El Panamá: el atracador que quemó un Picasso de un cacique franquista
La historia de uno de los delincuentes más temidos de Madrid, incluso entre los criminales, según Iñaki Domínguez.

Madrid-
No era más que un crío cuando, en un parque de San Blas, un sirlero intentó robarle la bici. Lo primero que hizo el Panamá fue golpearlo sin piedad, hasta que alguien los separó y el ladronzuelo terminó presentándose con la nariz ensangrentada. "Me dijo que era de Canillejas y que le apodaban Pirri. Luego nos hicimos amigos. Más tarde se hizo famoso, aunque nunca dejó de ser un adicto a la heroína. Cuando yo ya me puse a vender, siempre que venía a comprar costo y otras drogas, yo le echaba la bronca y él me decía que lo iba a dejar".
El Pirri, actor de Navajeros, Colegas y El Pico 2, apareció muerto de una sobredosis en 1988. El Panamá, tres años más joven que él, ni fumaba, ni bebía, ni se drogaba. Y sigue vivo, décadas después, pese a un abultado currículo como delincuente.
"Mi desprecio por las drogas es un instinto de supervivencia. Desde pequeño algo en mí me decía que una simple cerveza, el tabaco o el pegamento debilitan", relata en su biografía José Manuel Cifuentes, cuyo apodo procede de la primera escuela en la que estudió, el Colegio Público República de Panamá. No tardaría en ser testigo de cómo el caballo castigó su barrio de Madrid. "Cuando pillaba a un puto maricón que había enganchado a su novia, lo reventaba a palos delante de ellas. Pero ya era tarde, ese veneno les había robado el alma. Por eso odio la puta droga y sobre todo la heroína".
José comenzó a trapichear a comienzos de los ochenta. "Cuando ves que no te gusta ni estudiar, ni trabajar, pero sí pasarlo bien y tocar la guitarra, y tienes un barrio como era San Blas en su tiempo, te metes en una espiral, poco a poco, y se acaba convirtiendo en tu modo de vida", le cuenta a Iñaki Domínguez en el libro El Panamá. Vida de un fuera de la ley (Ariel), donde perfila al personaje: de la adolescencia macarra en los Bajos de Argüelles a la cría de perros de presa, de surtidor de pastillas en la ruta del bakalao a los vuelcos [robos] a los narcos; de atracador de bancos a preso en régimen FIES en la cárcel de Estremera, donde actualmente permanece encerrado.
El Panamá: delincuente, pero no marginal
El Panamá no es producto de su entorno. Se crio en una familia normal y corriente, en absoluto marginal. "Jose es el raro. No sabemos de dónde ha salido", comenta su hermana. "En la familia nunca ha habido jamás forma alguna de delincuencia, pero este cabrito…", añade su madre.
Sin embargo, su figura causaba temor, también entre los malos. Iñaki Domínguez, teórico del macarrismo, no dudó en investigar su vida para dedicarle su último libro. Muchos aparcan el oficio llegada una edad. Otros, como el Panamá, superan los treinta dando todo tipo de palos. "Son delincuentes hardcore que siguen a tope, adictos a la adrenalina". Como decía tras cometer un atraco, hay que salir como señores. "Es muy frío y cometía asaltos sin llamar la atención. Una de las cosas de las que más disfruta es dominar el miedo, la tensión y el nerviosismo", comenta a Público su biógrafo.
Abstemio, calculador y común. "Los delincuentes profesionales no tienen pinta de matones y, en principio, no llaman la atención por su apariencia", escribe Iñaki Domínguez. "Los que de veras dan miedo son aquellos que parecen normales, al menos a primera vista". Es más, el antropólogo urbano cree que "los cachas, tatuados y con pinta de malotes normalmente son delincuentes de segunda división".
El "pasatiempo preferido" del Panamá, "peligroso de verdad aunque no te des cuenta a primera vista", consistía precisamente en extorsionarlos. "Siente un particular rechazo y asco por ese tipo de gente. Y, como son abusones y juegan en la misma liga que él, le gusta ir de macho alfa y abusar de ellos", añade el autor de Macarras interseculares o La Panda del Moco, sobre los pijos macarras que sembraron el terror en Madrid.
Drogas, cobros, extorsiones, atracos… "Pocas cosas le han faltado por hacer, la verdad. Ha tocado los palos de la delincuencia común. Y nunca lo pillaban". Hasta 1997 no tenía antecedentes penales ni entró en la cárcel. Luego lo trincaron cuando, investigando un asesinato que no había cometido, la Guardia Civil encontró en su casa MDMA y armas; y, finalmente, "fue traicionado por un amigo" y en 2013 ingresó en prisión por el atraco a un supermercado en Yuncos (Toledo), donde resultó gravemente herido un agente.
Iñaki Domínguez relata un sinfín de anécdotas en el libro El Panamá. Vida de un fuera de la ley, algunas increíbles, aunque este licenciado en Filosofía deja claro que la profusión de fuentes diversas sostiene su relato, así como la documentación policial, periodística y judicial.
Las tareas de promoción han llevado a compararlo con el Pirri o el Vaquilla, pese a que el escritor establece una línea divisoria entre "unos yonquis que se hicieron famosos por el cine quinqui" y un delincuente "de raza, mucho más potente, leído y, en cierto sentido, casi militar". Su hijo, por ejemplo, cuenta en el libro cómo sobrevivió durante días en el monte tras cometer atracos en zonas rurales: "Papá es Rambo". Iñaki Domínguez insiste en que "está muy por encima de esa gente" y prefiere establecer una analogía con Jacques Mesrine.
El Picasso del "cacique franquista"
Aunque prefería robar droga y dinero, una vez aceptó un encargo singular: birlar un Gauguin y un Picasso. El primer cuadro era legal, pero el segundo, perteneciente al período azul, había sido robado el siglo pasado y posteriormente comprado por "un cacique que tenía mano durante el franquismo", hasta el punto de que el propio Franco le había regalado un Mercedes antiguo, según el Panamá.
Una vez fallecido, su hija se propone vender ambas obras de arte a unos extranjeros por nueve millones de euros. Sin embargo, el abogado que ejerce de intermediario le ofrece al Panamá hacerse con los cuadros y luego ofrecérselos a los clientes por un millón menos, de modo que él se llevaría dos y José y sus compinches, seis.
Tras entrar en la casa de "un barrio pijo" de Barcelona, le pregunta a la dueña por el dinero —para disimular su verdadera intención— y localiza en el garaje ambos cuadros. Días después quedan con el abogado, quien les comenta que los compradores se han echado atrás después de lo acontecido y que buscará a otros interesados. El Panamá, cabreado porque prefería dar el golpe en el momento de la transacción y llevarse el dinero negro en efectivo, esconde el Gauguin y el Picasso en su chalé y deja que corran los meses.
"La enseñanza que extraemos del caso es que robar arte es muy mala idea. Mover cocaína resulta fácil, pero vender un Picasso es muy complicado", concluye Iñaki Domínguez.
El Panamá no consigue colocarlos por su cuenta y le advierten de que, si fuese detenido con los lienzos en su poder, se enfrentaría a una severa condena. "Decidí quemarlos, con todo el dolor del mundo. Eran los cuadros o nosotros. Tarde o temprano, si no me libraba de ellos, acabarían cogiéndonos", confiesa José Manuel Cifuentes. "Eso sí, me arrepentí de no llevarme el coche que Franco había regalado a su padre. Era uno de los coches que Hitler regaló a Franco. Lo malo es que, según lo hubiésemos sacado, no habríamos llegado ni al primer semáforo [risas]".



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