Opinión
La industria fósil como arma geopolítica: de Ormuz a Santa Marta

Por Javier Andaluz Prieto
Coordinador de Alianza por el Clima
Poner fin a los combustibles fósiles, la conclusión científica más sólida de nuestro tiempo, la transformación social urgente. Ni consigna maximalista ni eslogan vacío de activistas. Ciencia. ¿Por qué no se tiene en cuenta? Porque la industria fósil no es solo un problema climático. ¿Por qué resurge el negacionismo, los ataques a movimientos sociales o la desinformación? Porque el cambio conlleva la pérdida de privilegios, la pérdida de un poder. El pensamiento fósil protagonizado por Trump es la arrogancia de los poderosos que han pasado de cuestionar la transición energética a convertirla en un enemigo ideológico. Todo por una razón simple: atenta contra su hoja de ruta de acaparación de poder y recursos.
El cierre del estrecho de Ormuz vuelve a recordarnos que la energía fósil no es solo un "recurso", es una infraestructura de poder. Por ese poder están dispuestos a revivir un esquema de relaciones internacionales agresivo basado en el colonialismo, la injerencia política y la guerra. La subida del precio del barril impacta en los precios, en la estabilidad política y en la capacidad de negociación de cualquier país. Impacta en la economía de todas las familias que ya acumulan el deterioro causado por la COVID y por una vivienda cada vez más inaccesible. Esta semana, tras el ataque de Estados Unidos e Israel a Irán, se demuestra una vez más la dependencia del mercado global. Cuando una de las rutas energéticas entra en riesgo, los precios se disparan, la estabilidad económica se tambalea y la política energética se convierte en una cuestión de seguridad estratégica. El Gobierno de España podrá repetir que su suministro está diversificado y que por Ormuz pasa solo una parte menor de nuestras importaciones. Pero nadie se "diversifica" del precio internacional: la volatilidad es el impuesto que pagas por seguir atado al fósil.
Esta realidad revela algo que durante años se ha intentado mantener fuera del debate climático: la dependencia de combustibles fósiles convierte la energía en un instrumento de opresión. No se trata únicamente de emisiones e impacto en el futuro, se trata de soberanía económica y autonomía democrática en el presente. Tampoco nos engañemos achacando solo a Trump y a sus "pataletas" el giro autoritario de la política internacional, porque un tirano solo puede serlo en la medida que es protegido por los círculos de poder, que ven en este tonto útil la oportunidad de volver a dictar el destino del mundo. El auge de la ultraderecha y del negacionismo climático nunca fue un fenómeno marginal: es una reacción organizada de grandes poderes económicos frente a cualquier intento de limitar la extracción y la quema de combustibles fósiles. Estados Unidos, volcado siempre en su política de mayor exportador de crudo, perdió su posición de liderazgo económico hace muchos años. La ceguera histórica de presidentes como Bush que se empeñaron en romper acuerdos como el Protocolo de Kioto y la arrogancia de sentirse "el lider del mundo" han anclado su economía enormemente a la dependencia del petróleo -con una bajísima eficiencia- donde amplios sectores industriales como el automovilístico se afanan por producir bienes que nadie quiere. Solo es necesario mirar las balanzas comerciales de los últimos años, mientras Estados Unidos sigue basando sus exportaciones en petróleo, gas, carbón y aviones, su competidor directo China suministra tecnología y renovables a medio mundo. Esa es la auténtica pugna hegemónica, un EEUU que intenta revivir un mundo imposible basado en el petróleo, que no solo es suicida o imposible, sino que requiere volver a poner el mundo patas arriba cueste las vidas que cueste. Prueba de ello, son los pagos a la Casa Blanca en forma de incremento de la inversión militar y de importaciones de gas de fracking norteamericano.
La Unión Europea se ha perfilado como un agente traidor para Trump, que esperaba que actuara como Rutte, siguiendo a pies juntillas la voluntad de la Casa Blanca. Sin embargo, la falta de firmeza, la excesiva cortesía diplomática o los conflictos internos están generando una imagen confusa: la falta de una posición fuerte puede ser parte de una debilidad o un silencio cómplice. Porque los intereses que sostienen a Trump son los mismos que a niveles nacionales están llevando a la Unión Europea a una crisis de liderazgo, también climático. Así, la misma UE que durante años se presentó como la vanguardia de la ambición ambiental, hoy disfruta de la desregulación y el repliegue a los grandes intereses industriales. Es paradójico, ya que la falta de grandes reservas fósiles propias debería ser un incentivo para acelerar la apuesta por las renovables y ganar autonomía estratégica. Pero la ambición política no está a la altura de esta lógica.
