Opinión
Ser libre no es divertido

Filósofo, escritor y ensayista
Cada vez desconfío más de la gente que tiene las cosas demasiado claras y aborda todos los conflictos, propios y ajenos, con tajante firmeza simplificadora. Personalmente, respecto de la eutanasia, como respecto del aborto, lo único que tengo claro es que se trata de dilemas morales que todos nosotros preferiríamos no tener que afrontar jamás.
Uno y otro, sin embargo, se repiten con demasiada frecuencia como para escurrir el bulto. ¿Qué hacer? ¿Qué decidir? En general, la derecha cristiana lo plantea como si la elección fuese entre la Vida y la Muerte, palabras pronunciadas acusatoriamente con mayúsculas, reprochando así al "progresismo" su necrofilia: a la izquierda le gustaría, al parecer, asesinar niños y enfermos. Dejo a un lado ahora la paradoja de que aquí la Vida, despojada de todas las apreturas materiales, sociales, psicológicas, en las que cobra sentido humano, se enuncia en su pura desnudez biológica, pero con mucho más valor que la de un pez o la de un perro en razón de una intervención exterior: es sagrada -quiero decir- porque la ha creado Dios. Se la reduce primero a su composición celular para salvarla después desde fuera, a través del prestigio prestado por un ser cuya existencia pertenece al orden muy personal de las creencias religiosas. Inseparable de esta paradoja es esa otra, señalada una y otra vez con mucho tino, en virtud de la cual, entre el aborto y la eutanasia, entre el embrión y el ictus, la vida deja de tener valor y se puede escribir de nuevo, digamos, con letras minúsculas: para esa misma derecha cristiana, en efecto, no hay nada sagrado en la vida de un niño palestino, de una mujer iraní o de un anciano abandonado en pleno covid en una residencia de Madrid.
Ahora bien, si no se puede escurrir el bulto, entonces hay que intentar plantear bien la cuestión. No se trata, no, de decidir entre la Vida y la Muerte. Se trata de decidir quién decide. No soy un constructivista radical que cree que uno es su propio dios y que no hay ningún “dato”, nada "dado", que preceda a nuestra voluntad soberana. Si tenemos que decidir quién decide es justamente porque hay cosas que nos caen encima, y esas cosas que nos caen encima -la nieve, el cuerpo, la familia, el amor, la mortalidad- hacen imposible desatar la belleza del dolor. Conviene aceptar esta atadura si no queremos renunciar al sentido humano de la vida. Pero conviene no menos rescatar ese sentido de entre las garras de los ricos, los machos, los poderosos, los sacerdotes, los patrones.
Puede que haya mujeres (eso nos dicen las derechas) que aborten con la misma frívola facilidad con la que Trump manda bombardear un colegio o Netanyahu destruir un hospital. Yo no las conozco. Más bien veo la angustia que supone para ellas tener que afrontar una decisión que hubiesen querido (y han intentado) evitar. A los humanos nos alivia que los otros decidan en nuestro lugar, al menos en las grandes encrucijadas vitales. Por eso buscamos refugio en religiones, doctrinas e ideologías políticas. Pero a la asunción de esa angustia (la de decidir nosotros mismos) se la llama precisamente "mayoría de edad". Hay algo fundamentalmente cómodo en que Dios, el marido o la naturaleza decidan por nosotros qué hacemos con nuestro cuerpo, con nuestros deseos, con nuestra libertad, pero resulta que los poquísimos progresos no-prometeicos realizados por la humanidad (la igualdad de género, el derecho, los DDHH) se han alcanzado en permanente lucha contra esa comodidad. No estoy seguro de que el aborto sea un "derecho" ni de que deba plantearse en esos términos. De lo que estoy seguro es de que, mientras la vida no se reproduzca en vasijas de barro (o en úteros artificiales), tenemos que decidir quién decide sobre la gestación: si el marido, el Estado y la Iglesia, como ha ocurrido durante siglos, o la voluntad de la mujer. Si decidimos esto último, entonces no solamente estamos obligados a despenalizar la interrupción voluntaria del embarazo sino a asegurar (en nombre del derecho a la salud) que se realizará en condiciones sanitarias que sólo puede garantizar la sanidad pública. En todo caso, una vez se ha decidido quién decide no se disuelve el dilema moral; sencillamente se traslada a otro lugar. A un lugar, digamos, más justo (en la medida en que es posible la justicia en nuestro mundo sublunar). Que se cargue ahora a la mujer con un dilema moral es la forma más expresiva de declarar su mayoría de edad y su igualdad con el hombre, pero es dudoso que de esta manera vea aumentada su "felicidad".
