Opinión
La historia 50 años después del 20N

Historiadora, investigadora del CEDID-UAB y coordinadora del Archivo Histórico de la Fundació Carles Pi i Sunyer
-Actualizado a
A veces, la realidad te golpea con un simple comentario. Una conversación pillada al vuelo te sacude, o una respuesta teóricamente inocente zarandea todos tus esquemas. Esto es lo que me pasa, a menudo, en las charlas en los institutos. Hace muchos años que voy picando piedra, y no desisto, se lo aseguro, pero la realidad es ciertamente preocupante. Les animo a entrar en las aulas de los institutos del país, o paséense por delante cuando los chicos y chicas entran y salen de clase. Y escuchen, sólo escuchen.
Toda generalización es el principio de un error, lo sé, y por este motivo, de entrada, ya les prometo que no todos los adolescentes piensan ni actúan así. ¡Por suerte! Hay adolescentes fantásticos que leen, se informan, preguntan y quieren saber. Pero también hay una mayoría de jóvenes que se dejan llevar e ignoran, desconocen y banalizan nuestro pasado histórico.
Desde hace unos cuantos años que entro en las aulas de los institutos de Secundaria para explicarles qué fue la Guerra Civil y el franquismo. Para romper el hielo, acostumbro a tantearlos y que ellos me cuenten qué saben. Es la mejor manera de saber dónde estamos y de dónde partimos. A la pregunta de "quién fue Franco", pueden imaginarse que hay respuestas para todos los gustos: "Un militar a caballo", "el amigo de Hitler", "el abuelete de España"…. Pero también hay los que tímidamente intervienen para decirte que fue un dictador. Y si seguimos preguntando "qué hizo Franco", aquí sí que ya vamos más perdidos y no se alzan tantas manos. Esta escena que podría parecer una broma, no lo es. Al contrario, es la pura realidad. Y es también un síntoma. Un síntoma grave. La distancia con la que las generaciones más jóvenes observan los episodios más recientes de la historia de España es cada vez mayor.
Expliquemos el pasado
España es un país que ha estudiado con minuciosidad sus guerras y sus glorias imperiales, sus grandes épocas de expansión territorial, sus conquistas medievales, pero curiosamente sigue manteniendo zonas de sombra sobre su pasado más reciente. La Guerra Civil y el franquismo aparecen en los temarios de Historia como capítulos finales que casi nunca se llegan a explicar. Falta tiempo. Falta continuidad. Y falta, sobre todo, una voluntad política sostenida para asumir la complejidad y el conflicto que acompañan cualquier proceso de memoria histórica.
Llevamos unas cuantas generaciones de jóvenes y adolescentes que han salido del instituto sin adentrarse en este capítulo "incómodo". La Prehistoria, Grecia, Roma, los Reyes Católicos, la Revolución Industrial, y con un poco de suerte, la Gran Guerra del 1914-1919. Pero de allí en adelante ya poco más.
El resultado es evidente: desconocen una gran parte del siglo XX español. Antes de poder explicar la guerra civil, es necesario situarlos cronológicamente en cada episodio y es cuando descubren que existía una República Española, pero que era la Segunda porque ya había habido una Primera. Sólo entonces podremos avanzar y explicar el estallido de la guerra civil, el triunfo del ejército nacional y el inicio del franquismo, un régimen dictatorial que sometió España a cuarenta años de opresión y negación de las libertades. No hablamos de un episodio remoto, sino de la experiencia vital de sus abuelos, bisabuelos, tíos o conocidos.
Revisar los currículos no es una obsesión academicista, es una necesidad democrática. No podemos permitirnos que nuestra futura ciudadanía desconozca los fundamentos de su propio presente. Debemos explicarles que las libertades que ellos y ellas tienen y que conciben como "naturales" no eran así hace sesenta años porque España vivía en una dictadura.
El peligro de las redes
¿Y saben por qué debemos hacerlo sin falta? Porque donde no llega la escuela y el instituto, llegan las redes. Este es el gran peligro de nuestros días. El vacío académico lo ocupan hoy las redes sociales. Y lo hacen con la lógica que las define: mensajes breves, descontextualizados, banales, para la risa fácil. La izquierda ha perdido, sin apenas combatirla, la batalla de los relatos digitales. Mientras la academia avanza con prudencia metodológica, Youtube, Instagram, TikTok o X lo hacen con la velocidad del fogonazo. Los influencers fabrican certezas instantáneas.
Para todos ellos el pasado reciente se convierte en una mercancía ligera, susceptible de ser consumida en vídeos cortos que presentan la dictadura como una anécdota y al dictador Francisco Franco como un "abuelete dicharachero". El revisionismo de las derechas no necesita largos ensayos o reflexiones meditadas; le basta con una frase ingeniosa, un tuit irónico o un algoritmo que premia la provocación sobre el rigor. Y de ahí, el éxito de ciertos discursos extremistas entre los jóvenes, los principales consumidores de estas redes. Los resultados de las últimas encuestas son realmente alarmantes. ¡No puede ser que el 16,8% de los españoles valoren positivamente el franquismo! ¡Ni que seis de cada diez jóvenes tengan dudas ante la pregunta de qué sistema político prefieren, si la dictadura o la democracia!
La historia, desprovista de contexto, se convierte en puro entretenimiento. Y la dictadura, en un producto más del consumo digital. Sin matices, sin fuentes documentales, sin notas a pie de página. Nada, puro vacío. Pura banalidad.
La banalización del pasado
Y aquí reside otro gran problema y que debería hacer saltar todas las alarmas: la banalización de determinados conceptos que son pilares de una sociedad democrática. Conceptos como "dictadura", "represión", "nazismo", "sistema autoritario", etc.. son minimizados, anulados, banalizados de su significado real. Las nuevas fuerzas de la extrema derecha española han conseguido resignificar palabras de tal magnitud.
La banalización del franquismo es, en definitiva, un síntoma de algo más profundo: la fragilidad de nuestra cultura democrática. Una democracia fuerte necesita una memoria fuerte para comprender el pasado y anticiparse a posibles riesgos del presente y del futuro. La memoria es una herramienta de prevención democrática que debemos difundir en nuestros jóvenes.
Si renunciamos a explicar el pasado tal como fue, otros lo explicarán como les convenga, y atención porque algunos ya lo han hecho. No podemos permitir que la dictadura del General Franco se convierta en un meme ni que la ignorancia sea la puerta de entrada a nostalgias autoritarias. España sufrió una dictadura horrorosa durante cuarenta años y ahora justo hace cincuenta que terminó. Debemos explicarles la verdad histórica para fortalecerlos como ciudadanía y para que comprendan que la dictadura franquista fue un régimen que condicionó la vida, la libertad y el destino de millones de españoles.
Aún tenemos mucho trabajo de pedagogía histórica pendiente, muchos deberes de memoria histórica para cumplir, pero me parece urgente que nos concentremos en nuestros adolescentes y jóvenes. Explicar bien el pasado es una obligación moral y democrática. No podemos desistir.
Porque de lo contrario, la advertencia es clara y contundente: o se lo explicamos bien, o vamos mal. Muy mal.

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