Opinión
Del 'manskeeping' al 'boy sober' y de ahí a la maternidad por elección
Por Beatriz Merchán
Socióloga
Hay un hilo que conecta prácticas aparentemente dispersas y que, sin embargo, empieza a dibujar un desplazamiento reconocible en la forma en que muchas mujeres están reorganizando sus vidas. No se trata de una moda ni de una suma de decisiones individuales inconexas, sino de un proceso acumulativo que puede leerse en continuidad: del manskeeping al boy sober y, desde ahí, a la monomarentalidad por elección. Nombrar ese hilo no es un ejercicio retórico, sino una forma de hacer visible una transformación estructural que ya está en marcha y que sigue siendo, en gran medida, mal interpretada.
El término manskeeping emerge en el ecosistema digital anglosajón para describir un fenómeno que, en realidad, lleva décadas siendo analizado por la teoría feminista: la inversión constante —y desproporcionada— de tiempo, energía y trabajo emocional que las mujeres destinan a sostener a los hombres y a los vínculos heterosexuales. No se limita al cuidado afectivo en sentido estricto, sino que incluye la gestión cotidiana de la vida compartida, la mediación emocional, la anticipación de necesidades, la organización doméstica y, en muchos casos, la compensación de carencias relacionales masculinas. Es, en definitiva, una actualización terminológica de lo que ya habían señalado autoras como Arlie Russell Hochschild al hablar de la "segunda jornada" o como Silvia Federici al analizar la centralidad invisibilizada del trabajo reproductivo en la sostenibilidad del sistema.
Lo que el manskeeping pone sobre la mesa no es solo la existencia de ese trabajo, sino su acumulación y su desgaste. No es un gesto puntual, es una estructura que se repite en la pareja, en el trabajo, en los espacios sociales, y que configura una asimetría persistente: las mujeres sostienen, amortiguan, organizan y cuidan, muchas veces a costa de su propio tiempo, de su salud y de sus proyectos vitales. Esta constatación, que durante años ha sido tematizada en clave teórica, encuentra hoy una traducción más directa y compartida en la experiencia cotidiana, especialmente en generaciones que han crecido con herramientas discursivas feministas más accesibles.
Es en ese punto donde empieza a tomar forma el boy sober. El término, popularizado recientemente en redes sociales, nombra la decisión consciente de retirarse —parcial o totalmente— de las dinámicas sexoafectivas con hombres. No se trata de una renuncia impulsiva ni de una reacción aislada, sino de una práctica que puede leerse como respuesta al desgaste acumulado que describe el manskeeping. En otras palabras, el boy sober no surge en el vacío: aparece cuando el coste de sostener esos vínculos deja de ser asumible o, más aún, deja de ser deseable.
Leído en diálogo con la tradición feminista, este desplazamiento conecta con la crítica a la heterosexualidad como institución política formulada por Adrienne Rich, así como con los análisis de Eva Illouz sobre la forma en que el amor romántico organiza las expectativas y las jerarquías emocionales en las sociedades contemporáneas. El boy sober puede entenderse, en este sentido, como una práctica situada de desenganche de ese entramado, no necesariamente como rechazo absoluto de los hombres, sino como cuestionamiento de su centralidad estructural en la vida de las mujeres.
Ahora bien, lo relevante no es únicamente la retirada, sino lo que esa retirada permite reorganizar. Cuando la pareja heterosexual deja de ocupar el eje, se produce un desplazamiento de prioridades que afecta directamente a la forma en que se conciben los proyectos vitales. Entre ellos, de manera especialmente significativa, la maternidad.
Es aquí donde la monomarentalidad por elección adquiere un nuevo sentido que no puede seguir siendo interpretado desde categorías obsoletas. Durante mucho tiempo, estas maternidades se han explicado en clave de contingencia, como si fueran el resultado de trayectorias afectivas no culminadas o de la ausencia de una pareja adecuada. Sin embargo, los datos y las investigaciones recientes muestran que esta lectura resulta cada vez menos operativa. En España, el porcentaje de tratamientos de reproducción asistida realizados a mujeres sin pareja se ha duplicado en pocos años, situándose en torno al 8–9%, y en determinados contextos clínicos representa ya cerca de uno de cada diez procedimientos. Además, más de la mitad de las mujeres que recurren a donación de esperma lo hacen sin pareja, con un proyecto de maternidad concebido desde el inicio en términos individuales.
