Opinión
La izquierda debe hacer deseable el futuro: construyamos proyectos esperanzadores

Vivimos tiempos convulsos. El progreso, base de las grandes ideologías del siglo XIX (anarquismo, marxismo y liberalismo), se ha trocado en una ilusión para una parte importante de la población mundial. Genocidios televisados, como el de Gaza, guerras a la vieja usanza, como la de Ucrania, el avance de la ultraderecha mundial, capitaneada por los EEUU, la amenaza de la tecnoligarquía a nuestra intimidad y libertades, la multiplicación de catástrofes derivadas de la crisis climática... provocan la desazón y la sensación de que el futuro es un lugar extraño y amenazante. Nuestras viejas democracias liberales sufren ante el asalto de las fuerzas autoritarias que buscan dar un giro de tuerca al neoliberalismo, que había perdido la capacidad de seducción de la población.
Ante el caos, la extrema derecha vende seguridades, aunque sean ilusorias. Éstas defienden una política restrictiva contra la inmigración, defienden las tradiciones más retrógradas, las esencias "nacionales y étnicas" supuestamente inmutables, al cirujano de hierro que no le tiembla el pulso para tomar medidas drásticas, están en contra de la ciencia, a favor de las versiones más retrógradas de la religión y en contra de otras. Son fuerzas que apuestan por un futuro que tenga resabios del pasado. Proponen soluciones sencillas a problemas complejos. Pero sus objetivos están claros, van contra el Estado del Bienestar, contra cualquier tipo de redistribución de la riqueza, contra la inmigración, el feminismo, y, finalmente, la democracia. El objetivo final es éste, asegurar el poder de las oligarquías, favorecer a las grandes empresas y su poder, y acabar con los avances sociales y políticos logrados por la clase obrera, y otras fuerzas populares, durante el siglo XX y los inicios del siglo XXI.
Ante esta situación la izquierda debe de reaccionar. Las propuestas y visiones del periodo anterior no son válidas ante esta consecución de crisis sistémicas del capitalismo tardío. Hay que salir de las posturas defensivas, no podemos seguir inmersos en un social-liberalismo tecnocrático, o en posturas de ser algo más de izquierdas que el PSOE. Hay que vencer las pasiones tristes, siendo imaginativos y audaces, y proponer un futuro deseable a la ciudadanía, y propuestas creíbles para avanzar hacia ella. La política simbólica, de gestos, o de parches, se queda siempre corta a la hora de lograr reducir los espacios que el capitalismo domina, para corregir las graves desigualdades que genera, para frenar la crisis climática que produce, y para conquistar una vida más humana y emancipada. Mientras la izquierda solo ofrezca parches y soluciones parciales, abonará el camino a la ultraderecha, que con una visión de futuro canalizará los malestares y asaltará la democracia.
Voy a intentar en estas líneas esbozar una tentativa de propuestas que, siempre de manera insuficiente, podrían ayudar a construir un proyecto de futuro. Podríamos resumirlas en tres; desmercantilizar, democratizar, y descarbonizar.
La izquierda debe tener un programa fuerte que impacte de lleno en la vida de la gente, que es la condición de posibilidad para lograr revalidar las mayorías que sustentan a un gobierno. Un proyecto emancipador tiene que ir más lejos que volver a un idílico, y no exento de problemas, año 2008. El Estado del Bienestar debe de ser reformado y agrandado, para dar cabida a todas las necesidades que están surgiendo en nuestro tiempo. Dicho Seguro Social debe de avanzar en la línea de la desmercantilización de amplios sectores de la economía, que sirvan para asegurar las necesidades básicas y que son la condición de posibilidad de poder ejercer la libertad republicana y los derechos de ciudadanía. Reformar el Estado del Bienestar, desde un punto de vista predistributivo y redistributivo, es reforzar la democracia y combatir las desigualdades que genera el sistema económico. La política social y desmercantilizadora del Estado tiene que dirigirse hacia la Sanidad, la Educación, los Servicios Sociales, la vivienda, la energía y el medioambiente. Éstas políticas deben estar dirigida hacia objetivos, o misiones tal y como lo llama Mazzucato, a la vez que en ciertos sectores se empuja al sector privado y al tercer sector hacia el bien común.