En el caso de la propia muerte, la angustia del dilema se multiplica por mil. En condiciones normales, la evidencia estadística demuestra que nadie quiere morirse. "Condiciones normales" quiere decir ese conjunto de constricciones todavía compatibles con el ejercicio de la ficción llamada libertad y, por lo tanto, con la ficción llamada responsabilidad. ¿Somos libres cuando firmamos un contrato en un taller textil para alimentar a nuestra familia? ¿Somos libres cuando decidimos cortarnos el pelo y vestirnos exactamente igual que nuestros compañeros de clase? ¿Cuando emprendemos una dieta dictada por un canon de belleza mercantil? ¿Cuando, en fin, cometemos un crimen? Esas derechas que entronizan la Vida Sagrada y aplastan las vidas concretas -y que responderían afirmativamente a estas preguntas- se negarían, sin embargo, a validar la "libertad" en el caso de la eutanasia. Lo hemos visto con la valiente y desdichada Noelia Castillo, a la que se ha infligido un sufrimiento adicional negando o escudriñando su sufrimiento, y ello basándose en dos argumentos. El primero, contra la eutanasia en general, tiene que ver con ese dilema moral que abre justamente el campo de la libertad y, por lo tanto, el de la angustia individual inseparable de la mayoría de edad: la de decidir quién decide. En la situación de Noelia Castillo, no sé qué habría decidido yo, si aferrarme o no a una vida invivible, pero sé que quiero que en esas circunstancias exista la posibilidad de que cada uno decida por sí mismo.
No, se nos dice, debe decidir Dios. ¿Qué Dios? ¿Un Dios que determina cada momento y cada acontecimiento de nuestra vida o solo el momento y las circunstancias de nuestra muerte? ¿Había decidido ese Dios la infancia de Noelia, los abusos sexuales de que fue objeto, su suicidio fallido? Si en lugar de pedir la eutanasia, Noelia Castillo hubiese matado a uno de sus agresores o a una persona escogida al azar, ¿se la hubiese considerado responsable de sus actos y llevada ante un tribunal o se hubiese atribuido a Dios su cólera, como en los famosos versos del Tenorio: “de mis pasos en la tierra responda el cielo y no yo”? La mayor parte de los valedores de la Vida, mucho me temo, sólo invocan a Dios para condenar las vidas concretas o agravar su sufrimiento.
No, se nos dice, debe decidir la naturaleza. ¿Pero nos sentimos obligados por la naturaleza a soportar un cólico nefrítico o recurrimos al nolotil? ¿No nos vestimos, cocinamos, nos ponemos nombres, volamos en avión, nos operamos las arrugas, usamos ordenadores, consultamos a la IA? Y al contrario, ¿invocamos acaso la tiranía del orden natural, como hacía el marqués de Sade, cuando golpeamos, violamos, traicionamos a nuestro amigo o nos apropiamos de sus riquezas? "Perdida nuestra verdadera naturaleza", decía Pascal, "todo es nuestra verdadera naturaleza"; de ahí nuestra perplejidad y nuestra zozobra; y el angustioso e irrenunciable imperativo de tomar nuestras propias decisiones. En un orden hasta tal punto in-natural que borra las fronteras entre vida y cultura, entre muerte natural y muerte artificial, los valedores de la Vida recurren a la Naturaleza sólo para encerrar en ella a los pobres, a los racializados, a las mujeres, a los sufrientes.
En cuanto al otro argumento, volcado en este caso concreto, niega sencillamente la libertad de Noelia Castillo para decidir. O no sufría todavía lo bastante o sufría tanto que su conciencia y su voluntad habían quedado emborronadas. La paradoja es que, en este segundo supuesto, su propio sufrimiento la convertía en un trozo de madera o, de nuevo, en una vida desnudamente biológica, como un feto amenazado por una madre asesina; de manera que, aun si lúcida y hablante, había que tratar a Noelia Castillo como si estuviera en coma y trasladar el dilema moral a su familia, concretamente a su padre. ¿Pero estaba su padre en condiciones de decidir nada? No voy a juzgarlo. Quiero creer que amaba a su hija. No quiero ni imaginar, pues, su situación. Como soy padre, puedo representarme con horror ese tormento tal y como puedo representarme el de la hija, pues yo mismo tengo una de edad parecida. Por eso, ahora que no me enfrento a un dilema moral, quiero que haya una ley que me impida, en circunstancias semejantes, anteponer mi sufrimiento al de mi hija. Las leyes no las hacen los que sufren, no las hacemos cuando sufrimos, pero sí para evitar o al menos aliviar los sufrimientos de los demás: esos sufrimientos que podrían ser también los nuestros o los de nuestros seres queridos.
El único progreso no-prometeico que ha hecho la humanidad -muy precario y hoy además muy amenazado- tiene que ver, lo he dicho, con el desplazamiento de los inevitables dilemas morales desde la sociedad a los individuos, a los que reconocemos colectivamente la capacidad de decidir sobre su propia vida. De eso va la mayoría de edad. De eso va el derecho democrático. No de proporcionar soluciones y mucho menos seguridades sino de colocar los dilemas morales, y la angustia aparejada, en el lugar adecuado. O lo que es lo mismo: de que decidamos quién tiene derecho a decidir y quién no. Pero nadie ha dicho que ser un sujeto, y no un objeto, sea fácil o agradable. Justo ahí empiezan, al contrario, las dificultades. De la angustia de decidir en "libertad" no pueden liberarnos, no, ni la Biblia ni la Constitución.
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