Opinión
La izquierda se equivoca cuando critica la exploración espacial

Por Eloy Peña Asensio
Profesor de Ingeniería Aeroespacial de la Universitat d'Alacant
La crítica a la exploración espacial desde ciertos sectores de la izquierda sigue un patrón recurrente: contraponerla a cuestiones urgentes como la pobreza, la desigualdad o la crisis climática. El argumento es intuitivo: "hay problemas en la Tierra más importantes", pero analíticamente es débil. No porque esas urgencias no sean reales, sino porque el diagnóstico sobre la ciencia espacial está mal enfocado.
1. Un falso dilema
La idea de que invertir en exploración espacial implica desatender problemáticas sociales es una simplificación. Los presupuestos públicos no funcionan como compartimentos intercambiables de forma directa. La financiación de programas científicos no compite linealmente con políticas sociales, y representa una fracción marginal del gasto total.
Este tipo de argumento reproduce un esquema que la propia izquierda ha criticado cuando se usa contra políticas sociales o de igualdad: la comparación con "prioridades más relevantes" para deslegitimar una inversión concreta. No es "espacio o justicia social", del mismo modo que no es "políticas de género o sanidad".
2. Exploración espacial ≠ tecnosolucionismo
Una crítica frecuente es que la exploración espacial responde a una fe ingenua en la tecnología como solución universal o incluso como vía de escape frente a los límites planetarios.
Sin embargo, la exploración espacial pública (que sigue siendo la predominante) no pretende sustituir políticas climáticas ni sociales, ni ofrece una salvación externa. Su función es epistemológica y tecnológica: entender procesos físicos, desarrollar capacidades y ampliar conocimiento. Equipararla a una ideología de huida irresponsable o dominación es proyectar sobre ella objetivos que no le son propios.
Además, este argumento introduce una dicotomía artificial entre comunidad científica y conciencia climática que no se sostiene empíricamente. Existe un consenso robusto en la literatura científica de que el cambio climático es de origen antropogénico, y una amplia mayoría de quienes trabajamos en exploración espacial compartimos plenamente ese diagnóstico. No se trata de comunidades separadas: son, en gran medida, las mismas. La investigación espacial no es una alternativa a la acción climática, sino parte del mismo ecosistema científico que la fundamenta.
3. Ciencia pública no es turismo espacial ni extractivismo de élites
Otra confusión habitual es mezclar programas públicos con iniciativas privadas de magnates, o con una lógica extractivista extendida más allá de la Tierra.
Reducir el debate a figuras como Elon Musk o Jeff Bezos distorsiona la realidad institucional del sector. Sus iniciativas privadas no marcan la agenda de agencias públicas como la NASA, ni tampoco la del resto de países. En Europa, organizaciones como la Agencia Espacial Europea (ESA) o la Agencia Espacial Española (AEE) son entidades públicas con programas explícitamente orientados al interés general: observación de la Tierra para monitorizar el cambio climático, seguimiento de incendios, vigilancia de océanos o protección planetaria frente a impactos de asteroides. Este es el núcleo de la actividad espacial contemporánea, y no responde a una lógica de explotación, sino de comprensión y protección del propio planeta y su entorno.
La exploración institucional (como Artemis o la Estación Espacial Internacional) persigue objetivos científicos y se fundamenta en la cooperación internacional. No es equivalente al turismo espacial ni a proyectos especulativos. La analogía con el extractivismo terrestre es, en este contexto, más retórica que analítica: hoy por hoy, la exploración lunar es fundamentalmente científica. Aunque haya actores con agendas distintas, el debate sobre los usos de la exploración pertenece al ámbito político y no viene determinado por la tecnología en sí misma (aunque esta tampoco sea neutral). Si no queremos que ciertos intereses prevalezcan, debemos defender una ciencia no subordinada al mercado, ya sea en la Tierra como en el cielo.
4. Retorno social positivo
La exploración espacial genera conocimiento que es de acceso abierto. Los datos, imágenes y resultados forman parte de un patrimonio común. Esto contrasta con sectores donde el conocimiento se privatiza y se monetiza intensivamente. Desde una perspectiva progresista, este rasgo debería ser central: la inversión pública en ciencia espacial produce un beneficio compartido.
Reducir la exploración espacial a un lujo ignora su función en el desarrollo del conocimiento fundamental y en la generación de capacidades tecnológicas. No se trata de "creer" en la tecnología, sino de producirla bajo control público y con fines de interés común. La tecnología, en última instancia, es una forma especialmente eficaz de profundizar en nuestro entendimiento tanto de la Tierra como del cosmos.
La exploración espacial no es solo una inversión en conocimiento abstracto ni en desarrollo tecnológico vacuo; tiene un retorno social tangible. Gran parte de las tecnologías que estructuran la vida cotidiana (navegación por satélite, predicción meteorológica, monitorización ambiental, comunicaciones globales) dependen directa o indirectamente de infraestructuras y desarrollos espaciales. En la práctica, esto se traduce en acciones cotidianas: usar GPS, consultar el tiempo, mejorar diagnósticos médicos o acceder a tecnologías de tratamiento de agua y materiales avanzados que tienen su origen en el desarrollo espacial.
Aun así, reducir su valor a aplicaciones prácticas sería erróneo. El conocimiento científico tiene también un valor intrínseco. No toda investigación necesita justificar su existencia en términos de utilidad inmediata. Comprender el universo forma parte de la actividad intelectual de una sociedad avanzada. Incluso cuando no produce aplicaciones directas, genera marcos de comprensión, sentido y una forma de experiencia que trasciende lo inmediato. Ese componente “difícil de cuantificar” es también un retorno social.
