Opinión
Indefensión

Por Israel Merino
Reportero y columnista en Cultura, Política, Nacional y Opinión.
Me desvelé, algo normal por los constantes desfases navideños, a las cinco y media de la madrugada del sábado; la boca me sabía a papel de envolver pescado y por mi cabeza revoloteaba muy bajo el colibrí machacón de la ansiedad. Me quedé en duermevelas un rato más, media hora, hasta que decidí arrastrar mis temerosos pies hasta la cocina y hacerme a la idea del largo día de mierda que debería encarar: cuando quiero, tengo un ojo clínico para predecir desastres.
De la cocina al estudio, me encerré con música bajita y leí despacio, era muy temprano y tenía tiempo, todos los diarios nacionales de relevancia; empecé por Público –cómo no– y seguí por El Confidencial; luego me fui a El País, 20minutos, elDiario, ABC, El Español, La Vanguardia, El Mundo e Infolibre. Lo hago siempre en este orden riguroso, sin saltarme ni un solo titular e intentando inducirme un interés genuino con cada asunto para no quedarme solo en la entradilla periodística, en la tapita de cortesía, en el entrante vago de la boda de la actualidad.
El primer café del día fue haciendo su colateral efecto obligatorio –taquicardia, estrés, nerviosismo– y a la altura de las páginas de El País, cuando leía un artículo sobre vivienda en el suplemento Negocios, la sustancia negra se fundió en un solo ser hermafrodita con la ansiedad residual de la noche insomne y por mi esófago comenzó a subir un asqueroso vómito conceptual y primigenio que no desembocó en mi boca, sino en mi cerebro, y me obligó a mover las pies como el batería de una banda casposa de trash metal.
El texto del suplemento de El País decía que la vivienda volverá a subir una animalada este 2026 y que nosotros, pobres imbéciles inquilinos o imbéciles pobres sin propiedades, no podríamos hacer nada más que encalomarnos a una divina providencia en baja por saturación y desear muy fuerte que nuestros caseros mediocres y cochinos no nos pasaran sus manos sudorosas por nuestras caras pálidas al finalizar los contratos de arrendamiento; además, comentaba que no sé qué fondo usurero y descreído no se atrevía a hablar aún de burbuja inmobiliaria, aunque ya catalogara la situación como de sobrevaloración de activos, expresión que en mi cabeza ansiosa rimó en asonante con “crisis de 2008”, y que tampoco podíamos hacer nada para paliarlo, claro – o igual, sí: irnos a vivir unos cuantos más al aeropuerto de Barajas.
Pasé de la economía y me metí en las páginas gratuitas del 20minutos, donde un gran despliegue informaba en directo de la inminente llegada del temporal, apodado Francis, que amenazaba con petar de nieve las cotas poco acostumbradas; elDiario recogía las declaraciones de algunos expertos de la DGT y recomendaba a los conductores ser prudentes, llevar cadenas y no hacer nada si se quedaban atrapados, solo avisar a las autoridades y esperar: también la situación era de desamparo ante esta noticia y mi capacidad de actuación se reducía a que los demás fueran eficientes si me quedaba atrapado en la carretera –poco probable: ni siquiera tengo carnet de conducir-, pero a mi cerebro insomne ya lo había devorado la ansiedad. La sensación de indefensión era total; nosotros, que nos creemos superhumanitos con poder absoluto sobre nuestras vidas, no somos más que pulgas ridículas mecidas por un mar que no entendemos, por una mano larga que la forman otras muchas pulgas ridículas que tampoco saben con exactitud qué las mueve.
Después de leer a fondo un último diario, decidí que lo mejor para el brutal ataque de ansiedad que me estaba dando era olvidarme de la actualidad y ponerme con alguna movida divertida e inane, como pasarme por fin el Assasin`s Creed Brotherhood en la Switch. Eran las ocho menos algo y, antes de encender la consola, miré mi móvil en busca de algún mensaje de buenos días, pero lo que encontré fue una notificación de la app de El Confidencial: "Se registran varias explosiones en Caracas", rezaba.
Guardé la consola, volví a encender el ordenador y cambié la música bajita de fondo por la retransmisión a todo volumen de Telesur. Todavía no había amanecido y la luz del flexo rebotaba con calma contra la pantalla del portátil donde actualizaba, en busca de información, las webs de los periódicos; todavía no había amanecido y allí estaba yo, en un estudio pequeño de un cuarto piso de Madrid Sur, siguiendo en riguroso directo cómo la mayor potencia del mundo bombardeaba un país soberano a siete mil kilómetros de mí. Sin poder hacer nada, siendo solo un indefenso espectador más de un acontecimiento histórico que probablemente cambiará nuestras vidas de pulga ridícula de alguna forma que ni siquiera imaginamos. Quizá nosotros seamos los siguientes: dará igual porque también estaremos indefensos.
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