Opinión
'Household voting', una extravagancia que podría ponerse de moda
Por Andrea Momoitio
Periodista y escritora
-Actualizado a
Pues... esto yo no lo había visto venir. Será porque ando despistada. En el fondo quiero pensar que es una pedrada sin mucho recorrido, pero me ha parecido tan sorprendente que no he podido pasarla por alto. ¿Habéis oído hablar alguna vez del household voting ("voto por hogar")? La idea es sencilla: que en cada familia vote una única persona: el marido, por supuesto. El voto dejaría de ser un derecho individual para convertirse en un derecho del hogar, representado por el cabeza de familia. La idea, popularizada por Dale Partridge, fundador en 2021 de la King’s Way Reformed Church, una congregación cristiana conservadora y reformada de Arizona, parte de la convicción de que la aprobación de la 19.ª Enmienda, que reconoce desde 1920 el sufragio femenino, marcó el inicio de la decadencia del país.
Partridge no está solo, por supuesto. Nick Fuentes, comentarista político vinculado a la extrema derecha, decía hace poco que él "retiraría el derecho al voto a muchísima gente; a las mujeres, desde luego" y el pastor Douglas Wilson, una de las figuras más influyentes del llamado patriarcado bíblico, lleva décadas defendiendo un modelo en el que la autoridad política y familiar recaiga sobre los hombres. Es, sin duda, una extravagancia, pero, cada dos por tres, alguna extravagancia se pone de moda.
Jota B. Ponsone se planteaba en Página/12 que teníamos que estar atentas a este fenómeno porque "las ideas no respetan fronteras, y porque el malestar que estas comunidades capturan —el agotamiento relacional, la búsqueda de orden, la sensación de que algo en el modelo igualitario no está funcionando— es un malestar real". Añado: las ideas, como las modas, no respetan fronteras y vuelven. La historia no se repite, pero se repiten las estructuras de opresión que generan ciertos malestares. No dicen que las mujeres sean inferiores, dicen que defienden la armonía familiar, el orden, los roles claros, la estabilidad o la paz doméstica. ¿Cómo puede volver a hacerse imaginable una idea que parecía definitivamente derrotada?
Llevo varios años siguiéndole la pista a Margarita Beese, militante falangista, que escribió hace un siglo: "No nos hace falta el sufragio". Creía que las mujeres españolas ya habían alcanzado suficiente reconocimiento y que no necesitaban votar. Criticaba con dureza a las sufragistas por sus "teatralerías y estridencias" y se definía como "acérrima feminista", aunque entendía el feminismo como una mejora moral e intelectual de las mujeres, sin cuestionar nunca el orden social, la Iglesia ni los roles tradicionales. Defendía con firmeza que las mujeres debían ser cultas, fuertes e intelectuales, pero rechazaba que ejercieran plenamente derechos políticos como el voto porque consideraba que aún no estaban preparadas para algo así. Decía también que las mujeres españolas no debían ser "flores", sino "árboles", fuertes y capaces de dar sombra, pero esa fortaleza seguía estando al servicio del hogar, la patria y la moral cristiana.
Mientras investigaba a Margarita Beese me pregunté muchas veces cómo era posible que una mujer tan brillante defendiera con tanta convicción que las mujeres no debían votar. Durante un tiempo pensé que estaba ante una paradoja, pero ahora creo que no lo era. Ahí reside la inteligencia del patriarcado: no necesita convencer a las mujeres de que son inferiores, basta con convencer a algunas de que la autoridad pertenece, por naturaleza, a otro.
Lo que más me interesa de Margarita Beese no es que estuviera contra el sufragio femenino, es que demuestra hasta qué punto el patriarcado puede ofrecer a algunas mujeres identidad, prestigio e incluso una sensación de emancipación sin poner nunca en cuestión quién tiene el poder. No las expulsa necesariamente del espacio público, les reserva un lugar en él. Un lugar desde el que pueden escribir, dirigir, influir e incluso llamarse feministas siempre que acepten que existe una autoridad superior —el marido, la familia, la nación o Dios— que organiza el mundo y marca los límites de esa libertad. Porque una cosa es el reconocimiento y otra muy distinta el poder. Ese intercambio ha sido una de las grandes fortalezas del patriarcado: ofrecer reconocimiento sin ceder autoridad. El patriarcado puede reconocer el talento de algunas mujeres, premiar su inteligencia, convertirlas en referentes e incluso permitirles ocupar espacios públicos. Lo que difícilmente concede es la capacidad de cuestionar quién decide en última instancia.
El household voting vuelve a colocar sobre la mesa la misma pregunta que atravesaba el discurso de Margarita Beese hace un siglo: ¿quién representa a quién? La cuestión nunca fue si las mujeres eran inteligentes, capaces o valiosas sino quién toma la última decisión, quién habla en nombre de la familia, quién representa políticamente el hogar y quién tiene, en definitiva, el poder.
Las dictaduras, las religiones o cualquier proyecto político con vocación de permanencia nunca han podido sostenerse únicamente sobre la coerción. Necesitan también construir consenso y, para hacerlo, necesitan voces capaces de traducir ese proyecto a quienes, en teoría, quedan subordinadas por él. Las mujeres no han sido solo destinatarias del discurso patriarcal, sino también algunas de sus principales constructoras, divulgadoras y defensoras. No porque fueran ingenuas o estuvieran manipuladas, sino porque ese mismo sistema les ofrecía algo a cambio: un lugar, una identidad, una misión y una forma de reconocimiento. El patriarcado nunca ha podido sostenerse solo con hombres. Siempre ha necesitado mujeres que lo expliquen, lo legitimen y lo hagan deseable para otras.
Comentarios de nuestros socias/os
¿Quieres comentar?Para ver los comentarios de nuestros socias y socios, primero tienes que iniciar sesión o registrarte.