5. Cooperación internacional
La exploración espacial contemporánea es uno de los pocos ámbitos donde la cooperación internacional sostenida ha sido efectiva. La Estación Espacial Internacional ha funcionado durante décadas como infraestructura compartida incluso en contextos de tensión geopolítica. La misión Artemis II de EEUU integra de manera principal o secundaria a Canadá, Europa, Argentina, Alemania, Corea del Sur, Arabia Saudí y otros socios en un marco común. Este carácter cooperativo contradice la idea de una simple extensión de lógicas imperialistas. Esto no excluye críticas legítimas, como las dirigidas a los Acuerdos Artemis por su gobernanza liderada por EEUU y el riesgo de asimetrías en el acceso y uso de recursos. Sin olvidar que la hegemonía terrestre se disputa también en el espacio, y por lo tanto es objetivo de guerras simbólicas, como ya ocurrió durante la Guerra Fría.
6. Sesgo selectivo
Si el problema es el uso de recursos, la crítica debería ser sistemática y ponderada. Sin embargo, se aplica de forma selectiva, utilizando la exploración espacial como diana principal. Sectores como el juego, la cosmética, el entretenimiento digital o el gasto militar movilizan volúmenes de capital muy superiores, con menor o nulo retorno colectivo, y rara vez se someten al mismo nivel de escrutinio.
Las cifras ayudan a contextualizar. El programa Artemis en su conjunto tiene un coste estimado de alrededor de 93.000 millones de dólares hasta 2025. En cuanto a la misión individual Artemis II, el coste del lanzamiento se estima en unos 4.000 millones de dólares. Frente a esto, el contraste es claro: el mercado global de las apuestas supera los 600.000 millones de dólares anuales, la industria del videojuego ronda los 200.000 millones al año, el mercado de la cosmética se sitúa en torno a los 500.000 millones de dólares anuales y el gasto militar global excede los 2 billones de dólares anuales. Es decir, el coste total de Artemis durante más de una década es comparable a una pequeña fracción de un solo año en varios de estos sectores. Por ejemplo, en el caso concreto de España, la contribución del país a la Agencia Espacial Europea es 50 veces menor que el gasto en defensa.
Este sesgo puede explicarse, en parte, por su carga simbólica. La exploración espacial representa el progreso tecnológico en su forma más visible y avanzada, lo que la convierte en un blanco fácil cuando se contrapone a necesidades básicas insatisfechas. Es una actividad altamente mediatizada, fácilmente identificable y asociada a grandes cifras, lo que amplifica su percepción como "exceso".
A ello se suma un sesgo de saliencia: lo excepcional (cohetes, misiones, astronautas) es más fácil de percibir y cuestionar que gastos difusos y normalizados en la vida cotidiana. También opera una forma de disonancia moral, donde se busca una relación directa entre gasto visible y problema social. El resultado es un desplazamiento del foco: se cuestiona aquello que simboliza el progreso, no necesariamente aquello que tiene mayor impacto económico o social.
7. Impacto ambiental
La actividad espacial tiene impacto ambiental, pero su escala es reducida en comparación con sectores estructurales. A nivel global, los lanzamientos espaciales representan una fracción muy pequeña de las emisiones (<0,1%). En contraste, la generación de energía concentra en torno al 30-40% de las emisiones, la industria pesada cerca del 20-25%, la ganadería alrededor del 14-22% y sectores como la aviación, el transporte marítimo o incluso la economía digital superan ampliamente la contribución del sector espacial. Plantear la exploración espacial como un problema climático central desvía la atención de los principales emisores y simplifica una cuestión sistémica. Además, Artemis II es un experimento de economía circular extrema. En esa nave, nada se tira; el agua, el aire y la energía se reciclan al límite de la física. Si queremos aprender a vivir en una Tierra con recursos finitos, un excelente laboratorio es una nave espacial a 400.000 km de distancia.
Paradójicamente, la propia lógica de explorar conlleva la necesidad de preservar. No se puede explorar lo intransitable. La exploración espacial requiere condiciones básicas: capacidad de observación, trayectorias despejadas y objetos de estudio que conserven sus propiedades originales. Esto se refleja en el desarrollo de protocolos orientados a evitar la contaminación biológica de otros cuerpos celestes, así como en normativas incipientes destinadas a reducir las interferencias electromagnéticas y garantizar la sostenibilidad orbital, incluyendo la gestión del final de vida de los satélites y la mitigación de la basura espacial. Aunque estas medidas aún son insuficientes, marcan una dirección clara: la exploración científica exige, como requisito previo, el cuidado del entorno en el que se desarrolla. Así, la defensa de la ciencia espacial actúa también como una barrera frente a las derivas más nocivas de la comercialización del espacio.
Conclusión
La crítica a la exploración espacial desde posiciones progresistas suele partir de intuiciones legítimas (límites planetarios, desigualdad, crítica al extractivismo), pero aplica esos marcos de forma imprecisa. Confunde ciencia pública con proyectos privados, sobredimensiona su impacto y la sitúa como símbolo de problemas que tienen otras causas estructurales. La exploración espacial no es una vía de escape ni un capricho elitista: es una inversión pública en conocimiento abierto y cooperación internacional que nos conecta con una dimensión profundamente humana: la necesidad de comprender nuestro origen y nuestro lugar en el cosmos.
Reduzcamos nuestra huella medioambiental, disminuyamos la violencia, instauremos la justicia social, y hagámoslo sin renunciar a descubrir el universo ni ampliar los límites del conocimiento.

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