Opinión
La IA, sus amos y nosotros

Por Pablo Batalla
Periodista
La inteligencia artificial es ya una de las cinco o seis grandes tecnologías de la historia de la humanidad, o está llamada a serlo. El manejo del fuego, la escritura, la rueda, la máquina de vapor; en esa liga de tecnocampeones juega. Es un gamechanger, una de esas invenciones capaces de derrumbar una era e iniciar otra; de revolucionar la economía y, de resultas de ello, también la sociedad, la política, nuestra misma antropología. No fuimos los mismos seres humanos después de que se inventaran y se popularizaran el tren o el teléfono, posibilitando viajes de ida y vuelta en el día a ciudades lejanas o conversar con gente a la que no tuviéramos delante; y tampoco lo seremos si la IA se consolida y se extiende. Eliminará puestos de trabajo, creará otros, generará tensiones y quizás guerras mientras destapa nuevas y asombrosas posibilidades del ingenio humano. Su megamente enjámbrica y febril ya hace cosas como resolver la conjetura de Erdős —un reto matemático planteado en 1946—, optimizar compuestos existentes para crear antibióticos más potentes o diseñar radiofármacos más eficaces contra el cáncer. Pero la misma capacidad inconmensurable puede ponerse al servicio de un bombardeo o de un genocidio.
Frente a una tecnología así, hay tres posiciones posibles. La primera es el entusiasmo pánfilo, acrítico, novólatra (si es nuevo, es bueno), de los incapaces de levantar las alfombras del marketing, para ver qué porquería pueden tener escondida. Nadie les estropeará nunca la fiesta de pedirle a la IA que los envejezca o rejuvenezca o los vista de chándal de táctel de los ochenta. La segunda posición es el negativo de esta: un huraño miedo al cambio profundo como tal y la posición política que se deriva de él; un férreo tradicionalismo que pueda ser de derechas o de izquierdas, pero detrás del cual esté siempre el mito de la Torre de Babel. El pánico a ofender a Dios y moverlo a castigar formidablemente nuestra osadía de buscar maneras de darle esquinazo a la condena del Génesis; de ganarnos el pan con una frente que sude menos. Es comprensible, el miedo ese, pero no debiera hacernos correr a renunciar a los superantibióticos y las curas del cáncer. Hay una tercera posición posible, que es preguntarse de la tecnología en primer lugar, no su qué, sino su quién; no lo que hace, sino quién ostenta los medios de producción, y al servicio de qué los pone. Ser luditas inteligentes. Los de principios del siglo XIX no rompían telares porque odiasen la mecanización, sino porque aquellos telares no eran suyos, ni funcionaban a favor suyo: la máquina que podía significar menos horas de trabajo significaba, en manos de un patrón, el mismo jornal por más piezas y el despido del compañero. No era la máquina la que degradaba al obrero, sino su dueño. Y lo que querían los luditas no era coser y cantar, sino que cosiese la máquina, y ellos tuviesen, entonces, tiempo para cantar.
Ponerse a fantasear con una IA socialista, que nos dé buenos antibióticos pero no masacres más rápidas y ordenadas, puede ser demasiado ingenuo. Pero no lo es más que ponerse a fantasear con el socialismo en general, cosa que nunca hemos dejado de hacer. Si somos huraños pesimistas que renuncian a la utopía, seámoslo para todo; y si seguimos creyendo en ella, en la utopía, no dejemos de utopizar una IA del procomún. Los bolcheviques agarraron uno de los grandes adelantos técnicos de su época —el ferrocarril— y lo convirtieron en herramienta de la revolución: ganaron la guerra civil convirtiendo el tren en un cuartel móvil en el que se desplazaban a ritmo vertiginoso por todo el territorio. ¿No hay alguna manera de que nosotros también volvamos contra el amo las herramientas del amo; de poner a la IA a acelerar nuestra insurrección?
Los problemas ecológicos también están ahí, y son otro argumento muy atinado en contra de la IA, pero el combate contra el cambio climático, hay muchos sitios por los que empezarlo; muchos otros atentados graves contra el planeta de los que, a diferencia de este, sí que no sale nada bueno. En la lista de urgencias climáticas, cargarse los cruceros o las pistas de esquí artificial de los Emiratos Árabes debería estar mucho antes que cortarle el gaznate a Claude. Puede ser uno di noi, el bueno de Claude. Dejémosle curarnos el cáncer mientras curamos nosotros el gran cáncer de este mundo, que es el sistema capitalista.

Comentarios de nuestros socias/os
Para ver los comentarios de nuestros socias y socios, primero tienes que iniciar sesión o registrarte.