Este último dato obliga a desplazar el marco interpretativo. No se trata de negar que existan trayectorias diversas —ni de establecer jerarquías entre ellas—, sino de reconocer que una parte creciente de estas maternidades no se articula como respuesta a la falta, sino como decisión activa que no pasa por la búsqueda de un padre como condición previa. Es decir, no es que la maternidad se produzca “a pesar” de no tener pareja, sino que, en muchos casos, se formula explícitamente al margen de ella.
Este matiz es fundamental porque conecta directamente con el desplazamiento previo que introduce el boy sober. Si la pareja heterosexual deja de ser el eje organizador de la vida, también deja de ser el marco necesario para la maternidad. Y en ese punto, la decisión de tener una criatura no se subordina a la aparición de un vínculo romántico, sino que se integra en un proyecto vital autónomo.
A esta dimensión se suma una cuestión que rara vez se aborda con la suficiente claridad y que, sin embargo, resulta central en las decisiones reproductivas: la naturaleza irreversible del vínculo que se establece entre las personas progenitoras cuando hay una criatura en común. A diferencia de una relación de pareja sin descendencia, que puede disolverse sin generar una dependencia estructural a largo plazo, la maternidad compartida implica una relación permanente, mediada por derechos, responsabilidades y afectos que no desaparecen con la ruptura. En un contexto en el que persisten formas diversas de violencia machista y desigualdad en la crianza, esta realidad introduce un elemento de riesgo que muchas mujeres están empezando a incorporar de manera explícita en sus decisiones.
Desde esta perspectiva, la monomarentalidad por elección puede leerse también como una estrategia de autonomía que no se limita a evitar la sobrecarga cotidiana, sino que previene la vinculación obligatoria y permanente con una figura masculina en condiciones potencialmente desiguales. Esto no implica necesariamente un rechazo total de los vínculos con hombres, sino una reconfiguración de sus términos: la relación, si existe, no se convierte en el eje estructural del proyecto vital ni en la condición de posibilidad de la maternidad.
En paralelo, esta forma de maternidad abre la puerta a configuraciones familiares que desbordan el modelo nuclear tradicional. Redes de apoyo, amistades, familiares y otras formas de parentesco elegido adquieren un papel central en la organización de los cuidados, desplazando la idea de que la familia debe articularse exclusivamente en torno a la pareja heterosexual. Este desplazamiento, aunque parcial y atravesado por limitaciones materiales, introduce una grieta en la estructura clásica de reproducción social que ya había sido ampliamente analizada por autoras como Silvia Federici.
No obstante, esta transformación no puede entenderse al margen de las condiciones materiales que la hacen posible o la limitan. El acceso a la reproducción asistida en España, aunque reconocido en el sistema público, sigue estando condicionado por listas de espera y recursos disponibles, lo que empuja a muchas mujeres hacia el ámbito privado. En 2022, alrededor del 12% de los nacimientos estuvieron vinculados a técnicas de reproducción asistida, una cifra que da cuenta de la centralidad creciente de estas tecnologías, pero que también señala las desigualdades de acceso en función de la capacidad económica. La posibilidad de elegir este tipo de maternidad no está distribuida de manera homogénea, y esa desigualdad forma parte del análisis.
A pesar de estas limitaciones, la tendencia es clara y apunta a una reconfiguración en curso que no puede seguir siendo leída como marginal. El aumento de la monomarentalidad por elección, en diálogo con fenómenos como el boy sober y con la visibilización del manskeeping, señala un desplazamiento más amplio: la pérdida de centralidad de la pareja heterosexual como estructura organizadora de la vida femenina. Este proceso no es lineal ni homogéneo, pero sí lo suficientemente consistente como para exigir nuevas categorías de análisis.
Lo que está en juego, en última instancia, no es únicamente una transformación en las formas familiares, sino una redistribución de los vínculos, de los cuidados y de la propia idea de proyecto vital. Y aunque este cambio siga generando resistencias y lecturas reductoras, lo cierto es que ya está produciendo efectos medibles, sostenidos y cada vez más difíciles de encajar en el relato tradicional de la familia y la maternidad.
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