Opinión
La izquierda, ¿final o comienzo?

Filósofo, escritor y ensayista
-Actualizado a
Voy a intentar ser prudente por dos motivos. El primero es que no se debe decir nada en estos momentos que alimente la entropía melancólica de la izquierda; el segundo, que me muevo, como casi todos, en las tinieblas, donde damos palos de ciego con tanta más convicción cuanto más perdidos estamos. Nadie sabe lo que hay que hacer y el imperativo de hacer algo es directamente proporcional a nuestra incertidumbre común.
En realidad, buena parte de lo que me gustaría sugerir lo ha escrito ya José Luis Villacañas en un reciente artículo cuyo contenido se resume muy bien en la entradilla: "Cualquiera que reflexione sobre lo que significa el encuentro de Rufián y Delgado estará de acuerdo en que constituye el síntoma del final de una política, pero que no está en condiciones de ser el principio de una nueva". Las dos cosas son, a mi juicio, ciertas. Que ese encuentro marque el final de una política -la de la izquierda de la última década- quiere decir que, en realidad, el acto del día 18 en el Teatro Galileo de Madrid estaba planteado -o de hecho funcionó- como interpelación al otro acto, el convocado por los partidos de Sumar el día 21 en el Círculo de Bellas Artes. Que no esté en condiciones de poner en marcha un nuevo rumbo quiere decir, a su vez, que, como indica Villacañas, esa iniciativa no florece a partir de un trabajo previo en los territorios sino que surge del interior mismo de esos partidos cuya ceguera razonablemente se cuestiona.
Rufián y Delgado tienen algo en común: su elocuencia, su potencia retórica, su tino diagnóstico y su relumbrón en las redes. Sus propuestas, en cualquier caso, son muy diferentes. La de Rufián es la de rebañar el mayor número de votos para frenar a Vox. La de Delgado es la de interpelar mayorías más allá de los estrechos programas partidistas y sus conservadoras estrategias de supervivencia en un espacio crecientemente encogido. La de Rufián es una propuesta electoral provocativa, la de Delgado un proyecto político de más vasto alcance. Las dos sacuden el polvo de la izquierda a la izquierda del PSOE (tras desperdiciar dos años de la prórroga obtenida en 2023), pero en realidad son difícilmente encajables en la estructura de las siglas realmente existentes y en la necesidad de reunirlas en algún tinglado confederal, sin el cual habrá que abandonar cualquier esperanza de obtener una nueva prórroga en el tiempo de descuento.
De la propuesta de Rufián, por lo demás impracticable, debemos quedarnos con dos ideas centrales: la de "provincia" y la de "renuncia". Provincia: si la izquierda quiere seguir gobernando no puede depender solamente de las izquierdas nacionalistas periféricas sino que tiene que ajustar sus cálculos a los límites de nuestra injusta ley electoral y sus circunscripciones electorales: habrá que negociar, pues, provincia por provincia para que la mayor parte de los votos de izquierdas se traduzcan en escaños. Creo que es esperanzador (y señal de desesperación) que un independentista catalán se preocupe por los votos de Castilla y Extremadura; pero esta propuesta será inútil si, más allá de las elecciones, la "provincia" no se convierte en el lugar natural del trabajo de los partidos, tan absentistas sobre el terreno como los viejos terratenientes de antaño.
En cuanto a la "renuncia", es una idea que cuestiona la lógica capitalista de nuestros partidos de izquierdas. Es verdad. Toda negociación exitosa implica siempre que las partes renuncien a algo, pero no es lo mismo sentarse a una mesa a partir del principio de la ganancia que del de sacrificio: no es lo mismo acudir a una negociación dispuestos a defender con uñas y dientes los propios intereses (¿qué voy a obtener?) que hacerlo desde la conciencia común de la renuncia (¿qué tengo que dar?). La misma izquierda que reprocha a los ricos no pensar en el bien común defiende a cuchillo sus cargos, sus escaños, sus salarios. No me hago ilusiones. En una negociación un partido no funciona de manera distinta a un gobierno o una empresa, pero la propuesta de Rufián, más allá de su imposible materialización, tiene también un valor pedagógico: obliga a los partidos a sacar la cabeza de su escudilla y mirar el mundo común que dicen sinceramente estar defendiendo y que el fascismo está haciendo pedazos.
