Opinión
Jueces al peso

Por David Torres
Escritor
Dicen que el juez Eloy Velasco dictó el otro día una conferencia en la que, entre otras sorpresas, salieron a relucir el nombre de Irene Montero, la ley del “sólo sí es sí” y el novedoso concepto de “cajero del Mercadona”. Lo más probable es que Velasco se refiriera a que Montero fue cajera en un supermercado, aunque, tal como lo dijo, dio la impresión de que el hombre no entiende bien la diferencia entre una caja y un cajero automático. Si profundiza uno en el contenido de su conferencia, no tarda en descubrir que eso es lo de menos y que Velasco no entiende muchas más cosas que se le supondrían a un señor con sus estudios y su cargo. La verdad es que la conferencia le habría salido bastante mejor a cualquier cajera del Mercadona, a un cajero automático e incluso a una máquina de tabaco. Su sentencia, gracias.
Cuesta creer que los asistentes a este espectáculo pagaran entre trescientos y cuatrocientos euros por acudir a esta clase magistral de ignorancia, cuando por cinco o seis euros uno puede tomarse un copazo en un bar y oír a un cuñado medio borracho soltar sandeces similares. Vale que un cuñado medio borracho se cague en el funcionamiento de la democracia representativa y sostenga, entre eructo y eructo, que un gobierno de coalición carece de legitimidad porque tal partido no ha ganado las elecciones, pero que un señor juez diga estas cosas sobrio y bien convencido de ello, da qué pensar. Pensar, más que nada, si la carrera judicial la regalan en una tómbola y si hay gente que ha llegado a las más altas cotas de la magistratura sin saber lo que es una mayoría parlamentaria o que los diputados se suman.
Un buen amigo al que prefiero no citar -aunque bastará decir que ahora mismo está intentando ayudar en el infierno de Yemen-, tiene la curiosa teoría de que España es el país musulmán más adelantado del globo. Lo es, según él, por dos razones: porque aquí todo funciona a base de familiares y/o amiguetes, y porque una persona es considerada más sabia e inteligente en cuanto demuestra que es capaz de aprenderse de carrerilla un tocho entero de memoria, ya sea El Corán, la Biblia o un Tratado de Derecho Civil y Administrativo. Cualquier psicólogo del tres al cuarto, también cualquier cajero automático, podría objetar que la inteligencia no tiene nada que ver en el asunto. Ezra Pound se conocía de memoria, entre otros cientos de poemas, la Divina Comedia, El Paraíso Perdido y el Poema del Cid, y en cuestiones de política era más tonto que hecho de encargo.
Si no estuviéramos en España, sería un misterio cómo habrá llegado a juez un tipo que no sólo desconoce por completo los más elementales procedimientos democráticos, sino la diferencia esencial entre los poderes judicial, legislativo y ejecutivo. Se preguntaba Velasco cómo Irene Montero, “desde su cajero del Mercadona” (sic), iba a explicarle a un jurista lo que es el consentimiento, si eso los juristas lo saben desde el derecho romano. Por lo visto, según él, la legislación no ha avanzado nada desde el tiempo en que los romanos castigaban a un parricida arrancándole la nariz y metiéndolo en un saco junto a una pantera. Con jueces de este estilo aplicando la ley, es normal que haya violadores convictos en la calle y chavales sentenciados a trece años de prisión por una pelea en una taberna.
Reducir la trayectoria de Irene Montero (su brillante historial académico, su prestigio internacional, sus logros como ministra de Igualdad, trasplantados, entre otros países, a Japón y a Francia) a su trabajo de cajera en un supermercado es una majadería además de una putrefacta exhibición de clasismo. Más o menos como si -salvando todas las distancias- suprimieran mis dieciocho volúmenes y mi licenciatura por mi experiencia de dependiente de librería y cobrador de recibos a domicilio. Aun así, en ambas actividades aprendí muchas cosas, entre ellas, que puedes encontrarte a un genio sin un duro en el bolsillo y también a un bobo profesional presidiendo un banco. Dada su elevada posición, es normal que Eloy Velasco ignore la mecánica de cobro en la cola de un supermercado. No nos lo imaginamos yendo a comprar al Mercadona, ni siquiera colocando una piña cabeza abajo en el carrito a las ocho de la noche. Su tabaco, gracias.
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