Respecto a España, hace mucho tiempo que está en el foco de Trump. Y no solo por ser un gobierno socialista, o hacer declaraciones contundentes en defensa del derecho internacional. Nuestro territorio tiene las potencialidades necesarias para desconectarse de la dependencia a EEUU, Rusia, Irán... Los cambios normativos, el impulso de las renovables y las medidas tomadas - no exentas de importantes críticas por la falta de planificación- demuestran que no solo es posible, puede ser positivo. Aunque es un posible, la realidad es que seguimos importando masivas cantidades de gas y petróleo de EEUU y de otros muchos países autoritarios. La transformación parece estar estancada en lo eléctrico, mientras sectores como la industria o el transporte siguen confiando en que el petróleo no se acabe nunca. La cuestión nunca estuvo en si necesitamos renovables, sino en cómo sustituimos los combustibles fósiles.
La relevancia de Santa Marta
El marco de Naciones Unidas lleva décadas recibiendo ataques más o menos explícitos. Una actitud interesada y estratégica para aquellos que quieren imponer sus intereses. Entre ellos, la lucha internacional para paliar el cambio climático donde cualquier mención explícita al fin de los combustibles fósiles tropieza con el bloqueo de países extractores y de grandes potencias. Arabia Saudí y Estados Unidos han sido actores habituales en esa resistencia, pero no son los únicos que arrastran los pies. El Norte global, en su conjunto, sigue sin asumir la financiación suficiente para que el Sur pueda transitar hacia modelos energéticos alternativos. Se habla de justicia climática, pero los fondos prometidos llegan tarde, mal o nunca. Sin recursos, muchos países endeudados continúan dependiendo de la exportación de petróleo o gas para sostener sus economías y pagar su deuda externa, la mayoría de las veces ilegítima y fruto del neocolonialismo. Es un círculo vicioso que perpetúa el extractivismo.
Es precisamente por eso que la conferencia del próximo mes de abril en Santa Marta adquiere relevancia. Colombia - junto a países oceánicos y con la copresidencia de los Países Bajos- ha convocado a aquellos Estados dispuestos a ir más allá del mínimo común denominador. La propuesta es clara: trazar una hoja de ruta concreta para el fin de los combustibles fósiles, aunque no estén todos los países en la mesa. La idea no es sustituir a las COP, pero sí evitar que el consenso forzado se convierta en veto permanente. Esta conferencia se convierte en algo más que un acuerdo imprescindible. Es la oportunidad para trazar un frente claro de países que puedan marcar el camino del fin fósil y de los conflictos y guerras al que nos ha llevado. Un momento en el que apostar por el fin de la dependencia del petróleo, el uranio y otros productos energéticos es imprescindible para recuperar las instituciones y la democratización de la energía. Un primer paso para seguir conquistando derechos dentro y fuera de nuestras fronteras y así respetar la libre determinación de los pueblos y garantizar los derechos humanos, algo incompatible con las cadenas mundiales de exportación de crudo y otros materiales.
En los últimos meses el gobierno ha hecho importantes declaraciones en defensa del derecho internacional, entre ellos, el gesto de la ministra Aagesen en la COP30 apoyando una hoja de ruta para poner fin a los fósiles. Un anuncio importante en el lado correcto de la historia que debe reconocerse, sí, pero la ambición climática no puede agotarse en una declaración de última hora. Desde entonces, el silencio ha ocupado el espacio que debería llenar una estrategia sostenida. No se han anunciado compromisos concretos para reducir la importación de combustibles fósiles ni se ha detallado la contribución financiera que corresponde a un país como España para apoyar la transición en el Sur global. La acción climática se mide en presupuestos y en políticas estructurales, y no basta con la foto.
El Gobierno de España tiene ante sí una segunda oportunidad: puede llegar a Santa Marta con propuestas concretas sobre reducción de importaciones fósiles, con compromisos financieros claros y con una posición pública sostenida en el tiempo. O puede optar por la prudencia diplomática y el perfil bajo, intentando no incomodar demasiado a Trump. La equidistancia, en este momento, no es una posición técnica, es una elección política que nos deja en el lado incorrecto de la historia. Una equidistancia que no será solo imposible ya que no hay marcha atrás una vez se planta cara a los deseos de los autócratas, el único camino posible ahora es recular o mantenerse firme. Demostremos nuestra firmeza frente a la guerra y el imperialismo yendo hasta el fin, eliminando las amenazas a nuestro futuro, terminando con la dependencia a los fósiles y con aquellas manos que los controlan.
Cada año de dilación tiene un coste. No solo en términos de grados de calentamiento, sino en desigualdad y en pérdida de derechos. Las crisis climáticas golpean con mayor dureza a quienes menos han contribuido a provocarlas. La degradación ambiental y el aumento de la brecha de riqueza avanzan de la mano. Defender una salida ordenada y justa de los combustibles fósiles es también defender la cohesión social y la calidad democrática. Y la mejor respuesta frente a Trump es una coalición de países ambiciosos que sean capaces de defender la cooperación como el motor del mundo, poniendo fin a su fuente de poder: el mundo fósil.

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