Opinión
Se llamaba Daniela
Por Paco Tomás
Periodista y escritor
Se llamaba Daniela. Nació en Santiago de Chile y cuando tenía dos años fue adoptada por una pareja española. De Santander. Lo que sus padres adoptivos no debían saber es que un ser humano, con tres años, ya puede definirse a sí mismo con un género, aunque no sea el que los padres creen. La negación también es un tipo de ceguera. Se llamaba Daniela y cuando cumplió diez años se reconoció como parte de las comunidades LGTBIQ+. Pero decir que eres una niña trans en una familia ultraconservadora significa que te van a encerrar en un psiquiátrico. Y eso hicieron con ella. Pero no fue suficiente. El fanatismo de unos padres neocatecumenales es difícil de saciar. Se llamaba Daniela y como quería seguir siendo Daniela la recluyeron en un convento, el de las Carmelitas Descalzas de San José de Ruiloba, en Cantabria, donde le practicaron torturas de conversión para curarle su transexualidad. En nombre de Dios. Otra atrocidad más en nombre de Dios. Si Dios existiera, todos los que habéis torturado, humillado, discriminado y asesinado en su nombre seríais ahora cenizas. De eso os valéis.
Se llamaba Daniela y con dieciséis años tuvo una crisis psiquiátrica en la que le diagnosticaron un trastorno límite de la personalidad. Si tal vez a sus padres, los mismos que le hicieron la vida imposible, les hubieran torturado la infancia para que dejasen de ser cis, de ser heteros, de ser cristianos, a lo mejor también hubieran llegado a los dieciséis años con un trastorno límite de la personalidad. Se llamaba Daniela y gracias a los servicios sociales, que lograron separarla de sus agresores, sus padres perdieron su tutela. Pero el daño ya estaba hecho. La herida ya estaba abierta. El dolor ya era crónico. Se llamaba Daniela y un día ya no pudo más y se quitó la vida. Tenía veintiún años.
Esos padres, causantes de todo el dolor que arrastró a su hija hasta la muerte, la enterraron con su deadname (el nombre anterior a su identidad actual) y con imágenes de la persona que nunca fue. ¿Cómo os podéis llamar “padres” si no fuisteis comprensión, afecto, protección, cooperación? ¿Cómo os podéis llamar “cristianos” si fuisteis incapaces de, aunque solo fuera en nombre de vuestro Dios, ese que es todo amor, crear un entorno que arropase a vuestra hija, que sustentase su deseo, que respetase su identidad, pero, al contrario, dejasteis que la torturaran? Se llamaba Daniela y vuestra institución familiar le falló. Vuestro fanatismo religioso os impidió estar a la altura de vuestra hija. Vuestros valores estaban más cerca de los de Josef Mengele que de los de Jesucristo.
Yo os maldigo, padres de Daniela, por no respetarla ni siquiera después de muerta. Os maldigo con toda mi rabia por burlaros de su memoria, por tratarla como si fuera un inmueble en el que invertir unos ahorros. Os maldigo, a vosotros, padres de Daniela, y a todas esas personas en el mundo, que hacéis de esta sociedad un lugar hostil, apestoso, inhumano, infernal, para las personas trans, para las personas LGTBIQ+. Yo os maldigo con el infierno, si es que hay infierno mayor que vuestra propia existencia. Yo os maldigo. Una y mil veces. Podréis golpear nuestro cuerpo, podréis esconder nuestra identidad, podréis intentar arrebatarnos nuestra dignidad, pero jamás podréis matar lo que significamos. Y esa estela será la que os arrase en un furioso golpe de viento para dejaros convertidos en escombros de vergüenza y sinrazón. Hay un proceso penal abierto por un delito de odio. Porque se llamaba Daniela y así será.
Llevo un tiempo dándole vueltas a unas palabras que pronuncia el personaje de Melba en una de las series televisivas de este 2026: “Tip Toe” (“De puntillas”). Melba dice:
“Nos odian. Profundamente. Siempre nos han odiado, pero ahora no tienen por qué seguir fingiendo que no”.
Ese monólogo de Melba viene a decir que en esas décadas en las que las personas LGTBIQ+ empezamos a visibilizarnos, a romper los armarios, a celebrar nuestro orgullo a cara descubierta, sin miedo ni vergüenza, fueron una trampa. Un engaño para que nos pusiéramos debajo del foco, para que saliéramos de las cuatro paredes de esa farsa que llamamos ‘vida privada’, por pura inseguridad. Los que nos odian, los que siempre nos han odiado, solo tenían que esperar. Esperar que todas, todos, todes, estuviésemos al descubierto, visibles a la mira del rifle.
Al principio pensé “ya está Russell T. Davies -guionista de la serie- haciéndonos sufrir, tensando nuestra emoción, como espectadores LGTBIQ+, hasta dejarnos hechos un ovillo de miedos encima del sofá”. Pero luego…¿y si fuera así? Las agresiones al grito de maricón, los artículos de falsas feministas justificando la transfobia, los insultos en redes y las amenazas de muerte por ser quienes somos, por mostrar la pluma, las políticas encaminadas hacia nuestro aislamiento y criminalización, los políticos que, son sus declaraciones y discursos, les están dando permiso para atacarnos, las sectas católicas dispuestas a curarnos, aunque para ello tengan que torturarnos,…¿y si fuera así?
La lgtbifobia se está instalado en nuestra sociedad, al igual que lo está haciendo el racismo, con una fuerza atroz. Con la intencionalidad maquiavélica de fragmentarnos, de hacernos creer que hay migrantes buenos y migrantes malos, que hay gais y lesbianas cis aceptables, pero personas trans inaceptables. Y no es que nos sorprenda la energía destructiva del odio. Lo que me sorprende es que, por muchas leyes que se aprueben, un fascista aún pueda cantar el Cara al Sol en una manifestación, delante de la policía, y no le pase nada. Que un descerebrado pueda salir en la tele lanzando un discurso de odio contra las personas LGTBIQ+ y no le pase nada. Que una trastornada pueda llamar ‘Begoño’ a la mujer del presidente del Gobierno -sí, eso también es transfobia, aunque Begoña Gómez sea cisgénero- y la Audiencia de Madrid considere que no hay gravedad alguna en eso. En Francia, por sostener que Brigitte Macron era un hombre, hay diez personas condenadas a ocho meses de cárcel (no entrarán al no tener antecedentes, pero la próxima vez que se les llene la boca de babas se pensarán dos veces si escupir o tragar).
Por eso recibo con esperanza, porque necesito creer en la justicia cuando ya no me queda fe en ella, que un juzgado de Alicante abra un proceso penal contra los padres de Daniela por enterrarla con la fotografía y el nombre anteriores a su transición. Porque se llamaba Daniela y así será. Por mucho que os joda.
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