Opinión
Los intelectuales liberales y el auge de la ultraderecha

Investigador científico, Incipit-CSIC
Durante el auge del fascismo hace un siglo, intelectuales liberales, como Bertrand Russell o Benedetto Croce, escribieron páginas brillantes contra la ideología que estaba sumiendo al mundo en el abismo. Hoy, muchos liberales parecen tener otras prioridades. Concretamente, defender la libertad de expresión de los herederos del fascismo.
Para los nuevos liberales, los verdaderos enemigos de la democracia no son quienes argumentan que los negros tienen un intelecto inferior ni los que defienden que la mujer debe volver a ser sierva del hogar. No. Los enemigos somos quienes pensamos que esas ideas no deberían tener hueco en el espacio público.
Para este tipo de liberal, la libertad de expresión es un valor absoluto, solo restringido por el derecho al honor. Es evidente que las limitaciones en este ámbito son complicadas y peligrosas. No hay recetas sencillas y menos aún cuando nos adentramos en el terreno jurídico. Y ciertamente hay prácticas muy problemáticas -como la famosa cultura de la cancelación, que ha producido monstruos. Sin embargo, la defensa a ultranza de la libertad de expresión deja de lado varios aspectos cruciales: los efectos del discurso sobre la realidad, la desigualdad de las voces y el contexto histórico.
Empecemos por el efecto de los discursos. No es lo mismo decir "creo en la Santísima Trinidad" que "creo que los negros son inferiores". En la actualidad, el primer aserto no tiene efectos más que en el plano subjetivo de quien expresa la creencia y no supone una agresión para nadie. El segundo, en cambio, no solo es una injuria a gente que ha sufrido discriminación durante siglos, sino una forma de perpetuar y naturalizar esa discriminación en el presente. Si quien emite el juicio es alguien en una posición de poder (político, económico o mediático), el efecto sobre la realidad es aún mayor, porque las posibilidades de que el discurso se convierta en programa de acción se multiplican.
Los efectos sobre la realidad del discurso son bien conocidos en los estudios de genocidio. Cuando se dice que el Holocausto no empezó en los campos de exterminio, lo que se está diciendo es que comenzó con palabras.
¿Debemos defender como libertad de expresión que en la Radio Mil Colinas de Ruanda se escuchara "los tutsis no merecen vivir. Hay que matarlos"? ¿No tenían acaso derecho los radicales hutus a expresar su punto de vista sobre el derecho a la vida de los tutsis? Quizá la diferencia esté en que la declaración de la radio ruandesa alentaba al asesinato en masa. Entonces, ¿sería lícito el enunciado si afirmara simplemente "los tutsis no merecen vivir", sin que se anime explícitamente al genocidio?
Mutatis mutandis ¿deberíamos considerar aceptable opinar que los negros son inferiores y deberían estar sometidos a servidumbre, pero inaceptable que se soliciten medidas para someterlos a esclavitud? ¿Cuándo decidimos que hay que poner coto a un discurso? La experiencia nos dice que suele ser demasiado tarde.
Otro problema que los liberales pasan por alto es que no todas las voces tienen el mismo peso. La desigualdad social, al fin y al cabo, siempre ha sido el punto ciego del liberalismo. Hoy el algoritmo en las redes sociales, mayoritariamente en manos de ultrarreaccionarios, determina qué discursos llegan más lejos. Las fake news, los postulados pseudocientíficos, el negacionismo y las granjas de bots han degradado la libertad de expresión hasta extremos inimaginables hace unos años. Y también hacen más difícil determinar sus límites.
Al mismo tiempo, los medios convencionales conservadores disponen de una generosa financiación, que les otorga una ventaja indiscutible a la hora de influir: pensemos en el miedo irracional al okupa que ha cundido en amplios sectores de la sociedad. El tablero de juego de la libertad de expresión está hoy más amañado que nunca. Por eso también defenderlo sin matiz es un ejercicio de ingenuidad (o de partidismo nada ingenuo).
Finalmente, las circunstancias históricas son fundamentales. El principio liberal de la libertad de expresión sostiene que debemos defender la posibilidad de manifestar todas las ideas y particularmente aquellas que contradicen nuestras creencias y valores. Siempre y en todo lugar. Pero quien enuncia las ideas más repugnantes varía históricamente, como varía su capacidad de ponerlas en práctica. Hay ocasiones donde las visiones extremistas se distribuyen a lo largo del espectro ideológico de forma más o menos equitativa.
En cambio, en un momento de hegemonía posfascista como el que nos está tocando vivir, las ideas repugnantes -las que atentan contra los principios básicos de convivencia y los derechos fundamentales- provienen muy mayoritariamente del extremo derecho del espectro ideológico. Defender que se puedan expresar públicamente es algo bastante absurdo a estas alturas, dado que su difusión se enfrenta hoy a pocos obstáculos. Pero es que además no contribuye a una sana biodiversidad ideológica, sino al avance de ideas racistas, xenófobas, machistas y autoritarias, que se naturalizan en el espacio público, mientras arrinconan los valores que el liberalismo defiende.
Los intelectuales liberales se ven a sí mismos como héroes de la libertad en tiempos de polarización. Pero la realidad es más prosaica: son los tontos útiles del posfascismo.


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