Opinión
La maldad en la puerta de casa

Por Israel Merino
Reportero y columnista en Cultura, Política, Nacional y Opinión.
-Actualizado a
Durante una charla en Donostia en 2013, el escritor vasco Harkaitz Cano le preguntó a Rafael Chirbes, el autor español que mejor entendió la nueva España (a la dilogía oficiosa de Crematorio y En la orilla me aferro para asegurarlo con clarividencia), qué podíamos hacer para extirpar toda la maldad que se reproduce por el sistema nervioso de este orden mundial, o de este mundo que aquí creemos que debe tener un orden. El genio de Tavernes responde que no se puede hacer nada para eliminarla y que siente una orfandad ideológica tan honda, fruto de las traiciones, las desvergüenzas y las barrabasadas que los que consideraba suyos han cometido en el final del anterior milenio, que no encuentra en una respuesta coordinada un suelo firme sobre el que construir, sino un marjal inseguro que todo se tragará.
Sin embargo, responde también que sí hay una cosa que se pueda hacer aunque sea más paliativo que eficaz, más un consuelo que una acción, y es evitar que la maldad se cuele por las puertas de casa y tratar de mantenerla lejos de nuestras manos y nuestras yemas y nuestra intención; Chirbes, rescatando la frase de uno de los protagonistas de La larga marcha, otra de las novelas por las que el valenciano jamás será una estrella apagada, asegura que debemos ser como ese médico geriátrico que sana o reduce el dolor del anciano ya muy hondo, quizá octogenario o nonagenario, pese a saber que va a morir pronto. Un ciudadano, o así interpreto yo la reflexión del turbado novelista, debe ser el doctor que reduce el dolor de quien tiene a su alcance e intenta que el mal no entre en su mente ni sus huesos, aunque allí fuera la metástasis moral ya transforme en volutas de humo los pocos cachitos que queden del cuerpo.
Recordé esta idea el domingo, tras leer que el ICE había acribillado a un enfermero inocente en Minnesota, un ciudadano que con sus manos de sanitario se dedicaba precisamente a paliar el dolor de Estados Unidos, un cadáver sangrante y desnudo y protestante de trescientos millones de personas. Desde España he leído barrabasadas increíbles de la derecha y la que no es derecha, ejercicios de cinismo (y lo dice un chirbista) que cuestionan que el enfermero, que como tú y como yo tuvo unos padres que lo proveyeron de un nombre de persona, Alex Pretti, se enfrentara con su móvil y su voluntad a los sádicos perros pseudouniformados que custodian la frontera a ritmo de las chochadas naranjas: si hubiera estado en su casa no le habría pasado esto, decían unos; no merecen la pena las acciones individuales contra el ICE, aseguraba otro.
Alex Pretti secundó las palabras de Chirbes y sacrificó su cuerpo y su legado para evitar que la maldad traspasara la frontera de una nueva casa, quizá la de dos hermanos mexicanos que iban a ser deportados sin pasaporte ni bienes ni futuro; Alex Pretti trató de proveer de cuidados paliativos a una sociedad miserable y enferma, ególatra y evangélica, para aminorar un poco ese mal que se afila los dientes con cada tendón que devora; ese mal que seguirá con hambre cuando carroñee todo el cadáver estadounidense y solo queden sanos unos pocos huesos europeos.
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