Opinión
El kilo de macarrones a doce euros

Por Israel Merino
Reportero y columnista en Cultura, Política, Nacional y Opinión.
La gusanera neoliberal nos vendió la archiglobalización como una utopía de conocimientos liberados y fronteras etéreas para la libre circulación de almas, pero aquí estamos, esperando entre lágrimas y memes a que a nuestros patrios empresarios alimenticios les salga de la punta casposa de sus bigotes poner el kilo de macarrones a doce euritos porque hay incertidumbre en el estrecho de Ormuz. También recuerdo que nos vendieron como algo positivo y solo al alcance de las sociedades de paladar más maduro la citada incertidumbre, y como mi memoria es buena y rencorosa, lo tendré en cuenta llegado el momento.
Durante mi adolescencia se puso de moda el preparacionismo de Youtube; era un subgénero importado desde la tarambanada estadounidense que consistía en enseñar por Internet mochilas de supervivencia de setenta y dos horas, refugios atómicos caseros – cuatro palés me protegerán seguro de un calabacín termonuclear ruso – y variopintas recetas para arañar las calorías necesarias en caso de colapso mundial. Y justo sobre esta palabra pivotaba todo el subgénero: colapso. Los preparacionistas presagiaban una guerra que triturara los estados y mercados al primer minuto y nos mandara a una edad de piedra moral en la que sobrevivir como maquis en montes y bosques densísimos; esperaban una especie de reset, de reinicio, de fallo multiorgánico humano que tumbara las bolsas y cambiara el mundo – a uno peor, supongo; más sangriento y doloroso –.
Con los años hemos descubierto que el apocalipsis no será rápido e indoloro, sino lento y agónico; no morimos de un golpe en la cabeza como los afortunados cerdos ibéricos, sino con el cuerpo petado de tumores dolorosísimos que no se distraen con fentanilo ni sertralina. No creo – o no quiero creer – que hayamos llegado al punto que los médicos llaman de no retorno, sin embargo, los tumores empiezan a densarse como gominolas y cada día serán más difíciles de tratar. El último, lo sabréis, es el ataque sionista y trumpiano contra la teocracia iraní, que tendrá consecuencias despiadas y mordaces e imprevisibles para los pobres habitantes de la región y también para nosotros – ya me diréis cuánto suben, porque los precios no suben solos: la mano invisible no existe, los alimentos y la gasolina y los medicamentos y los productos de limpieza durante los próximos días, ya –.
Otra cosa que hemos aprendido es que en las guerras no todo el mundo pierde, eso es mentira; en las crisis siempre hay grados y clases, como en la sociedad cotidiana regida por la incertidumbre que los desgraciados consideran perfecta – porque para ellos sí es certera: solo es líquida para nosotros, los mismos pringados de siempre –. Unos mueren mientras algunos pocos sacan tajada del momento, y los que jugamos en la bancada de la mayoría, grises y agotados y no siempre conscientes de lo que pasa, seguimos trabajando con el ritmo disociado para llenar los bolsillos de los segundos y pagar las mortajas de los primeros. Y, aun así, agradecemos.
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