Opinión
Madrilucía: La feria que confunde cultura con espectáculo

Doctora en Antropología Social.
Profesora Dpto. Comunicación Audiovisual y Publicidad.
Universidad de Sevilla.
-Actualizado a
Sostenía Debord en 1967 en su Sociedad del Espectáculo, que la sociedad que reposa sobre la industria moderna no es fortuita o superficialmente espectacular, sino fundamentalmente espectaculista. En el espectáculo, imagen de la economía reinante, el fin no existe, el desarrollo lo es todo. El espectáculo no quiere llegar a nada más que a sí mismo, porque no dialogan las relaciones genuinas entre la gente, sino los capitales. Y este es el corazón de Madrilucía, el proyecto de feria andaluza en Madrid que comenzará el 20 de Mayo. Porque Madrid no quiere llegar a ningún lugar, más allá que a sí misma. Una interpretación que se deja leer claramente en el título de la web que describe el evento 'La feria en Madrid. El Sur llega a la capital'. Esta afirmación es, además de falsa, pues el Sur no se va a trasladar, es un Sur diseñado, peligrosa pues muestra la capacidad de agenciar una festividad tan compleja, tan diversa y tan simbólica como si fuese un bien material que puede cogerse y desplazarse.
De entrada, Andalucía no tiene una única feria. Per se, la feria andaluza no existe. Existen las ferias en Andalucía. Que son tan numerosas como sus municipios, pues prácticamente cada municipio celebra su feria particular. Se calcula que Andalucía cuenta con unos 785 municipios según el INE, a lo que habría que sumarle las numerosas entidades locales menores agrupadas en sus correspondientes comarcas. Por tanto, la idea de la feria andaluza se corresponde más con el reduccionismo histórico que ya en el siglo XIX románticos y viajeros del norte de Europa plasmaban en sus trabajos que aún hoy podemos adquirir en cualquier tienda de souvernirs. Una imagen de Andalucía folclorizada (no es igual que retratar su folclore) exotizada (no es igual que exótica) y pasiva, sin la agencia política transformadora de sus habitantes. Este estereotipo, elevado a la condición de mito andaluz, es una idea compartida que permite la creencia de estar ante un pueblo, el andaluz, más accesible y más consumible que otros territorios. Esto a su vez está relacionado con la propia idiosincrasia de su economía, polarizada en agricultura intensiva para la exportación y un turismo intensivo de masas. Al centralizar la economía de una Comunidad en la producción para el consumo externo, se corren riesgos de este tipo.
La feria como entidad cultural
Madrilucía hace creer que la cultura es algo transportable, repicable y consumible si se reúnen ciertos símbolos como pueden ser la música, la indumentaria, la gastronomía, pudiendo así recrear una identidad cultural en cualquier espacio-tiempo. El problema no es la celebración de Andalucía fuera de Andalucía, véase como ejemplo la feria de Sevilla que se organiza en Cataluña por personas migradas o familiares de andaluces y andaluzas, la Romería del Rocío o festividades que la comunidad andaluza en la diáspora sigue celebrando. El problema es la idea implícita de que una cultura puede construirse artificialmente, descontextualizada de sus procesos históricos, sociales y políticos que le dan sentido.
Ya es en sí complicado hablar de una cultura, pues estamos ante uno de los términos más complejos de definir. La cultura no es algo que se pueda medir. No se tiene mucha cultura o poca cultura. Una persona no es culta o inculta. No existe la alta cultura y la baja cultura y sobre todo, no se llega tarde ni pronto a la cultura. La cultura son todos aquellos elementos que desarrollamos para poder vivir en el entorno en el que hemos venido a nacer y o a crecer. Por eso, las formas de parir son cultura así como también lo son las diferentes formas de limpiar una casa. La cultura cambia, se transforma, incluso se prohíbe, se reniega de ella o se adoptan elementos de otras , pero siempre se debe a su significado, ligado al contexto en el que se practica. Es una práctica viva, encarnada en las relaciones sociales, memorias, genealogías y formas de habitar el territorio.
