdad: hay menos nudistas de los que había, se habla menos del nudismo de lo que se hablaba. En parte porque destaca o sorprende menos que antes, en una sociedad descristianizada en la que la desnudez ha dejado de ser irreverente, de epatar. Los niños gijoneses de los noventa hablábamos de la playa de Peñarrubia —la nudista del concejo— con un risueño rubor que uno ya no se imagina en los zoomers. El Internet del que son nativos ha puesto a su disposición la posibilidad de ver cuerpos desnudos en cualquier momento, a voluntad; también imágenes y grabaciones de playas nudistas. Así que la playa nudista real que tengan a un par de kilómetros de casa deja de interesarles: allá, por lo demás, no verán top models en cueros, como en las páginas porno que frecuenten, sino más bien flácidos boomers; tal vez a algún amigo de sus padres. No quieres verle la chorra a José Luis, amigo de tu padre. Pero ya no hay "playas nudistas" en realidad —cuenta Ismael Juárez, el autor del artículo—, porque se han ido llenando de "textiles" que cohíben a quienes quisieran desprenderse del bañador, que entonces van arrinconándose en esquinas de arenales que antes eran totalmente suyos. Y en las que ya no es posible relajarse del todo, debido a la omnipresencia de las cámaras en esta nuestra era digital. "La posibilidad de ser fotografiado, aparecer en un vídeo o acabar expuesto fuera de contexto en Internet provoca que algunas personas renuncien a desnudarse", apunta el periodista. Las cámaras, su mirada voraz, también sobrepromocionan playas que antes eran recónditas y poco conocidas; aisladas calas de ensueño que ofrecían intimidad a los naturistas, pero a las que ahora afluyen —guiados por el navegador del móvil— riadas de veraneantes que las descubren y las pregonan en Instagram y otras plataformas; o en esos artículos clickbait del tipo "las diez playas asturianas desconocidas que no te puedes perder".
Ismael Rodrigo, presidente de la Federación Española de Naturismo, lamenta en el artículo que esa promoción se haga muchas veces sin especificar que se trata de playas de tradición naturista. Y qué curiosa —es lo más interesante del artículo— esa yuxtaposición de palabras: tradición y naturista. Sí: todo puede ser una tradición, y el despelote también. Una tradición que, como todas, puede verse amenazada por un brote de iconoclastia, por la insolente novedad de su contrario. Todo puede ser lo nuevo o lo viejo, dependiendo del momento histórico. El nudismo era lo nuevo en tiempos de pudor católico; ahora lo irreverentemente nuevo es más bien el pudor. La mantilla de ver procesiones de Semana Santa más que el tanga; el bañador de una pieza más que el topless. Uno también se acuerda de cuando el topless era un asunto noticioso; un tema de artículos de periódico y reportajes de telediario y debates sobre dónde poner el límite. Topless, ahora, ya parece una palabra viejuna. Viejuno, de hecho, ya es, ella también, una palabra viejuna. Qué cosa fascinante es la historia. ¿A dónde nos conduce ahora su río furioso, indetenible, nunca quieto? Esperemos que no a un mundo en el que —como explica Juárez que ocurría en el franquismo— los nudistas busquen calas recónditas porque allá sea menos probable que los detenga la Guardia Civil.
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