Opinión
En Madrid, una radio valía cincuenta euros

Por Israel Merino
Reportero y columnista en Cultura, Política, Nacional y Opinión.
Dos pilas, cuatro euros; una radio chocha, cincuenta: así estábamos en el centro de Madrid. No es broma. De hecho, lo que más me sorprendió del brutal apagón de ayer no fue tanto el apagón en sí – siento la redundancia –, sino abrir los diarios digitales y las redes sociales tras la vuelta de Internet y leer a otras personas, todas de lejos del infierno azteca que es siempre esta capital, laureando el saber estar y la solidaridad de la gente. Es que ni de coña he visto eso. Pero ni de coñísima. Recapitulemos, va.
Si la luz se fue como a media mañana, no más de veinte minutos después había gente, lo vi con mis propios ojos, pegándose puñetazos para subir a los autobuses interurbanos. El Metro había colapsado, claro, y en la centriquísima Glorieta de Embajadores – desgraciadamente, ahora vivo a treinta metros de allí – una cola de personas como langostas se chocaban unas contra otras y se mordían las manos, parecían gorrinos que querían ser juniors de Deloitte de mayores, para colarse y subir a los petadísimos autobuses; parecía aquello Guerra Mundial Z, solo que en marquesinas en lugar de muros altos. Pero aquello no fue lo peor, qué va.
A las dos de la tarde, en las radios que algunos vecinos, los más afortunados – y los que menos, aquí ya casi no hay vecinos –, sacaban a las plazas para que el resto pudiéramos escuchar las noticias de la jornada, se oyó la voz de nuestra siempre prudente y sensata presidenta regional, Isabel Díaz Ayuso, dispuesta a mandar un tranquilizador mensaje. La señora, mientras la gente trataba de mantener la serenidad y no pegar más que un par de empujones en los buses, decidió hacer su trasnochado proselitismo político y pedir en antena, como si no hubiera nadie escuchando la radio en aquel momento, que el gobierno central preparara al ejército para desplegarse en Madrid y mantener el orden. Una lección enorme de mesura para una señora que dirige una comunidad de siete millones de almas en la que en ese momento no se habría ido la luz más de dos horas.
Con el caos circulando por el centro, y os juro de verdad que aquello era puro caos – colas kilométricas en los supermercados, Atocha convertida en un lodazal de viajeros empantanados, turistas rebotados con los camareros que no querían seguir poniendo copas, chalados comprando litros y litros de agua en las tiendas, sirenas estridentes cortando avenidas de cuatro carriles, la Gran Vía sin un solo coche a la vista –, decidí que quizá era hora de pillarme un transistor propio para no depender de las emisiones de mis vecinos, así que salí con Luis, con quien estaba pasando el susto, a recorrer las destartaladas tiendas de electrodomésticos en busca de alguno que nos valiera. Nuestra sorpresa fue bastante poco divertida al descubrir que en una muy cerca de la calle Embajadores, de las poquitas en las que todavía quedaba alguno, un señor poco mamacallos y con la sonrisa larguísima se vanagloriaba, todos queremos ser ricos en tiempos de pobreza, de vender una radio con más años que el microondas de mi tía abuela Virtudes por exactamente cincuenta euros – se le veía perfectamente la etiquetita de 17’90 –. Ah, y dos pilas sueltas, por cuatro euritos, que en esta tierra arañada por las garras de Satán hay que aprovechar cualquier desgracia para hacer negocio.
Si no, que se lo pregunten a nuestra presidenta. O a sus familiares. Que se note que sus lecciones no solo se escuchan los días de apagón.
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