Cuando estos elementos se reducen a una puesta en escena festiva, como es el caso de Madrilucía, el resultado no es un homenaje, sino una simplificación burlesca, que roza la caricatura.
Las ferias son rituales, son ritos de paso. No tienen una fecha al azar, sino que se corresponden con hitos clave de la comunidad. Muchas veces ligadas a la finalización de cosechas agrícolas que representaban al pueblo, otras que tienen su origen en las antiguas ferias de ganado, otras en honor a la patrona o el patrón del municipio, etc. No son fechas móviles. Son las que son. Y cumplen la función que cumplen. Entre otras, son espacio de encuentro para sus emigrantes. En el caso de mi pueblo, Montalbán de Córdoba, históricamente se ha ofrecido una copa el día que se conoce como "La víspera de la feria", para todos los vecinos y vecinas y los emigrantes que regresan justo esos días.
Madrilucía pretende dar una imagen elitista, a la vez que estilizada, alegre, folclorizada, desproblematizada. La imagen de una Andalucía que de repente se recrea en Madrid sin conflictos sociales, sin historia de migraciones forzadas, sin su clase trabajadora descansando en las fechas señaladas, sin paro estructural, sin tensiones territoriales, etc. Por eso lo que se ofrece no es la complejidad de una cultura, sino una versión domesticada y comercial, dedicada a un público ajeno a ella.
Esto es, convertir una cultura viva en un objeto estético separado de sus condiciones de existencia. Aquí entraría el juego el concepto de apropiación cultural, que no debe entenderse como la prohibición de los intercambios y diálogos culturales, sino como una crítica a las relaciones de poder que lo atraviesan. Porque no es lo mismo compartir y aprender de elementos culturales, que extraer de ella ciertos elementos para resignificarlos fuera de su contexto y capitalizarlos simbólica o económicamente desde una posición dominante. Andalucía, marginalizada históricamente en el discurso político y económico, se convierte en un recurso explotable, mientras sus realidades materiales permanecen invisibles. No son divertidas. No van al baile.
El proyecto Madrilucía
El proyecto Madrilucía, además, se sostiene en una idea profundamente moderna y problemática y es la concepción de que la identidad puede diseñarse, como una imagen corporativa. Que basta con voluntad institucional, con inversión de capital y un recinto escenográfico para crear un espacio cultural representativo de una comunidad, de una sociedad. Pero hay cosas que no se pueden construir, o al menos no pueden ser construidas sin que pierdan el sentido.
Las prácticas culturales y las relaciones sociales que median entre ellas, como las que posibilitan una feria, no se ensamblan desde arriba. Emergen y son el resultado de procesos largos, conflictivos y muchas veces contradictorios. Intentar reproducirlas artificialmente suele generar simulacros: formas vacías que imitan la apariencia sin sostener el contenido.
Este tipo de proyectos también desplaza una pregunta incómoda: ¿por qué Andalucía resulta atractiva como imagen, pero no como sujeto político o social? ¿Por qué se celebran sus símbolos mientras se ignoran sus demandas estructurales? La feria permite consumir "lo andaluz" sin confrontar las desigualdades que atraviesan a la región. En ese sentido, Madrilucía no es inocente: funciona como un dispositivo cultural que neutraliza el conflicto y convierte la identidad en espectáculo.
Insistimos en que, desde una óptica antropológica crítica, el problema no es la fiesta, ni el intercambio cultural, ni siquiera la recreación simbólica en sí. El problema es la descontextualización sistemática, la ausencia de reflexión y la pretensión de que la cultura puede separarse de las personas que la habitan. Cuando esto ocurre así, la celebración o la festividad en este caso deja de ser un puente entre contextos o culturas, convirtiéndose en una apropiación: una operación que toma sin devolver, que muestra sin explicar y que estetiza sin comprender.
