Opinión
Los hombres cínicos y la OTAN

Por Héctor Sánchez Mira
Secretario general de Comunistes de Catalunya
El 12 de marzo de 1986, hace ahora 40 años, el Reino de España celebraba un referéndum sobre la permanencia en la OTAN. Un referéndum en el que ganó el Sí por un estrecho margen, y en el que el No se impuso de manera nada anecdótica en Cataluña, País Vasco, Navarra y Canarias. Más allá de recordar la efeméride, volver la mirada atrás y repasar el proceso de incorporación a la OTAN nos permite identificar ciertos paralelismos.
España había entrado en la OTAN el 30 de mayo de 1982, bajo el gobierno de Leopoldo Calvo-Sotelo, tras unas negociaciones iniciadas por Adolfo Suárez. El PSOE —que en aquel momento estaba en la oposición, pero pocos meses después ganaría las elecciones generales con una amplísima mayoría absoluta— se opuso a esta incorporación, pero lo hizo con un lema curioso: "OTAN, de entrada, no", que tenía un carácter premonitorio. Visto con perspectiva, y con todos estos años de haber padecido las malas artes del PSOE, aquel lema ya anticipaba cómo acabaría la cosa, con la nada despreciable premeditación de 4 años.
El viraje del gobierno del PSOE, presionado entre otros por Estados Unidos, fue comandado por Felipe González, sin duda una de las figuras más siniestras de la política española y europea. Primero forzó la posición en el 30.º Congreso del PSOE, celebrado unos meses antes, y después, utilizando todos los artificios posibles y una pregunta tramposa, sacó adelante un referéndum contra la opinión mayoritaria de la sociedad española (no digamos ya la de las naciones sin Estado), que en una encuesta un mes antes del referéndum mostraba una clara opinión desfavorable a la OTAN.
Felipe González es —y ya lo era entonces— una persona sin ningún escrúpulo, sin ideología; en 1976, en el Congreso de Suresnes, inició la transformación del PSOE de un partido de izquierdas de raíz marxista en un artefacto al servicio del neoliberalismo en despliegue y situándose como pilar central de la arquitectura de lo que sería el régimen del 78. Un personaje movido únicamente por el poder, que utilizó su carisma para mantener de manera cínica la conexión con la clase trabajadora y los valores de la izquierda con el fin de mantenerse en el gobierno.
Hoy, 40 años después, parece que su sucesor como presidente del Gobierno español y secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, esté haciendo el camino inverso. Accedió a la secretaría general impulsado por la vieja guardia, para evitar que llegara Eduardo Madina, al que debían considerar demasiado progresista. Aun así, las circunstancias le han llevado a tomar decisiones que podrían hacernos pensar que cada vez es más de izquierdas. Me atrevo a aventurar, sin embargo, que Sánchez es también un hombre cínico, y que es el afán de poder lo que le ha llevado por este camino. Y si ha sido así, es porque aquellas decisiones que se ha visto obligado a tomar conectaban con una parte muy importante de su electorado.
Asimismo, cuando Sánchez se enfrenta a Trump y le dice "no a la guerra", o cuando denuncia el genocidio en Palestina, lo hace porque sabe que una parte muy relevante de la sociedad española piensa así. Y lo hace también porque nos encontramos en un momento de cambio, en el final de la globalización neoliberal y de su sistema de dominio mundial, el llamado "orden liberal basado en normas". Los líderes europeos están desconcertados, mostrando una enorme mediocridad y subordinación a los intereses estadounidenses y, en medio de la desolación, se alza una sola figura como referente de la izquierda y de una Europa independiente: Pedro Sánchez.
Esto es, al mismo tiempo, un desastre y una oportunidad para la izquierda, tanto en el Estado español como en Cataluña. Sabemos de sobra que tanto el PSOE como Pedro Sánchez no representan un proyecto de transformación social, y que no hacen más políticas de izquierdas de las que se ven obligados a hacer. Sabemos, también, que si dejamos que sea él quien se convierta en el referente de las personas de izquierdas, lo aprovechará para seguir mandando y para cambiarlo todo para que no cambie nada. Pero, a la vez, es la demostración de que se puede articular una mayoría social desde la izquierda, que nos encontramos en un momento de ruptura en el que deben abrirse nuevos horizontes de transformación, y que lo que tenemos que hacer es seguir empujando a Sánchez por este camino, obligándolo a elegir.
El PSOE ha sido el pilar fundamental del régimen del 78, su máxima expresión en la esfera política, quien ha mediado los pactos y consensos de este régimen. Pero el mundo ha cambiado, como también lo ha hecho la situación en el Estado español, y aquellos pactos y consensos hoy ya no son posibles. La derecha extrema y la extrema derecha, que cabalgan sobre una ola que es internacional y responde a corrientes muy profundas, representan un proyecto de involución democrática, recorte de derechos y recentralización que nos devolvería al pasado. Y frente a esto, la izquierda no puede quedar subordinada al PSOE y a Pedro Sánchez, en una lógica defensiva sobre cuál es la mejor manera de frenar a la extrema derecha.
No se trata solo de frenar a la extrema derecha, sino de articular y proyectar un futuro mejor, una sociedad mejor, que en nuestro caso pasa por una República Catalana que sea fruto de un proceso colectivo de conquista de derechos. Aquí es donde debemos llevar al PSOE y, antes de eso, a la izquierda de ámbito estatal: porque no es posible ninguna transformación social significativa sin una democratización profunda del Estado español. Y esto implica, necesariamente, la aceptación del derecho a la autodeterminación de las naciones sin Estado. El primer paso, sin embargo, es la unidad de acción en términos estratégicos de la izquierda soberanista, en lógica catalana y autocentrada en nuestra tarea, que es alcanzar la República Catalana.
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