La descarbonización, construida desde un socialismo ecológico, se fundamenta en el principio de realidad. No existe un Planeta B, y al ritmo que vamos nuestro mundo va dirigido hacia una catástrofe medioambiental sin precedentes, que pone en peligro a las generaciones presentes y futuras. Por ello, hay que acelerar la descarbonización de nuestras sociedades. A la vez hay que construir un sistema económico que supere la necesidad del crecimiento sostenido, para dirigirse a una economía, sociedad y política, regida por las austeridad. No me refiero a la austeridad entendida como sacrificio social y del Estado del Bienestar en favor de una reducción drástica de las deudas públicas y de la inflación. Me refiero a una austeridad que ponga fin al derroche de recursos, al desaprovechamiento, a la exaltación de los particularismos e individualismos exacerbados, construidos en torno al consumismo desenfrenado, que transforma todo en una mercancía que se puede comprar y vender. Precisamente, el consumismo como eje central del capitalismo tardío está detrás de la crisis estructural y medioambiental del mismo. Luchar por un cambio cultural y social, con respecto a los excesos del consumismo, deben estar en el eje central de cualquier programa transformador.
El consumismo lleva a la cosificación y mercantilización de todas las esferas humanas: las relaciones sociales, las laborales, la educación, la salud, el cuerpo, las amistades, etc. Por ello un programa emancipador tiene que tener las dos dimensiones; la política desmercantilizadora (socialismo) y la descarbonizadora (ecologismo), sustentada por una mejora en la calidad de vida, que va más allá de un aumento de los índices de consumo, sino que está entroncado con la calidad de los espacios que habitamos, del uso y disfrute del tiempo libre, de la seguridad ante los infortunios de la vida "de la cuna a la tumba" garantizados por el Estado, etc.
Todo ello necesita una profunda reforma del sistema fiscal, nacional e internacional, que grave a los que más tienen, y a aquellas grandes empresas, fondos de riesgo, y fondos buitre, que especulan y acumulan, y que ponen en riesgo nuestras sociedades democráticas. No se pueden tolerar niveles tan elevados de desigualdad dentro y entre países, ya que erosionan nuestros sistemas democráticos, y, en muchos casos, sabotean las posibles soluciones en la lucha contra el cambio climático. Hay propuestas muy interesantes que sugiero explorar, como las que proponen Thomas Pikkety, Garbriel Zucman, Emmanuel Saez o Milanovic. Para recuperar la fe en el sistema, y en la democracia liberal, hay que lograr que las personas ricas, y las grandes empresas, paguen proporcionalmente a su riqueza, y esa riqueza se redistribuya en la sociedad y pague los nuevos servicios del reformado Estado del Bienestar y la transición ecológica. Restaurar el contrato social es clave y esta reforma es fundamental para lograr dicho objetivo.
Por último, hay que apostar, en esta época de crisis de la democracia liberal provocado por las fuerzas reaccionarias, por una fuerte profundización del sistema democrático, que tiene que ir más allá de la democracia liberal clásica. Se tienen que ensayar modelos de democracia participativa. Se deben de democratizar los medios de comunicación, favoreciendo la pluralidad y evitando la concentración empresarial que domina a los medios actuales. Se debe de democratizar las empresas, siguiendo modelos similares a alemán, acabando con la anomalía de sistemas autocráticos insertados dentro de sistemas democráticos. Hay que democratizar el Estado del Bienestar para que sus trabajadores y trabajadoras lo sientan como suyo, y no estén alienados, y lo refuercen con sus ideas y su apoyo. Hay que democratizar el acceso, y los propios, aparatos del Estado. Democratizar significa, en resumen, reducir el poder e influencia de las oligarquías allá donde se pueda, para lograr instaurar democracias liberales y sociales.
Es imposible en estas líneas agotar un debate que debe de ser colectivo. Espero haber aportado alguna idea con estas reflexiones. Sólo una advertencia, la izquierda debe de ser audaz, imaginativa, seria, rigurosa, confiable y proponer horizontes deseables y alcanzables; de otro modo seremos barridos por unas fuerzas reaccionarias que van a acabar con nuestros sistemas de Seguridad Social y democráticos, acabando con todas aquellas reformas que lograron imponer las luchas obreras y populares. Nos va el futuro en ello.

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