En definitiva, Madrilucía revela más sobre la forma contemporánea de gestionar la cultura que sobre Andalucía misma. Muestra una tendencia a tratar las identidades como materiales disponibles, moldeables según intereses políticos, turísticos o económicos. Rescatamos alguna de la información que podemos leer en la web del evento.
En primer lugar, se enuncia como la primera gran feria andaluza en Madrid, como si fuese algo vanguardista. Continúa puntualizando con el tamaño del evento "Más de 200.000 metros cuadrados sostenidos al 100% con energía renovable se convertirán en un pueblo efímero lleno de alegría, farolillos y compás". Se describe así una feria temática, que poco o nada tiene que ver con cualquier feria de cualquier pueblo andaluz. Se describe como una feria viva, abierta a todos, donde el alma del sur late con acentos diferentes. Quizá se refiere a esos acentos que las personas de Andalucía tienen que transformar para trabajar en cualquier medio de comunicación o espacio público, impartir conferencias, ser guías de turismo o desempeñar su trabajo sin ser ridiculizadas.
Madrilucía 1985-1995
Y aquí viene la parte más reveladora. Madrilucía no es nueva. Ya existió, entre 1985 y 1995. Francisco de Paula López es un sevillano actualmente residente en Conil de la Frontera, que emigró a Madrid en 1972. Fue presidente de la Asociación de Amigos de Andalucía y la persona responsable de idear y organizar una feria andaluza en Madrid durante 9 ediciones. Un evento del que poco o nada se conoce, del que no hay materiales en google, hasta que en 2021 los directores Julio Muñoz, Dani Valle y Rocío Vicente estrenan el documental "Operación Madrilucía", disponible en la web de CanalSur Más.
Francisco de Paula narra la motivación para la creación de dicha feria, tras vivir en primera persona ridiculizaciones y estereotipos por su condición de andaluz: desde personas pidiéndole que haga palmas, cuente chistes, hasta ver a madres andaluzas que cuando llegaba el carnaval vestían a sus hijas de flamenca porque era el único momento en el que podían verlas recreando trajes típicos y sentirse un poco más cerca.
Contra los tópicos sobre el andaluz palmero o la andaluza flamenca, Francisco de Paula decide recrear una feria en Madrid para que sea punto de encuentro de andaluces y andaluzas migradas a Madrid, pero también para poner elementos culturales andaluces en valor en la capital, concretamente las sevillanas. Durante las distintas ediciones, actuaron grupos como Cantores de Híspalis, Amigos de Gines, Requiebros, Guadalquivir, Las Niñas de la Manola o el Pali. No es fácil medir qué eficacia podría tener recrear una feria andaluza en Madrid para desmontar tópicos, pues sigue centrando un diseño de fiesta muy concreto y nuevamente descontextualizado para resumir los elementos culturales andaluces, pero si fue un escaparate para la música andaluza. Una feria protagonizada por la presencia de Rocío Jurado, Jesús Gil, Máximo Valverde, Irma Soriano o Raquel Revuelta entre otras. No podemos interpretar qué supuso este tipo de festividades para los andaluces y andaluzas migradas y cómo lo vivieron.
No obstante, es difícil afirmar que la feria andaluza recreada por Francisco de Paula resultase en un hermanamiento entre Andalucía y Madrid, pues a día de hoy sigue existiendo ese elemento vertical, jerarquizante y de apropiación de la capital hacia el Sur, perviviendo los mismos estereotipos sobre la población andaluza.
El documental destaca que la feria andaluza en Madrid fue clave también para la apertura tanto de academias de baile flamenco como para la moda flamenca en todo el territorio nacional. Una cuestión que si rebasa el punto comercial y hay un conocimiento de la historia y un uso coherente, sería cuanto menos una buena noticia. Sin embargo, la moda flamenca que tiene un valor singular por ser el único traje regional que se modifica, que está vivo, en continuo cambio, es estéticamente admirado, pero sigue siendo de orígenes desconocidos. Constantemente, tanto dentro como fuera del documental, se destaca que lo mejor de Andalucía es su arte, su gastronomía y su cultura.
