Opinión
No ser hombres, no ser niña

Periodista y escritora
Decían "pero bueno, Cristina, si ya has conseguido el cargo, ¿por qué te pones tan pesada?", y yo me sentía mal y también culpable. Pensaba entonces "pero no el sueldo, coño, me habéis dado un cargo de jefa de loquesea, pero un tercio menos de sueldo que al tío que tiene el mismo puesto". Lo pensaba y al principio no lo decía, porque yo soy de las que fuimos educadas para ser hombres, crecimos empeñadas en ser hombres, domadas para serlo: acaba tus estudios, cursa una carrera universitaria, busca un puesto de trabajo, pelea con uñas y dientes por subir, por trepar, por encaramarte al lugar ese desde el que la élite de los hombres mira al mundo como entomólogos crueles. Pensaba lo del salario y, al principio, me callaba. Porque ya tenía el cargo. "¿Qué más quieres, Cristina? Qué pesadita te pones".
Recuerdo las películas que dibujaban a la superwoman en los 80 y los 90. Así nos colocaron el punto de llegada, la idea del éxito: con el pestilente nombre de superwoman y vistiendo a las actrices con traje de sastre y unas zapatillas de deporte, oh, qué moderno, qué chic, qué manera de permitir a las chicas "estar cómodas", quitarse los tacones.
Teníamos que ser hombres, el mercado laboral ofrecía un puesto para nosotras con posibilidad de ascenso. Eso parecía nuevo en la democracia reciente española, pero no sólo era España. La industria cultural del otro lado del Atlántico estaba en la misma onda. Apenas teníamos que cumplir unos mínimos requisitos: ser jóvenes, estar delgadas, vestir sin llamar la atención, no tener horarios, aceptar que nuestro sueldo sería menor que el de ellos y ser madres sin que se notara, sin que nadie nos oyera hablar de ello, sin tiempo ni posibilidad de no serlo.
Luego llegó la pornificación de nuestros cuerpos y además de hombres, aprendimos que teníamos que ser adolescentes o incluso niñas. Fingir inocencia, ese tipo de ingenuidad impuesta que pone en marcha los mecanismos macho de poder y deseo. De nuevo, unos cuantos requisitos, ¿quién podría negarse?: estar aún más delgada, parecer aún más joven, depilar el cuerpo entero, la sacrosanta vulva lampiña, intervenir quirúrgicamente los genitales si era necesario.
Hombres de día, adolescentes peladas de noche, madres a tiempo completo como si no lo fuéramos, cuidadoras hacia arriba y hacia bajo en la línea familiar.
Entonces un día sí lo dije. Dije "es que el tío que ocupa el mismo puesto que yo cobra un 30% más". A medida que lo decía sabía lo que iba a ocurrir después, sabía que estaba rompiendo la regla no explícita del "te dejamos pertenecer, pero no molestes". Pero una no puede pasarse la vida entera negando la mujer que es. Una tiene que mirarse y asumir el cuerpo. Se trata del cuerpo. El cuerpo y todo lo que le rodea, la indumentaria, los movimientos, esa doma en la humildad.
Lo único que no podíamos ser era mujeres. Había que mirarlo de frente. De todo esto hace tiempo, mucho tiempo. Ahora nos miro y algunas abrazan sus cuerpos de mujer, incluso públicamente, de cualquier edad, tamaño, volumen, color. Sus cuerpos de mujer no niña, no hombre. Me siento frente a uno de los hombres de la jerarquía comunicativa de entonces. Soy bastante mayor, ya sé quién soy. Me mira y me dice: "¿Qué más quieres, Cristina? ¿Es que nunca vas a cambiar?".
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