Opinión
León XIV y los neoluditas nostálgicos de la obediencia

Periodista y escritora
La Iglesia católica es una construcción económica basada en la obediencia ciega cuya jerarquía está compuesta sólo por varones. Son varones que se eligen entre ellos y retroalimentan su poder contrario a cualquier idea democrática, varones ricos para quienes la mera presencia de la mujer supone una mancha. Con el anterior papa, Francisco, ya vimos cómo una parte de la sociedad, una parte que podríamos llamar "progresista" —o, como dicen ahora, "humanista"—, salía a defender su figura, su pensamiento y sus acciones.
Con Francisco, decidieron ignorar todo lo que ese señor encarnaba: la imposición del poder totalitario, el desprecio abismal hacia las mujeres, la oposición a la libertad sexual, la oposición a la soberanía de las mujeres sobre nuestros propios cuerpos, el ocultamiento de los miembros de su Iglesia culpables del delito de pederastia, la acumulación secular de riqueza a base de violencia sobre violencia. Por resumir.
Toda religión está basada en obediencia, dogmatismo, oscurantismo y represión de la mayoría por parte de una minúscula élite jerárquica que ostenta el poder, ordena, castiga y se lucra con todo ello. Me da hasta vergüenza tener que volver a recordar esto.
Ahora, de nuevo, se nos ha llenado la opinión pública de "humanistas" que ensalzan la figura del nuevo papa, León XIV, por la simple razón de que se muestra contrario a las tecnologías y sus jerarcas, las inteligencias artificiales y la forma en que cambia la sociedad que conocemos. Mi pregunta es hasta qué punto el miedo a lo que viene puede hacer que personas en principio razonables abracen la figura del jefe máximo de la Iglesia católica. Es decir, hasta qué punto puede León XIV sacar rédito del temor que provoca el futuro, y para qué.
Hay en todo ello un aroma neoludita que conocemos bien. Cada vez que una sociedad siente que el progreso —cualquier progreso— amenaza con destruir el orden conocido, gran parte de la población busca refugio en sistemas de creencias que prometen límites y continuidad. Cuando el futuro da miedo, la humanidad busca altares. Cada aceleración tecnológica produce también una crisis simbólica. La Revolución industrial, la Ilustración o la Revolución Francesa, con sus violencias políticas, hicieron que mucha gente empezara a percibir la modernidad como una fuerza fría y deshumanizadora. Nada nuevo, pues.
Porque en realidad quienes ahora ensalzan las palabras de León XIV no están escuchando al jefe de la Iglesia católica, sino a alguien que parece poner palabras a una angustia contemporánea: la sensación de que el mundo tecnológico ha empezado a avanzar al margen de la población. Y eso tampoco es nuevo.
Pasó por ejemplo entre finales del XIX y principios del XX. El mundo —la comunicación y la producción de masas— cambiaba a una velocidad desconocida, y mientras avanzaba la ciencia, crecían el espiritismo, el esoterismo, los fundamentalismos religiosos y también, de paso, las ideologías totalizantes. Después de la Primera Guerra Mundial y de la Gran Depresión, aparecieron nuevas "religiones políticas": fascismos, nacionalismos extremos.
Cuando las viejas certezas se derrumban, las sociedades buscan relatos absolutos. A eso me refiero. La inquietud actual no trata sobre máquinas, sino sobre la pérdida de control: trabajos que desaparecen, algoritmos que sustituyen decisiones humanas, una realidad —o realidades— cada vez más confusa y la sospecha de que estamos construyendo algo cuyo alcance ni siquiera comprendemos. Cuando un líder religioso critica la IA, muchas personas no escuchan doctrina católica. Escuchan otra cosa: alguien diciendo que debería existir un límite. La cuestión es quién pone el límite que este jerarca viene a pedir. ¿Él mismo? ¿El propio León XIV como cabeza de la Iglesia católica? El miedo al progreso puede expresar un temor legítimo, muy humano. Me pregunto si no coinciden las extremas derechas y la Iglesia católica en la misma solución: saciar una nueva nostalgia de obediencia.


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