Pero los hermanamientos no llegan sino se tiene conciencia de que lo que interesa de Andalucía es saber cómo se produce su gastronomía, dónde, en qué condiciones sociolaborales, que disponibilidad tiene la población andaluza a sus propios productos, a qué precios en referencia a sus salarios, qué tanto por ciento tienen para invertir en arte, cómo se trata a las artistas andaluzas en Andalucía y cómo se les trata fuera. Qué inversión y políticas públicas hay para quienes se dedican al arte. Qué incentivos para la creación de espacios culturales amplios y compartidos se ofrece en Andalucía, qué condiciones de trabajo tienen las personas que transmiten la cultura, desde el profesorado hasta los trabajadores y trabajadoras del cine, el teatro o los oficios más tradicionales como son panaderos y panaderas, costureras, artesanas, o proyectos vecinales. Aislar el resultado de su proceso, nos hace caer en esencialismos.
Ensalzar la gastronomía andaluza sin conocer el porcentaje de población que enfrenta pobreza material severa, es seguir contando un cuento, el cuento andaluz. Ensalzar la belleza del patrimonio material e inmaterial andaluz sin conocer quiénes lo limpian, cuáles son sus condiciones laborales o dónde se desplaza la población residente de las zonas céntricas en Andalucía que no puede tener acceso a una vivienda, es seguir contando el cuento andaluz.
Esto no quiere decir que la feria sea un problema. De hecho no es que no lo sea, es que es un elemento central en la cultura andaluza. Es un rito de paso, necesario y con una base popular que lo hace posible y le da el sentido. Lo que necesitamos es aprender a distinguir la folclorización del folclore y cargar de significado político los elementos que componen las culturas andaluzas. La nueva Madrilucía se define como una feria contemporánea, que pretende proyectar la identidad andaluza como parte esencial del patrimonio cultural universal. Y por tanto necesitad hacerse desde Madrid, desde esa idea paternalista de que, como se expone en el proyecto, Madrid es el lugar donde las culturas del mundo se encuentran y dialogan, pues es una capital abierta, vibrante y diversa, que no solo representa a España, sino también su conexión con Europa y Latinoamérica. Es una afirmación tan valiente como colonial, la de atribuirse la representación no solo de un país, sino de dos continentes. Y es que se confunden la capacidad de abstracción de recursos, con la atribución de los mismos como propios. Por ejemplo, uno de los autores más visitados en el Museo del Prado es el sevillano Velázquez. Una de las obras centrales del Museo Arqueológico Nacional de Madrid es la granadina Dama de Baza. La cultura andaluza está en la élite de la cultura Madrileña, pero esto no quiere decir que le pertenezca. Esto habla de la capacidad de gestión y acceso a los recursos, pero no de la creación de los mismos.
El nuevo proyecto Madrilucía no tiene en el horizonte el hermanamiento entre Madrid y Andalucía ni poner en valor los elementos culturales andaluces, ni trabajar por una mayor equidad y reparto de recursos. Su proyecto se resume en la web así: "Madrilucía reimagina las ferias tradicionales desde la modernidad, ofreciendo un evento sostenible, digital y global, pensado tanto para el visitante local como para el turista internacional".
Durante el documental que mencionamos, Francisco de Paula cuenta cómo en distintas ocasiones tuvo reuniones con distintas instituciones en las que ofrecían convertir el proyecto de feria Andaluza en el evento que hoy se describe. Para continuar pensando, recomiendo encarecidamente su visionado. En definitiva, estamos ante uno más de los proyectos de saqueo, infantilismo y mala interpretación de lo que significa Andalucía, en su diversidad, pluralidad y extensión, bajo una idea rentable y comercial. No será el último.
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