Opinión
La hegemonía estadounidense ante el terremoto electoral

Por Pedro Barragán
Economista y editor de China Información y Economía
La victoria demócrata en la Cámara de Representantes y el Senado supone un vuelco político en Washington. El debilitamiento de Trump abre nuevos escenarios internacionales, pero no elimina las contradicciones estructurales del poder estadounidense.
La victoria demócrata en ambas cámaras constituye un terremoto político en Estados Unidos. Donald Trump pierde el control del Congreso y afronta los dos últimos años de su presidencia sometido a una oposición parlamentaria con capacidad para bloquear su agenda, investigar a su Administración y condicionar sus decisiones estratégicas. El resultado trasciende la política interior estadounidense y abre una etapa de incertidumbre geopolítica.
El nuevo equilibrio institucional limita considerablemente el margen de maniobra presidencial. Los demócratas controlarán las comisiones parlamentarias, podrán obstaculizar nombramientos y dispondrán de mayor influencia presupuestaria. Sin embargo, Trump conservará el poder de veto y amplias atribuciones ejecutivas en política exterior. Washington se encamina hacia una pelea institucional cuyas consecuencias alcanzarán al conjunto del sistema internacional.
Para los aliados occidentales, la derrota republicana podría alimentar expectativas de recuperación del equilibrio en su deteriorada relación con Washington. Pero conviene recordar que las diferencias entre Biden y Trump, entre demócratas y republicanos, no implican objetivos geopolíticos opuestos.
Biden demostró mayor habilidad para cohesionar a los aliados, reconstruir la confianza transatlántica y movilizar a la OTAN frente a Rusia. Sin embargo, desarrolló también una política exterior más intervencionista y agresiva en determinados escenarios. Su responsabilidad en el inicio de la guerra de Ucrania, las sanciones contra Moscú y la intensificación de la guerra total comercial y tecnológica contra China fueron muestra de una política orientada a preservar el supremacismo norteamericano mediante la movilización del bloque occidental.
Trump ha privilegiado una estrategia más unilateral y transaccional, basada en presiones comerciales, agresiones militares, negociaciones bilaterales y se ha dejado arrastrar por Israel a una derrota militar en Irán. Su política de “Estados Unidos primero” ha trasladado mayores obligaciones económicas y estratégicas a los aliados.
La diferencia fundamental reside en los instrumentos y mientras Biden buscó fortalecer la hegemonía mediante alianzas; Trump ha pretendido defenderla mediante presiones directas y acuerdos selectivos.
La victoria demócrata podría favorecer una mayor coordinación con Europa, especialmente en materia de seguridad y Ucrania. No obstante, también podría intensificar las contradicciones entre una Casa Blanca partidaria de negociar determinados conflictos y un Congreso dispuesto a mantener compromisos militares y estratégicos tradicionales.
Europa corre así el riesgo de encontrarse ante un Washington dividido, incapaz de ofrecer una orientación internacional coherente. La dependencia militar estadounidense, las tensiones comerciales y las divergencias sobre el futuro de Ucrania seguirán condicionando su autonomía estratégica.
La guerra comercial y tecnológica contra China constituye otro escenario decisivo. Lejos de significar una distensión automática, el triunfo demócrata seguramente refuerce las posiciones favorables a amplificar la guerra contra el ascenso chino. Existe un amplio consenso bipartidista sobre la necesidad de preservar la superioridad tecnológica, económica y militar estadounidense.
Mientras Trump ha recurrido prioritariamente a los aranceles y las negociaciones comerciales, los demócratas han favorecido una estrategia de guerra abierta estructurada mediante alianzas antichinas, restricciones tecnológicas y cooperación militar en el Indo-Pacífico.
El control demócrata del Congreso podría dificultar eventuales acuerdos entre Trump y Xi Jinping, especialmente sobre Taiwán, semiconductores y comercio estratégico. La rivalidad de Estados Unidos contra China seguirá condicionando las relaciones internacionales, independientemente de las disputas políticas estadounidenses.
Esta situación afectará especialmente a Europa, Australia y los países asiáticos que mantienen vínculos de seguridad con Washington e importantes relaciones económicas con Pekín. La presión para alinearse estratégicamente podría intensificarse.
El problema de fondo trasciende, sin embargo, los resultados electorales. El sistema de alianzas estadounidense fue construido sobre una superioridad económica y militar que hoy se encuentra en entredicho. El ascenso de China, la aparición de potencias intermedias y los cambios en el comercio internacional están transformando el equilibrio mundial.
La victoria demócrata debilita políticamente a Trump, pero no devuelve automáticamente a Estados Unidos a su antigua posición hegemónica. Incluso podría hacer más visibles las contradicciones entre sus ambiciones internacionales y sus divisiones internas.
La paradoja de estas elecciones es que los demócratas recuperan el Congreso mientras Estados Unidos continúa enfrentándose a los límites estructurales de su poder declinante.
Para los aliados occidentales, el problema estará seguramente en aprovechar el debilitamiento de Trump, pero sobre todo en desarrollar capacidades propias y diversificar sus relaciones internacionales.
El resultado electoral transforma Washington, pero no detiene la transición hacia un orden mundial más multipolar. La declinante hegemonía estadounidense depende cada vez menos de quién controla el Congreso y más de su incapacidad para adaptarse a un mundo que ya no dirige imperialmente.


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