Opinión
Israel, reflejo de la Sudáfrica del apartheid

Por Pablo Castaño
Periodista y profesor de Ciencia Política en la UAB
-Actualizado a
La Historia se entiende mejor cuando se cuenta a través de las historias, en minúscula, de personas concretas. Es lo que hace Eve Fairbanks en Los herederos: un retrato íntimo de Sudáfrica en tres vidas (Península, 2023), donde relata la caída del régimen racista del apartheid a través de las vidas de Dipuo, Malaika (negras) y Christo (blanco). Con una empatía que va más allá de la condena moral, Fairbanks describe un país y una época que tiene muchos puntos en común con la realidad en Israel y los Territorios Palestinos Ocupados, una situación que organizaciones independientes como Amnistía Internacional, Human Rights Watch o la israelí B’Tselem definen como apartheid. Es decir, un régimen de dominación racista.
Según lo describe Fairbanks, en el mundo de Christo, un joven afrikáner (la población blanca de Sudáfrica heredera de los colonos holandeses), el racismo es la norma incuestionable, sostenida por una historia que se remontaba al siglo XVII, cuando llegaron los primeros colonos. Él y casi todo el mundo que conoce hasta cierto momento de su vida consideran que el dominio de la minoría blanca es un derecho histórico, ya que, según el relato repetido generación tras generación, sus antepasados civilizaron esa tierra hostil a pesar de la oposición británica. Una historia que recuerda a los argumentos sionistas, según los cuales el territorio actual de Israel y Palestina pertenece exclusivamente a los judíos, por una mezcla de legitimidad histórica-religiosa que se remonta a la Biblia y la meritocracia derivada de haber construido una nación desarrollada en un 'desierto', una descripción manipulada que borra a la población palestina que llevaba siglos allí.
El Plan de Partición de Palestina de 1948 atribuyó a los judíos el 56% del territorio, aunque los árabes les doblaban en número. En Sudáfrica, los afrikáners asignaron a los bantustanes (pseudo Estados creados para segregar a la población negra) "el 13 por ciento del territorio de Sudáfrica, a pesar de que los negros ya eran más de dos tercios de la población", como señala Fairbanks. El despojo de la tierra y la segregación geográfica son un elemento común de los dos sistemas de apartheid, que mantuvieron cordiales relaciones diplomáticas: Israel ofreció al régimen sudafricano armas químicas y nucleares.
Fairbanks explica con una precisión estremecedora los efectos del apartheid sobre la minoría blanca de Sudáfrica, cómo el régimen racista hizo enfermar también a la sociedad que se beneficiaba de él. Al leerla hoy, es imposible no pensar en esas encuestas estremecedoras, que mostraban que 7 de cada 10 israelíes judíos consideraban hace muy poco que "no había civiles inocentes en Gaza", apoyando la campaña genocida de su Ejército. O en los resultados electorales, que en las últimas elecciones israelíes dieron un poder inédito a los partidos ultras y racistas que sostienen a Benjamin Netanyahu en el poder. Los palestinos de los Territorios Ocupados no tienen derecho a votar pese a estar sometidos de hecho al Estado de Israel, igual que no lo tenían los negros en Sudáfrica.
Los parecidos entre ambos regímenes racistas no se agotan dentro de sus respectivas fronteras. El apartheid sudafricano sobrevivió durante décadas gracias al apoyo de las potencias occidentales, más preocupadas por el desafío de la Unión Soviética que por los derechos de la población negra de Sudáfrica. "Por más que Sudáfrica pareciera resistir la corriente del siglo XX hacia la libertad, sus líderes podían lucir sus credenciales de aliados de Occidente apelando al «peligro rojo»", explica Fairbanks.
Una situación que recuerda dolorosamente a la actualidad, cuando ni siquiera la fase genocida del apartheid israelí ha conseguido romper la complicidad de Occidente con Israel – descarada en el caso de Estados Unidos, más discreta por parte de Europa, que compite en hipocresía con los regímenes árabes que se dicen hermanos de los palestinos –. El fin de la Guerra Fría facilitó que Occidente dejara de apoyar al régimen del apartheid, pero atribuir la caída del régimen solo a los cambios geopolíticos sería caer en un cinismo de los análisis de relaciones internacionales. Durante décadas, organizaciones negras lucharon con distintos métodos – desobediencia civil, protestas masivas, atentados… – contra la dictadura racista, apoyadas por un masivo movimiento internacional de solidaridad que a su vez presionaba a los gobiernos para que les diesen la espalda al régimen racista, como hace hoy el movimiento por Palestina.
En 1970, la ONU exigió que los Estados miembros dejaran de acoger a equipos deportivos de Sudáfrica y el Comité Olímpico Internacional expulsó al país. "Curiosamente, ese golpe resultó muy duro. Los afrikáners siempre buscaban demostrar que estaban al mismo nivel que los occidentales y Sudáfrica contaba con un número desproporcionado de medallistas olímpicos", explica Fairbanks. El boicot deportivo a Israel es hoy uno de los principales frentes del movimiento Boicot, Desinversión y Sanciones, inspirado en las sanciones que aprobó la ONU contra el apartheid de Sudáfrica.
La lectura de Los herederos hace evidente que, para la mayoría de blancos sudafricanos, el apartheid era un régimen legítimo con un largo futuro por delante, igual que lo es para muchos israelíes el sistema de dominación racista que sufren los palestinos en los Territorios Ocupados. Sin embargo, el apartheid cayó y Sudáfrica se convirtió en una democracia multirracial, todavía desgarrada por desigualdades heredadas de siglos de colonialismo, pero donde el color de piel o el origen ya no determinan tener más o menos derechos. Un futuro que bien podría ser el de Palestina, si la resistencia de su pueblo y la solidaridad internacional consiguen romper la complicidad internacional con Israel como sucedió con el apartheid sudafricano.
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