Delgado, por su parte, nos recuerda algo fundamental: que nuestros principios son irrenunciables, sí, pero que uno de esos principios debe ser el de que ningún malestar plebeyo nos es ajeno; tampoco los malestares que nos parecen irracionales o directamente injustos. A veces con frases desafortunadas, el diputado de Más Madrid ha querido recuperar el espíritu muy transversal del primer Podemos, cuando resignificar la patria, la seguridad, la familia parecía la mejor vía para interpelar a las mayorías sociales. El problema es que tanto esas mayorías sociales como las propias izquierdas se han transformado radicalmente en los últimos diez años: la desdemocratización global, el malestar social y la institucionalidad del "progresismo" (con algunos errores, a mi juicio, garrafales) han separado abismalmente los dos mundos. Formamos parte de una izquierda "especializada" en la defensa de derechos que, por desgracia, han dejado de interesar a la mitad de la población y sobre todo a los más jóvenes: los varones de entre 18 y 28 años, en efecto, conforman el grupo que menos apoya al PSOE, a Sumar y a Podemos. Digo "por desgracia" pero también es culpa nuestra. No caemos bien. Y si queremos granjearnos el apoyo de las mayorías, en favor de las causas irrenunciables que promovemos, tenemos que empezar por caer bien a nuestros conciudadanos. Caer bien no quiere decir hacer concesiones de principios. Quiere decir escuchar, que todos se sientan escuchados, que nadie se sienta despreciado. Escuchar a los que hace diez años votaban a Podemos y hoy votan a Vox es la condición para que se nos preste atención y se tenga en cuenta lo que decimos. Es la única manera, en definitiva, de desplazar los malestares concretos hacia los principios que defendemos.
Ahora bien, en este cometido no se pueden buscar atajos. Esta operación de mutación es lenta y trabajosa y requiere proximidad terrestre. No se puede consumar mágicamente en las redes, cuya batalla habrá que librar (porque si no la ganan los fascistas), pero a sabiendas de que ahí sólo se puede generar un enganche volátil y visceral, más narcisista que constructivo. Por eso tiene razón Villacañas cuando identifica el acto del Galileo con un final y no con un principio. No, no se trata de refundar la izquierda (por enésima vez) sino de reconstruir las mayorías sociales, pero ese proyecto de transformación requiere más años de los que nos van a conceder Vox y el PP si ganan las elecciones; unos años que sólo puede darnos, paradójicamente, una "victoria" en las urnas. ¿Qué hacer? No creo equivocarme si digo que ya no estamos en el ciclo iniciado en 2014-15. No son tiempos de "desborde" sino de preservación, reparación y trabajosa infiltración expansiva. No son tiempos tampoco, me parece, de liderazgos masculinos explosivos que, en un momento más propicio, se revelaron ya indomables y destructivos. No basta con caer bien en tik-tok. Tenemos que llegar, como quiere Delgado, a los gimnasios, a las iglesias y a los bares, pero la tentación de hacerlo directamente, a través de liderazgos construidos en internet y sin un trabajo previo en las "provincias", puede ser electoralmente contraproducente y territorialmente vano.
Así que tenemos que movernos en los estrechos márgenes de la contradicción aquí apuntada. No se trata de construir la unidad de los partidos de izquierda sino de reconstruir las mayorías sociales. Pero para reconstruir las mayorías sociales necesitamos un tiempo que sólo puede darnos, por la vía electoral, la unidad de los mismos partidos de izquierda que, a su vez, son hoy en día un obstáculo para la reconstrucción de mayorías sociales. ¿Cómo conciliar la propuesta electoral de Rufián y la propuesta política de Delgado? ¿Y cómo conciliar ambas con la "ceguera" de nuestros partidos políticos? No lo sé. A Rufián y Delgado les sobra personalidad; a los partidos les falta discurso, valentía y liderazgo. Me dan miedo las dos cosas: un exceso de personalidad y un déficit de energía. De momento me conformaría con que todas las partes entendiesen lo que está en juego y no se dejasen llevar ni por su personalidad ni por sus inercias estrictamente reproductivas. Porque -lo confieso- lo que más me preocupa tras los encuentros del 18 y el 21 es la posibilidad de que estas propuestas saludables y estimulantes, que han despabilado a muchos votantes y metido presión a los partidos, y esta exhibición de unidad pequeña, que ha aliviado a tanta gente, acaben generando nuevas diferencias y divisiones.
Lo único que me tranquiliza es ver que estamos otra vez todos manifiestamente intranquilos.
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