Opinión
Irán no necesita un relato coherente para estar en crisis

Por Itxaso Domínguez
Analista especializada en Oriente Próximo y Norte de África
-Actualizado a
Hay momentos políticos que incomodan porque no encajan en una historia clara. Las protestas que atraviesan Irán desde finales de diciembre pertenecen a esa categoría. No por falta de causas ni por confusión del malestar, sino porque la urgencia por ordenar lo que ocurre en un único relato suele decir más de quien observa que de la dinámica que se despliega sobre el terreno.
El detonante inmediato fue económico. Una nueva devaluación del rial, en un contexto de inflación sostenida y pérdida acelerada del poder adquisitivo, llevó primero a comerciantes del bazar de Teherán a cerrar sus negocios. En cuestión de horas, las movilizaciones se extendieron a universidades y a decenas de ciudades del país. En pocos días, lo que comenzó como una reacción a una crisis monetaria pasó a expresarse como contestación política abierta, aparentemente dejando tras de sí decenas de muertos y un sufrimiento inabarcable. Ese desplazamiento rápido ayuda a entender el momento, pero también invita a desconfiar de lecturas reduccionistas.
Fragmentación como forma política
Es importante tener en cuenta que las protestas no se articulan alrededor de una narrativa unificada. Tampoco avanzan hacia un horizonte compartido. Su densidad política se expresa de otro modo. Se protesta desde lugares distintos, con memorias distintas y con expectativas que no siempre convergen. Algunas consignas apuntan a la caída del régimen, otras expresan hartazgo material, otras remiten a imaginarios que chocan entre sí. Leer esa heterogeneidad como un problema analítico suele implicar una expectativa de coherencia que rara vez se corresponde con los procesos sociales reales.
Irán atraviesa una crisis que desborda la legitimidad institucional. Afecta a la vida cotidiana, a lo que me gusta denominar 'geopolítica íntima'. Cuando la inflación erosiona el acceso a lo básico, cuando el salario deja de organizar expectativas y cuando la reproducción material se vuelve incierta, la protesta emerge como interrupción. Toma forma como negativa a seguir sosteniendo una normalidad percibida como inviable, antes de traducirse en programa o en propuesta articulada.
Este momento tampoco surge en el vacío. Desde 2017 (e incluso antes), el país ha vivido oleadas sucesivas de movilización, cada vez más amplias y más difíciles de contener. Las protestas tras la muerte de Mahsa Amini en 2022 marcaron un punto de inflexión al colocar en primer plano la violencia estructural del régimen y al articular demandas feministas, territoriales y sociales de forma inédita. Lo que ocurre ahora no reproduce ese ciclo, pero tampoco puede entenderse al margen de él. Forma parte de una acumulación de desgaste, aprendizaje y frustración que ha ido vaciando de contenido cualquier expectativa de reforma gradual.
El problema de querer explicarlo todo
Desde fuera, esta indeterminación suele generar inquietud, sobre todo entre los ‘expertos’. Aparece entonces la necesidad de explicar, de ordenar, de traducir lo que ocurre a marcos conocidos. Se buscan actores centrales, responsables últimos, desenlaces plausibles. Demasiados tienen que explicar y poner su voz al centro del debate. Ese impulso tiene consecuencias políticas. Al fijar un sentido cerrado, transforma una dinámica abierta en un episodio más de una historia ya escrita y desplaza la atención del presente hacia escenarios anticipados.
Algo parecido ocurrió durante las llamadas 'primaveras árabes'. También entonces, la mirada externa tendió a concentrarse en la cuestión del resultado, de la transición, de la exportabilidad del modelo. En muchos casos, esa ansiedad por el desenlace terminó ocultando procesos largos, contradictorios y no lineales, y contribuyó a medir aquellas movilizaciones a partir de promesas que, en realidad, nunca fueron formuladas por quienes tomaron las calles.
Señalar responsabilidades externas o internas forma parte de cualquier análisis riguroso. Las sanciones, como otros dispositivos de castigo económico, estructuran de manera directa el malestar y las condiciones materiales en las que se protesta, y no pueden quedar relegadas a un segundo plano. Algo muy similar ocurre con las acciones del régimen, y el ecosistema que le rodea. El problema aparece cuando esas responsabilidades se convierten en una explicación total que absorbe el conjunto del conflicto y deja poco espacio para las tensiones internas, la agencia situada y las contradicciones que atraviesan la movilización.
