Opinión
El lobo, las vacaciones y la cuenta atrás
Por Toni Mejías
Periodista
Parece que la crisis migratoria de Ceuta va a conseguir lo que no ha logrado una pandemia, un apagón, un volcán o una DANA: sacar a Pedro Sánchez de la Moncloa. La respuesta tardía y vacua, la bochornosa defensa de Marruecos o la fragilidad entre sus filas puede llevarse por delante lo que no han podido derrumbar ni Ana Rosa Quintana ni Iker Jiménez ni todos los poderes del Estado al unísono contra un gobierno legítimo. La torpeza y la tibieza parece que esta vez no va a salir airosa. Que solo falta poner la cuenta atrás para las elecciones y, salvo milagro, el lobo que tanto nos advirtió el PSOE que podría llegar, entrará en el establo con lanzallamas. Con un partido socialista debilitado, los partidos a su izquierda casi liquidados y un poder adquisitivo menor pese a lo rimbombante de sus medidas y ajustes. ¿Ese quieren que sea su legado?
No sabemos muy bien por qué el Presidente decidió alargar sus vacaciones pese al error estratégico que ha sido. Tampoco por qué las personas que le llevan las redes decidieron que había que recomendar música mientras el panorama político era un hervidero. Como detrás de ese hombre frío y cansado siempre parece haber un estratega confiado, podemos pensar que todo forma parte de su plan de alimentar a la extrema derecha para arrastrar todo el voto de la izquierda hacia su persona y que el miedo ante lo desconocido sea suficiente para volver a ganar las elecciones, alargar su mandato y menoscabar las posibilidades de otros partidos progresistas de formar parte de su Gobierno con cierto peso. O, tal vez, en esta ocasión ha sido una cagada. Un error del que no sabe cómo salir, donde sus socios le han dejado solo y le complican el último año de legislatura.
Porque si ha vuelto a utilizar la estrategia de “que viene el lobo” para beneficio propio, debería darle una vuelta y valorar si el daño democrático de todos estos años ha valido la pena. Estos días hemos visto lo peor de la normalización de la extrema derecha y de la aceptación del odio como herramienta política. Agresiones a periodistas, personas poniendo su cuerpo (y su bandera) para frenar ayuda humanitaria, nazis a las puertas del Congreso entonando cánticos fascistas, levantando la zarpa y exhibiendo símbolos antidemocráticos, mientras su líder, dentro del hemiciclo, es tratado con respeto cuando debería estar lejos de cualquier micrófono y de cualquier responsabilidad. Cuando la moción de censura que llevó a Pedro Sánchez a Moncloa se votó, no existía VOX en el Congreso. Hoy es tercera fuerza y con opciones reales de poner los pies sobre la mesa en un consejo de ministros como ya hemos visto en gobiernos regionales. Las medidas que han tomado también se han visto (y sufrido).
Está claro que hay más responsables de este ascenso. Por un lado la caída de Ciudadanos, por la torpeza de sus dirigentes y porque ya no les servía al empresariado. También los medios de comunicación privados que desde el primer día de gobierno de coalición decidieron que les valía el ascenso del fascismo y su normalización si con ello se sacaba cualquier idea progresista de los puestos de poder. Pero deberá asumir también responsabilidades el PSOE de cómo ha utilizado la estrategia del miedo a la extrema derecha como gasolina electoral para los suyos y cómo ha dejado crecer al monstruo sin tomar medidas que frenen su avance, cuando está en su mano. Los partidos a su izquierda también deberán aceptar su discurso esnob, su obsesión por centrarse en las grandes urbes y cierto clasismo que ha desembocado en que ya no cuenten ni con los votos de Malasaña porque ha pasado de moda ser progre. Y mientras el fascismo ya no es que llame a las puertas, sino que en muchos sitios las ha derribado o se la han abierto con vítores, el PSOE sigue confiando su futuro a que el antifascismo es mayor. Es posible. Ojalá. Pero no todo se refleja en las urnas.
La convivencia se ha roto incluso en sitios donde las distintas procedencias no eran ningún problema. La memoria democrática debería haberse afianzado, pero por ir con miedo, se va a quedar a medias antes de que echen cemento sobre las fosas y derriben los símbolos de las víctimas. La macroeconomía va espectacular, pero la vivienda no se ha tocado ni un poquito y es el gran problema actual y que no tiene pinta de tener un arreglo próximo. Mientras llamamos al lobo, habría que haber hecho más. Obviamente existía una falta de fuerza parlamentaria, pero qué menos que dejar clara tu postura y que se retraten los demás. Porque, además de medidas tibias, de cara al futuro hará falta ilusión para que los avances sociales conseguidos no retrocedan.
Porque la política no puede consistir eternamente en elegir quién nos da menos miedo. También debería servir para elegir quién nos da más motivos para tener esperanza. Y si la izquierda quiere que la gente vuelva a votarla con ilusión, tendrá que entender algo bastante sencillo: el antifascismo es una obligación democrática; no puede ser, por sí solo, un programa electoral.
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