Opinión
El Madrid de todos los acentos

Por Israel Merino
Reportero y columnista en Cultura, Política, Nacional y Opinión.
El último libro del excepcional periodista Patrick Radden Keefe, El hijo del oligarca, es mucho más que la minuciosa investigación de la muerte de un niñato inglés que por querer volar tan alto como Fígaro acabó yendo en dirección contraria, en concreto, hacia las heladas aguas de un Támesis que inundó su ambición y pulmones después de que engañara a lo más pérfido de las dudosas fortunas neolondinenses haciéndose pasar por el hijo de un poderoso oligarca ruso; este relato real, que empieza con el cuerpo del crío, Zac Brettler, aunque se hiciera pasar por un tal Zac Ismailov, cayendo en extrañísimas circunstancias desde lo más alto de un edificio residencial de lujo al negrísimo río londinense, es la paradigmática historia de una ciudad agobiada por la reconversión industrial de los años setenta que decidió, tras disolverse la Unión Soviética en 1991, acoger a todos los desfasados y malhechores oligarcas que trocearon y privatizaron el viejo Estado comunista para repartírselo primero bajo la tutela de Borís Yeltsin y después al amparo del criminal de guerra y asesino intercontinental Vladimir Putin. El libro nos transparenta qué pasa cuando una ciudad extasiada por la idea de sí misma busca atraer fortunas a cualquier precio, sin preguntarse por sus orígenes morales o legales, y para ello se convierte en una enorme lavadora de pasta apuntalada por edificios de lujo propiedad de empresas pantalla cuyo rastro se pierde en rimbombantes islas caribeñas: la ciudad se convierte en un pudridero al descubierto del crimen financiero organizado, pero también en una parodia de sí misma que necesita tragarse y regurgitarse en busca de otra diversión inversora que despegue las carteras de los millonetis globales. Los casinos envejecen rápido en Isla Tortuga y cada día debe abrir uno nuevo que invite a jugar.
Leyendo a Keefe, no paro de pensar en Madrid, una ciudad triste que se convirtió en capital de España por obra y gracia de la especulación inmobiliaria. Llevamos en la sangre la competitividad colonial de un país que dominó medio globo, y, al igual que los hermanitos franceses o británicos, queremos meter nuestra ciudad máter en una carrera global que reactive nuestras hormonas de reyes del mundo; así que ahí está Madrid, ciudad sin puerto, pero con mucha tierra y nada de memoria, dispuesta a competir por atraer a fortunas internacionales de segundo orden. Mientras que los primeros espadas globales tienen Nueva York, Londres o París, Madrid compite contra Miami o Dubái por el dinero nuevo que no aspira a forzar su acento para integrarse con la élite cultural nativa: si los moscovitas que desembarcaban en Londres en 1990 soñaban con que los aceptaran en los clubes de la aristocracia local e imitaban sus formas, su vestimenta e incluso su humor, las nuevas y dudosas fortunas latinoamericanas que desembarcan en Madrid no tienen ningún reparo en destruir el establishment local. Si por ellos fuera, derruirían hasta el cascarón.
A Madrid llega dinero nuevo construido al calor de la autocracia de amiguetes venezolanos –bolichicos, se llama a los multimillonarios nepobabies del régimen– o del corruptísimo México. Las inmobiliarias de Chamberí o del barrio de Salamanca no preguntan el origen del dinero, sin embargo, saben que es finito y que el carburador que enciende el electroimán madrileño necesita más energía para atraerlo. Y ahí entra en juego el binomio administrativo Ayuso/Almeida, predispuesto a que por la puerta de Alcalá entre cualquier billete verde sin cuestionar su origen, y su Fórmula 1, nueva zanahoria con la que pretenden atraer fortunas: la inmobiliaria de ultralujo Barnes ha comunicado que el alquiler prime ha subido un 1.000% en las zonas de Chamberí, Salamanca o Chamartín durante los días de la carrera. Solo hay que seguir la línea de puntos: hubo un encendido del escaparate y los mosquitos gruesos vinieron al primer resplandor. El Madrid de todos los acentos, Ayuso dixit, carbura a la perfección, siempre que entendamos que acento solo es un sinónimo de divisa. Quieren convertir esta ciudad en una Londres de segunda y nadie va a hacer nada por impedirlo.
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