Cuando el análisis se cierra demasiado pronto, esas tensiones tienden a desaparecer. Se diluyen las diferencias territoriales, de clase y de género. Se pierde de vista que la política no siempre avanza como proyecto articulado. En muchos contextos, se manifiesta como descomposición del orden existente y como conflicto sostenido sin promesa inmediata de reemplazo.
La disputa por el sentido del cambio
En este contexto, la cuestión no se limita a aquello contra lo que se protesta. También está en juego quién define el significado del cambio. Distintos actores, dentro y fuera de Irán, proyectan futuros posibles, escenarios de transición y relatos de cierre. Esa proyección no implica arraigo social ni capacidad efectiva de articulación política. Cuando la revuelta se presenta como preludio de un proyecto ya formulado, la disputa por el sentido tiende a desplazarse fuera del espacio donde se está produciendo. En Irán, y en demasiadas otras localizaciones.
Esa disputa tampoco se juega únicamente en el terreno de los programas o de los liderazgos. Atraviesa el lenguaje, las imágenes que circulan, las comparaciones que se activan y las expectativas que se proyectan desde fuera. Las categorías utilizadas para describir lo que ocurre ordenan el tiempo político de maneras distintas y asignan posiciones específicas a quienes protestan, ya sea como sujetos activos, como víctimas o como espectadores de su propio futuro.
La indeterminación que caracteriza este momento no remite a un vacío pendiente de ser rellenado. Configura un campo de conflicto en el que se enfrentan memorias, expectativas y miedos distintos, y en el que aún no se ha fijado qué cuenta como cambio legítimo. Exigir definiciones cerradas o programas acabados equivale, a menudo, a trasladar preguntas que no se formulan en esos términos desde dentro de la movilización.
La pugna por el sentido del cambio atraviesa así el conflicto político en curso. Condiciona su desarrollo y delimita el espacio en el que se decide si la protesta mantiene su carácter abierto o si queda rápidamente traducida a un guion reconocible para otros actores, con otros tiempos y otras prioridades.
Protestar sin promesa
Tras años de movilizaciones reprimidas, promesas incumplidas y horizontes bloqueados, lo que se expresa hoy no adopta la forma de una alternativa clara. Se articula como una negativa persistente. La protesta no se sostiene sobre un consenso acerca de lo que vendrá después, sino sobre la imposibilidad de seguir sosteniendo lo que existe.
Leer este escenario únicamente a través de categorías como colapso o transición ofrece cierta tranquilidad al observador. Permite imaginar trayectorias reconocibles y finales previsibles. La experiencia reciente sugiere algo distinto. Los procesos políticos más disruptivos suelen avanzar de manera irregular, con interrupciones, apropiaciones y reconfiguraciones que no responden a esquemas lineales.
De ahí que la pregunta relevante no sea si el régimen se acerca a su final, sino qué se disputa mientras tanto. Qué formas de vida quedan expuestas, qué vínculos se erosionan, qué imaginarios se activan y cuáles se agotan. Qué implica protestar cuando no se espera una solución ordenada, ni desde dentro ni desde fuera.
Cuando el futuro se define desde fuera, incluso con intenciones declaradas de apoyo, la política que se dice acompañar corre el riesgo de quedar desactivada. La disputa por el sentido del cambio mantiene una relación directa con la autodeterminación, entendida aquí como límite analítico más que como consigna. Ningún relato externo puede sustituir esa disputa sin vaciarla de contenido.
Lo que ocurre hoy en Irán no debería necesitar ser traducido a una promesa de mañana para adquirir significado político. Su potencia reside en la dificultad de reducirlo a una sola historia. Aceptar esa incomodidad no implica renunciar a la crítica ni a la solidaridad. Implica reconocer que cualquier futuro que llegue a tomar forma lo hará desde un conflicto que sigue abierto y que no responde a un guion previo. Y en manos, ojalá, del pueblo iraní.


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