Opinión
¿Y si hubiera en España más de once millones de malas personas?

Por Paco Tomás
Periodista y escritor
-Actualizado a
Tengo la sensación de que ser presidente de una Comunidad Autónoma es un chollo. Mínimo cuatro años de sueldazo, manejo de presupuestos y cero responsabilidad. Eso es lo que nos transmiten los presidentes de las Comunidades Autónomas cuando se les pregunta por su gestión. Pase lo que pase, la responsabilidad siempre es del Gobierno de España. Tal es la defensa que los presidentes de las CCAA hacen de la no gestión de sus competencias que, si fuera yo un negacionista del Estado de las Autonomías, abogaría por su desaparición ya que, a la vista de las declaraciones, no sirven para nada.
Lo que realmente pienso —y creo que es lo que opina la mayoría de los españoles— es que la inutilidad reside más en aquellas personas que están al frente de las CCAA que en las propias entidades territoriales. Hay que ser muy idiota, o tener muy poca información, para seguir creyendo a la derecha española. Eso dijo Sarah Santaolalla, la colaboradora del programa de TVE Mañaneros 360, cuando se le preguntó por la no gestión del PP en este catastrófico verano de incendios.
La estrategia que el Partido Popular ha empleado en todas y cada una de las catástrofes que han sucedido en nuestro país y de las que, o bien tenían una responsabilidad directa como gobernantes (Prestige, Yak 42, Madrid Arena, Metro de València, AVE de Santiago de Compostela, volcán de La Palma, DANA de València…) o una responsabilidad directa como oposición (pandemia mundial de la covid), ha sido lanzar balones fuera y enfrentar a la ciudadanía. Sin olvidar que en el mayor atentado terrorista que ha sufrido este país, el 11 de marzo de 2004, mintieron sobre la autoría, con los muertos aún entre los hierros de los vagones, para asegurarse una victoria electoral. MINTIERON, y lo escribo en mayúsculas porque esa ya es razón suficiente para que el PP no hubiera vuelto a gobernar en medio siglo. Ese es su currículum. Sin entrar en su histórico vinculado a la corrupción. Como me decía un conocido hace unas semanas, “votar PP, mata”. Porque no olvidemos que hay muchas maneras de matar. Y la inacción en medio de la tormenta, escurrir el bulto, fomentar la crispación entre los ciudadanos, es de tal irresponsabilidad que fácilmente se cobra vidas humanas.
Las palabras de Santaolalla molestaron a la derecha, que inmediatamente pidió el despido fulminante de la analista política del programa porque, según ellos, se había insultado a millones de españoles que votan al PP y a Vox.
Opino que un votante del PP es, ante todo, alguien que se beneficia económicamente, directa o indirectamente, del partido. En eso, el bipartidismo se da la mano. PP y PSOE son dos grandes empresas de las que comen muchas familias en España. Y esas familias miran por sus intereses particulares. Pero, ¿qué pasa con el resto de votantes de la derecha? ¿Son idiotas? Creo que no. Dudo que la idiotez sea el motor que impulsa el voto de la derecha en España. Pero sí empiezo a creer que es la falta de empatía y el fanatismo irracional lo que, alimentado por la información sesgada y manipulada que reciben a través de redes y de los medios partidistas de comunicación, está condicionando su voto.
Eso me lleva a pensar, ¿qué es preferible? ¿Un país con más de once millones de idiotas o un país con más de once millones de malas personas?
Porque dejémonos ya de paños calientes. Si tú simpatizas hasta el voto con quien organiza la cacería de migrantes en Torre Pacheco, con quienes ven a todos los menores migrantes no acompañados como delincuentes, con quienes aplauden a un grupo de descerebrados musculados que amenazan y pegan palizas a las personas que no pueden pagar su alquiler, con quienes se burlan y hostigan a las personas trans, con quienes niegan la violencia machista, con quienes irrumpen en la plaza de Chueca de Madrid gritando "fuera sidosos del barrio", con quienes agreden a periodistas que no piensan como ellos, con quienes presumen del franquismo, con quienes se burlan de los restos humanos que aún yacen en las cunetas, con quienes toleran esos comportamientos y los premian haciéndolos socios de Gobierno, con quienes vitorean los ataques de Trump y Putin a los Derechos Humanos, con quienes piden "colgar de los pies" a Pedro Sánchez, con quienes se ofenden más por una interrupción de la Vuelta Ciclista a España que por los miles de asesinatos de niños en Gaza por parte del Israel sionista, con quienes dejaron morir a 7291 ancianos en las residencias de Madrid, con quien desatendía el horror de una ciudadanía ahogándose en una DANA que se cobró 221 vidas, con quien otorga la Medalla de Honor municipal al Estado genocida y sionista de Israel, con quien aboga por hundir los barcos que llevan activistas pro Derechos Humanos a zonas de conflicto, con quien anima a la población a gritarle "hijo de puta" al presidente del Gobierno, perdona que te diga pero muy buena persona no eres.
Quizá estemos ante once millones de personas que, como apuntaba la historiadora y politóloga judía Hanna Arendt, han logrado sobrevivir banalizando el mal. No quiero decir que estemos, en España, ante más de once millones de personas malévolas y crueles. Quiero decir que es probable que estemos ante más de once millones de seres que han renunciado a la virtud humana del discernimiento, el primer paso para comportarse como inhumanos. Esa característica, tener humanidad, fue la que hizo que la propia Arendt fuese tachada de nazi por los sionistas que no aceptaban el humanitarismo que ella misma, como sionista, exigía para con el pueblo palestino. Eso hizo que se fuera alejando de esa ideología nacionalista –"el sionismo tendrá que reconsiderar todo su conjunto obsoleto de doctrinas", dijo- y acabase defendiendo los dos Estados.
En Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal, Arendt reflexiona sobre las personas que se niegan la capacidad humana de discernir entre el bien y el mal para, así, justificar su comportamiento. Esa incapacidad, voluntaria o no, es la que hace posible que hombres y mujeres normales, como esos once millones de los que hablo en esta columna, cometan, justifiquen o simpaticen con actos de crueldad. Lo que Hanna Arendt reivindicaba era que nunca se bloquease el pensamiento que nos ayuda a discernir. Porque eso será lo que evite el desastre en esos momentos en los que todo parezca perdido.
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