Opinión
Lamine y Florentino. Dos mundos, dos maneras

Por Juan Tortosa
Periodista
Con apenas veinticuatro horas de diferencia, hace pocos días tuvimos dos ejemplos claros de por qué el fútbol es mucho más que fútbol. Siempre sostuve que este deporte es una excelente parábola de la vida misma y lo he argumentado de mil maneras, pero los dos episodios de la semana pasada son definitivos. Un país genocida como Israel enfadándose con un chaval de 18 años, cuyo equipo, el Barça, celebra el campeonato de Liga, por ondear públicamente una bandera del país al que están masacrando, y por otro lado un octogenario desaforado cargando contra todo lo que se mueve, fuera de sí porque la entidad "deportiva" que preside no gana ni un título y el vestuario anda hecho unos zorros.
De un lado, un joven que lanzaba al mundo el mensaje más potente imaginable sin necesidad de pronunciar una sola palabra, y de otro un señor mayor comportándose como un niño malcriado porque quienes siempre se dedicaron a hacerle la pelota se están empezando a atrever a decirle cosas que no quiere oír. Un futbolista sin miedos innecesarios y un empresario sin escrúpulos; un futbolista que opina y un prepotente que odia las opiniones (siempre que no sean a su favor, por supuesto). Un joven que se pronuncia frente a la intolerancia y un señor que tolera ultras sembrando la discordia en las gradas del estadio en cuyo palco se urden todo tipo de trapicheos y conspiraciones.
El fútbol español convive con símbolos reaccionarios y discursos ultras desde hace demasiado tiempo. Como la excepción suele destacar más que la norma, por eso figuras como Josep Guardiola, Eric Cantona, Borja Iglesias o Héctor Bellerín incomodan, porque rompen el molde del deportista decorativo. Por eso inquieta también Lamine Yamal, que ha sido capaz de no dejar indiferente a media humanidad solo con enarbolar durante pocos minutos una bandera palestina.
En el fútbol se mezclan identidades nacionales, conflictos sociales, tensiones políticas, frustraciones colectivas y deseos de pertenencia. El fútbol funciona como una religión laica y de ahí su fuerza descomunal, pero también su peligro. Esta última semana lo hemos podido comprobar desde dos ángulos muy distintos donde los papeles de sus protagonistas aparecían cambiados. Lamine actuando como un adulto reivindicando derechos pisoteados y Florentino comportándose como un crío maleducado que solo ve enemigos por todas partes y que no se corta un pelo a la hora de señalar y amenazar, sobre todo a periodistas.
A periodistas que, por cierto, no han dejado de bailarle el agua en numerosas ocasiones olvidando que cuando, ya sea por miedo o por vocación, halagas a alguien prendado de sí mismo y con poder, tus autohumillaciones nunca le parecerán suficientes, siempre querrá más. La soflama contra el ABC reconozco que no la vi venir, ni su amenaza con cancelar la suscripción de cuarenta años al periódico. Para quien piense que esa represalia es una ridiculez, se lo traduzco: en boca de Florentino Pérez, "suscripción" es una licencia literaria con la que se puede estar refiriendo a los millones en publicidad que todas las empresas que él preside y en las que influye insertan en el periódico.
Entre Florentino Pérez y Lamine Yamal no existe solo una diferencia de edad o de posición social. Uno simboliza la estructura, el control, el poder económico que convierte el fútbol en una industria global donde hasta las emociones se rentabilizan; el otro aún se mueve en una clave donde el afecto y las relaciones humanas importan. Florentino mira el fútbol desde arriba, Lamine lo vive todavía desde abajo y, en medio de tanto cálculo, tanta marca registrada y tanta mercantilización salvaje, apuesta por divertirse en el campo y fuera del campo, por sentir, por equivocarse, por opinar y tomar partido cuando llega el momento de hacerlo. ¿Desde cuándo no se ríe con franqueza el presidente del Real Madrid, desde cuándo no se divierte?
Mientras Florentino representa un modelo de poder altanero y prepotente, Lamine personifica la capacidad de provocar un terremoto con un sencillo gesto de denuncia. Dos mundos, dos maneras de entender la vida. Esperemos que Lamine aguante lo que se le viene encima porque está claro que el sistema reaccionará. Intentará domesticarlo, convertirlo en un producto sin más, robarle su frescura y su desparpajo.
El fútbol importa porque nunca hablamos únicamente de fútbol sino de dinero, de identidad, de ideología, de poder, de clase, de pertenencia. Hablamos de quién manda, de quién se atreve a desafiar lo establecido y también de emociones colectivas manipuladas millones de veces. Por eso un presidente acumula tanto poder y el gesto solidario de un chaval de dieciocho años provoca semejante convulsión.
Entre el palco y el vestuario, entre el negocio y la conciencia, entre Florentino y Lamine, se libra mucho más que un partido. Y todo esto, a menos de un mes del comienzo de un campeonato mundial en el que la selección española, con Lamine Yamal como estrella, ha de jugar los dos primeros partidos… ¡en Estados Unidos!
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