Opinión
La hipótesis Iván Redondo

Periodista
La irrupción de Iván Redondo en la precampaña electoral ha sorprendido a propios y extraños. No es que el exasesor de la Moncloa hubiera desaparecido del mapa ni mucho menos. Ahí están sus artículos semanales en La Vanguardia y sus paseos por radio y televisión. Esta misma primavera, sin ir más lejos, la editorial Contraluz publicó El manual, un relato de su trayectoria profesional y su llegada al Gabinete de la Presidencia. Lo novedoso es que Redondo ha comenzado a prodigarse con matices y pronósticos que contradicen el viento general de las encuestas. Según sus cálculos, el pescado del 29-N no está ni mucho menos vendido.
Hasta hace pocos días, el cuchicheo unánime de los sondeos daba al Gobierno por muerto y auguraba a las derechas una victoria arrolladora. El PSOE no tenía otra opción que arrojar la toalla después de un largo viacrucis judicial en el que no han faltado las chistorras, las libretas de fontanería y las joyas saudíes. Este verano, en la agonía de la legislatura, el sainete ceutí nos pareció el clavo definitivo en un ataúd que no terminaba de cerrarse. Después todo se aceleró: Maricarmen, los decretos, las acampadas y un adelanto electoral sostenido sobre la oportunidad y la épica de la remontada.
Apelando a otros precedentes, Iván Redondo ha desfilado por los platós para templar el optimismo demoscópico de la derecha. En 1993, Aznar ganó en las encuestas y perdió en las urnas. En 2004, tras la herida del 11-M, Zapatero dejó a los encuestadores con un palmo de narices. En 2023, Pedro Sánchez reunió una mayoría que las encuestas le habían negado. Redondo pasó este lunes por el Hoy por hoy de Aimar Bretos para prometer una pugna ajustada y conceder al PSOE un 50 % de posibilidades de victoria. En Las mañanas de RNE, con Juan Ramón Lucas, el mensaje fue incluso más explícito: “Lo normal sería que el PSOE empiece a superar al PP a medida que avance la campaña”.
Redondo dibuja un escenario más razonable de lo que parece. Al fin y al cabo, España no celebra comicios presidenciales, sino que el poder emana de una liza encarnizada territorio a territorio. Si el voto progresista por fin se moviliza, Redondo prevé una estrecha competencia en 28 de las 52 circunscripciones. Es allí donde el sistema D’Hondt puede obrar sus mejores milagros. Esto es algo que deberían calcular las izquierdas federales antes de dispersar el voto. Redondo añade aquí que los votantes conservadores son habas contadas: doce millones desde el año 2011. Lo más decisivo, entonces, no es cuánto crecen las derechas, sino cómo reparten entre sí los escaños.
La hipótesis de Redondo, me temo, es también la hipótesis del PSOE: la esperanza de que el crecimiento de Vox no solamente impida el crecimiento del PP, sino que además frustre una mayoría derechista. Hace ahora un año, en las páginas de Público, Juan Miguel Becerra Vila planteaba un escenario semejante. Según el exresponsable demoscópico del PSOE, la fractura del bloque conservador debería reflejarse en un menor rendimiento territorial en las urnas. Por un lado, Vox vampiriza el flanco derecho del PP. Por otro lado, SALF detraería electores de Vox sin que el drenaje se tradujera en escaños.
La derecha mediática se ha soliviantado con este análisis. En La Razón, Sofía González lo considera un espejismo. En El Debate, Alejandro de Santiago sugiere que Redondo ha sincronizado su discurso con el Gobierno. En La Voz de Galicia, Francisco Espiñeira Fandiño sitúa al consultor vasco en la estela de José Félix Tezanos. No sabemos si es una crítica o un halago, pues el CIS fue casi la única casa encuestadora que predijo la recuperación del PSOE en los comicios de 2023. Recordad la cara de Narciso Michavila después de que GAD3 hubiera prometido al PP una victoria de casi nueve puntos.
Si la hipótesis Redondo fuera falsa, lo más razonable sería que Feijóo tratara de conquistar el centro sabiendo que el flanco extremoderechista está ya cubierto por sus hijastros de Vox. Lo que hemos visto, en cambio, es un PP exaltado y desesperado por retener a sus votantes más montaraces. Los de Génova han hecho suya, por ejemplo, la milonga trumpista del fraude electoral y han puesto en cuestión no solo el buen nombre de Correos, sino hasta la fiabilidad del sistema democrático. Feijóo llega tarde a la cantinela ultra: Vox ya alentó la teoría del pucherazo en las elecciones generales de 2019 y en las autonómicas de 2021. El original y la copia, ya se sabe.
“No hemos sabido decirle a la gente que nosotros no somos Vox”, decía el moderadísimo Feijóo tras la foto del trío de Colón. Hoy sus palabras suenan a vieja chufla. El ayusismo de navaja pendenciera se ha adueñado del partido y hasta Borja Sémper, con su fama de monje benedictino, ha terminado tragando los sapos y las culebras del extremismo discursivo. La hipótesis Redondo suena extraña, pero ahí tenéis a los community managers del PP difundiendo mensajes rastreros contra Óscar Puente, Afra Blanco, Mertxe Aizpurua y Sarah Santaolalla. Los internautas de la derecha más descerebrada elogian el cambio de tono con sesudos argumentos. Basadísimos, bro.
Esta maniobra desesperada se entiende mejor a la luz de la crisis de los partidos conservadores europeos. Cayeron los tories en el Reino Unido mientras prosperaba Reform UK; se hundió el partido de Sarkozy mientras florecía el lepenismo en Francia; se desplomó Forza Italia en beneficio de Salvini primero y de Meloni después. Hasta la CDU, que parecía rocosa e infranqueable, ha empezado a sucumbir al empuje de AfD. El PP necesita y teme a Vox al mismo tiempo. Es por eso que trata de imitarlo y presentarse como una derecha sistémica que juega a parecer transgresora y canallita. En realidad, Feijóo está alimentando la bestia que terminará por devorarlo.
Nadie sabe qué depararán las urnas el 29-N, pero los partidos a duras penas pueden disimular sus respectivas estrategias. La familia conservadora ningunea a Redondo a la vez que confirma sus conjeturas. En fechas recientes, Vozpópuli denunciaba que Moncloa está promocionando al partido de Alvise Pérez para dañar a Vox. Por más que las encuestas se deleiten en sus propias cábalas, lo que va a misa es el reparto de escaños. En las elecciones de 2015, 736.590 papeletas de IU arrojaron un saldo de cero diputados. Solo sus votantes de Madrid vieron recompensado el esfuerzo. Al contrario, en las elecciones de 2023, el PP se quedó a 285 papeletas de arrebatarle a Junts un diputado en Girona. Hay que votar con el corazón y no con la calculadora, dijo Albert Rivera en 2019. Y ya veis cómo acabó.
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