Opinión
Malditas sean las guerras: es momento de blindar derechos

Por Sato Díaz
Coordinador de Política.
La UE anunciaba este jueves un rearme sin precedentes. Los dirigentes comunitarios y los jefes de los gobiernos de los países miembros se confabulaban en Bélgica para destinar 800.000 millones de euros a la defensa común. Con este enorme dispendio, el relato bruselense afirma que nos dirigimos a una autonomía estratégica en materia de defensa. Es decir, que la seguridad europea comenzaría así a desligarse de Estados Unidos, tras décadas de sumisión y dependencia a Washington DC bajo el paraguas de la OTAN. La UE tendría, de este modo, voz propia en materia internacional en un momento en el que la geopolítica es la protagonista. Veremos.
Este es el relato oficial. Como siempre, tendremos que, al menos, ponerlo en duda. Otra opción es que, tras las presiones de Estados Unidos de los últimos años, acrecentadas y aceleradas desde el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, para que Europa aumente su gasto militar y su cuota por pertenecer a la OTAN, estas hayan logrado su objetivo. Ya es oficial. La noche del jueves Pedro Sánchez se atrevió a explicitar lo que hasta ahora era un tema tabú para Moncloa: vamos a aumentar la partida presupuestaria en defensa más de lo prometido y a mayor velocidad. El presidente del Gobierno confirmaba en Bruselas que su intención es llegar al 2% del PIB de gasto en defensa antes de 2029, que era cuando estaba previsto llegar a tal cifra.
La próxima semana, el Gobierno comenzará una ronda de contactos con los distintos grupos parlamentarios para convencerles de la aceleración de una economía de guerra, lo que, seguro, le generará tensiones con sus aliados y socios de izquierdas, también en el seno del Consejo de Ministros con Sumar o, al menos, una parte de esta coalición, como IU. Sin embargo, no debería suponer un problema para Sánchez el lograr una mayoría en el Congreso para tal efecto. El PP, alineado con una decisión europea que apoya su familia política, no debería oponer mucha resistencia a aprobar una ley en el sentido de una ampliación del presupuesto para armas.
Que la subida del gasto militar de España y Europa sirva para gozar de una mayor autonomía en materia de defensa y de una voz propia en política internacional con respecto a Estados Unidos o, precisamente, para lo contrario, para cumplir con la exigencia del país norteamericano para mantener el escudo atlántico como mantra de la defensa occidental está todavía por ver. Lo que está claro es que el Consejo informal de esta semana ha explicitado un cambio radical, el marco en el que vamos a vivir, al menos, los próximos años. Hoy en día, la guerra es una realidad y las sociedades europeas nos preparamos prioritariamente para ello. A partir de ahora, el relato político siempre mostrará ese horizonte; cualquier comparecencia gubernamental estará enmarcada en este contexto; cualquier proyecto a futuro tendrá que contemplar esta constante.
"Estamos en un escenario de guerra", dijo, explícitamente, Sánchez el pasado jueves. "Tercera Guerra Mundial", pronunció Donald Trump en la escena de acoso a Vlodimir Zelensky en la Casa Blanca el 28 de febrero. El escenario es inédito y la velocidad con la que se desarrollan los acontecimientos dificulta analizarlos y proponer un discurso y proyecto alternativo. La izquierda no ha llegado con los deberes hechos y tiene una difícil reflexión por delante: cómo defender y hacer de la paz una virtud en tiempos de guerra. Qué sentido tiene la OTAN hoy en día y por qué permanecer en ella.
Sin embargo, hay certezas históricas que deberíamos tener en cuenta. Vamos asumiendo que el siglo XXI puede parecerse mucho más de lo que nos gustaría al aciago siglo XX. Hay dinámicas que se repiten, salvando las particularidades históricas. La guerra, en sí misma, conlleva siempre un negocio, por un lado, y por otro, un recorte de derechos y de libertades, aunque el frente de batalla se encuentre a miles de kilómetros. El principio jerárquico toma más fuerza y este se basa en la obediencia, en detrimento de la crítica. El sistema político basado en el check and balance tiene a desaparecer. El contexto se hace propicio para los abusos de poder, ya que quien lo ostenta se enfrenta a menos control social y político. Con la excusa de la victoria, pasa a un segundo plano la propia democracia.
Malditas sean las guerras y los canallas que las hacen. Visto que nos encaminamos a un escenario oscuro, cuesta abajo y sin frenos, este Gobierno progresista tiene la obligación, al menos, de dar ciertas garantías para que los abusos que se tienden a justificar en contextos bélicos no se produzcan en el Estado español contra la población más vulnerable. No puede dar igual que gobierne una coalición de PSOE y Sumar a que lo haga la derecha, como en Francia, por empeño Emmanuel Macron y su censura a un gobierno de izquierdas; o en Alemania, donde pronto empezará a ejecutar la política una gran coalición de conservadores y socialdemócratas; o en Reino Unido, donde los laboristas gobiernan en solitario; o en Italia, donde quien gobierna es la ultraderecha.
En esta coyuntura tenebrosa, el Gobierno de izquierdas tiene la obligación de demostrar que es de izquierdas. Es momento de garantizar derechos y blindar sus partidas presupuestarias, antes de que se deriven cada vez más derramas a armamento con la excusa de que, tal y como aseguraba Sánchez este jueves, la seguridad es un "bien público europeo". Ante posibles nuevas crisis derivadas de la inflación, un escudo social que garantice el bienestar económico de las personas con menos renta y patrimonio. Ante una posible exaltación de una excesiva masculinidad, reconocer y blindar nuevos derechos de las mujeres y del colectivo LGTBIQ+ dotándolos de fondos económicos para garantizarlos. Ante un exacerbamiento del patriotismo, ampliar los derechos de las personas migrantes y acelerar la regulación del medio millón de personas tal y como pide la ILP en tramitación en el Congreso. Más partidas para la sanidad pública, la educación y los servicios sociales, para que estos pilares del Estado social lo sigan siendo. Si la guerra va a costar tanto dinero, hace falta una reforma fiscal para que la paguen, sobre todo, quienes más tienen para aportar.
Hay que parar la maldita guerra. Y también sus consecuencias.
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