Opinión
"Llévatelos a tu casa": el argumento que nos vacía de derechos

Por Mar González
Coportavoz Federal del Partido Verde
Hay una frase que reaparece cada vez que se habla de migración: "Si tanto te preocupan, llévatelos a tu casa". Pues ya es hora de responder en serio, y no desde la superioridad moral ni desde la caridad. A mí me preocupa mi familia, mis amigos, la gente con la que comparto este país. Como a todo el mundo, vaya. Por eso mismo no pienso responder a ese argumento debatiendo si los migrantes merecen compasión o cuántos caben aquí. Lo que me preocupa no es ningún migrante concreto: es lo que se está haciendo con el edificio entero que compartimos.
El Parlamento Europeo acaba de aprobar más detenciones, más deportaciones y una mayor externalización de personas migrantes hacia terceros países. Se nos presenta como un logro en materia de seguridad, pero los datos no avalan que exista el problema que supuestamente se resuelve: los índices de criminalidad no siguen la curva de la llegada de migrantes, y los números que se citan en el debate público no se sostienen en cuanto alguien se molesta en mirarlos de verdad. Cuando se aplica con urgencia una solución a un problema que no existe, hay que preguntarse a qué problema real responde. Y la respuesta es obvia: quieren acostumbrarnos a que haya una categoría de personas a las que se puede tratar sin garantías.
Europa nació después de la mayor barbarie que ha conocido este continente, con una promesa clara: que la dignidad humana, la libertad y los derechos serían innegociables. Que nunca más se señalaría a personas por lo que son, por su origen, por su condición. Europa no nació para esto.
Y el gran engaño consiste en presentar esto como un dilema entre los tuyos y los otros. Es comprensible querer proteger primero a los tuyos; nadie va a discutir ese instinto. Pero ese instinto es exactamente lo que están utilizando para colarte otra cosa. La inmigración es la excusa, el señuelo que te hace creer que eres el afortunado al que no van a tocar. Por eso no debemos entrar a debatir cuántos migrantes caben o si merecen estar aquí: ese debate es la trampa, porque esto no va de inmigración. Las reglas cambian deprisa y siempre en la misma dirección. Si aceptamos que a una categoría de personas se les pueden retirar las garantías básicas por no tener un papel, estamos aceptando que esas garantías se pueden perder, y ese principio no entiende de nacionalidades.
A este ritmo, la persona a la que habrá que acoger en casa no va a ser el migrante: va a ser el vecino al que desahucien. Y entonces me pregunto por qué nadie le dice a quien vota recortes de derechos que se haga cargo él de las consecuencias.
Hay que hablarle de frente a quien está enfadado, a quien no llega a fin de mes y piensa que bastante tenemos ya. Ese enfado es legítimo y la precariedad que lo alimenta es real. Pero señalar al que está todavía más abajo no resuelve nada; solo distrae de quienes nos suben el alquiler o nos imponen condiciones de miseria. Mientras nos peleamos por las migajas, otros ganan.
Defender los derechos de las personas migrantes hoy no es un acto de buen samaritano. Es puro instinto de supervivencia.
Así que cuando alguien diga con desprecio "si tanto te importan, llévatelos a tu casa", la respuesta no es moral. No se trata de a quién meto en mi casa. Se trata de que si aplaudes que tiren la puerta del vecino porque es más pobre o viene de fuera, el próximo en perder la suya serás tú.
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