Opinión
Los infiernos del paraíso

Por Pablo Batalla
Periodista
Los parajes montañosos a los que afluimos como viajeros admirados de sus paisajes vertiginosos, su aire limpio, su fauna, su flora, su apariencia paradisíaca, suelen haber sido en el pasado todo lo contrario: lugares terribles, pequeños infiernos en los cuales anidaba la miseria más atroz. En Francia, tradicionalmente, se llamaba a las zonas montañosas —sus propios habitantes las llamaban así— le mal pays, "el mal país". Lo bueno era vivir en el llano; allí todo era más fácil; más clementes las inclemencias. Uno de los más grandes y cautivadores misterios de la crónica de sucesos asturiana ocurrió no hace mucho en uno de ellos: Somiedo, hoy uno de los grandes imanes turísticos de la región, famoso por sus montañas, sus lagos, sus bosques y sus osos, pero en tiempos unas Hurdes cantábricas, aisladas y pobres.
Ocurrió no hace tanto, en 2015, en enero. Fue la aparición de un extraño cadáver en un paraje aislado de ese concejo ya aislado de por sí: un varón de unos cincuenta años, raza caucásica, 30 kilos de peso y 1,30 metros de estatura, con graves deformaciones esqueléticas, signos de discapacidad intelectual y ceguera provocada por unas gruesas cataratas en ambos ojos. Lo encontraron unos excursionistas a doscientos metros de la población más cercana: El Puerto, a 1400 metros de altitud. Y su identidad, pese a lo que los investigadores se han volcado en el caso durante estos trece años, sigue siendo un enigma. No hay la menor pista de quién era este hombre del que sí se sabe que no fue asesinado, ni se hallaba, antes de morir, en situación de abandono: la autopsia determinó que estuvo cuidado "en perfectas condiciones" hasta que falleció por causas naturales, atribuibles a su patología, por la que nunca recibió atención médica. La periodista asturiana Olaya Suárez relataba en El Comercio en 2023 que,
"cuando fue localizado por los senderistas […] el cuerpo estaba pulcro, e incluso atusado. Tenía el cabello cortado de hacía escasos días, la barba rasurada, las uñas limpias y arregladas. Ni una sola cicatriz. Ni una sola marca en su fina piel que pudiera reflejar un maltrato. Muy al contrario. Quien fuera que lo tuvo escondido durante cinco décadas se desvivió por él, por prestarle unos cuidados dignos de alguien a quien se quiere. Pero no se enseña. La autopsia determinó que tenía sustancias semisólidas en el estómago. Había comido y bebido poco antes de morir. No había llegado a hacer al completo la digestión".
La investigación también determinó que el lugar en el que apareció no fue aquel en el que falleció, sino que fue trasladado allí. Y que ese allí, el mirador de los Rebecos, era un lugar escogido con cuidado; un punto en el que todo el que por allí pasa se detiene a mirar el paisaje. "Las investigaciones —le explicaba a Olaya Suárez un cabo primero de la Guardia Civil— nos llevaron a pensar que quien dejó el cuerpo allí quería que lo encontrasen. Si lo hubiesen dejado a apenas 20 metros no lo hubiésemos localizado nunca, porque hay una cortante y un precipicio. Lo llevaron en coche, probablemente durante la noche, lo sacaron y lo depositaron justo al borde de la carretera para que alguien se lo encontrase. Lo que nos dice la experiencia es que querían darle una dignidad". La dignidad que de hecho se le dio: después de practicada la autopsia y descartados los indicios de criminalidad, el cuerpo fue sepultado bajo una lápida sin nombre en el cementerio de Arbeyales, que los guardias civiles guarnecieron de flores.
Nada más que lo que les dijo la ciencia han podido saber los guardias. Centenares de vecinos, curas, médicos, farmacéuticos a los que se pudiera haber comprado medicación especial, panaderos, carniceros, taxistas, nadie sabe nada de quién era el muerto, o si lo saben no lo han querido contar. Lo que el ADN del cadáver sí dice lo hace comprensible: las deformidades de este hombre misterioso (microcefalia, joroba, pecho abombado, etcétera) eran compatibles con el síndrome de Marfan y se derivaban probablemente de una relación incestuosa. Se deduce con facilidad que los aterrorizados padres de la criatura, por vergüenza, debieron de mantenerla escondida durante toda su vida, sin que ello obstase para cuidarla con amor y mimo. Una historia terrible y asombrosa, en la que cabe la condición humana entera, y que habla de un pasado atroz que va olvidándose, cuajado de miseria y de miedo, aunque también lo estuviera de generosidad y grandeza; falto de derechos y posibilidades para quienes lo sufrieron. Cuando vamos al paraíso, a cualquier paraíso, conviene que pensemos en qué infierno fue un día.

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