Opinión
María Pombo tiene razón, pero la ficción nos sostiene

Por Andrea Momoitio
Periodista y escritora
El panorama —esto no es ninguna novedad— es abrumador. Voy a ahorrarme hacer una lista de todas las desgracias que se suceden simultáneamente a nuestro alrededor, porque son de sobra conocidas. Lo que quizá no esté tan claro es qué impacto tendrán, a la larga, en nuestros cuerpos y en nuestra capacidad para imaginar futuros distintos.
Mi amiga T. me contaba estos días que se sentía infantil y un poco idiota al verse tan afectada por el genocidio que está sufriendo el pueblo palestino, mientras a su alrededor los demás parecían poder seguir con su vida sin más. Sin más. Supongo que así estamos todas. Lo ha dicho Iñaki Gabilondo, el gran optimista de la socialdemocracia: "Los que miran al futuro con esperanza son los que quieren volver al pasado". Parece que ahora solo sueñan con el futuro quienes no lo necesitan.
Buf, menos mal que nos queda la cultura. Menos mal que nos quedan las ficciones. Entre la tierra quemada, a veces, aparecen por sorpresa algunas flores. Las más bonitas, siempre, las cuidan las manos de las mujeres.
Estos días estoy de subidón cultureta. La vida —que siempre aprieta, pero no siempre ahoga— me ha dado la posibilidad de acercarme a tres obras que, a su vez, me han permitido sacudir el pesimismo y caminar algo más ligera. Estoy entusiasmada y quiero compartirlo. Mientras todo parece que se va al carajo, algunas creadoras nos iluminan los lugares más oscuros, recogen flores para nosotras y nos enfrentan con dulzura a grandes dolores.
Que esta columna sea un aplauso para Uxue Razquin, que nos ha regalado su maravilloso Cómo se le dice adiós a una madre (Pepitas de Calabaza); para Olalla Castro y su Mañana; y para Carla Simón, que ha vuelto con Romería. A Simón, además, le deseo profundamente que no lea las tonterías que dicen de su maravillosa película en las reseñas de Google. Mientras escribo con orgullo sus nombres —como escribo con orgullo el nombre de mis amigas, como si fueran ya parte de mí— recuerdo, sin mucha nitidez, una entrevista que leí siendo una cría. No recuerdo quién hablaba, pero juraría que se publicó en el dominical de El País. Una mujer contaba el consejo que había recibido desde niña de algún hombre de su familia: que evitara escribir su nombre, que firmara, simplemente, con la inicial de su nombre y su apellido. Así, nadie tendría por qué saber que su obra era producida por una mujer. Así, simplemente, valorarían su trabajo sin juzgarla a ella. Qué pena. Menos mal que, en este caso, sí conocemos sus nombres completos: Uxue Razquin, Olalla Castro, Carla Simón. Son miles más, claros, pero estos tres, estos días, han sido para mí faro y esperanza.
Recordar esa entrevista me estremece pensando en todas las mujeres que no han podido firmar con su nombre, en todas las historias que se han perdido por miedo o por mandato patriarcal. Hoy, cuando conocemos a Razquin, Castro y Simón, celebramos no solo su talento, sino su valentía: abrir caminos para que otras puedan escribir, filmar y crear sin miedo.
Los tres trabajos, de alguna manera, dialogan. Dialogan entre ellos y nos enfrentan a uno de los temas más universales: la muerte. Y, de su mano, el duelo. Razquin nos arrastra con ella a vivir el duelo por la muerte de su madre, Castro ilumina el camino a la sanación tras la muerte de una hija y Simón nos atrapa en la valentía de quien no siente vergüenza. Qué gusto, de verdad.
En medio del caos, la cultura es un refugio. No se trata de escapar sino de resistir.
Y, aquí, claro, nos faltaba María Pombo. La influencer tiene razón: leer no nos convierte automáticamente en mejores personas. Abrir un libro no nos transforma de golpe en gente admirable ni moralmente impecable —mirad cuánto lee, por ejemplo, Pérez Reverte—. Pero lo que sí hace la ficción, lo que nos regala la cultura, es algo mucho más profundo: la posibilidad de habitar otras vidas, de comprender dolores ajenos y de reconciliarnos con los propios. Nos permite sentir con intensidad, llorar y reír, conmovernos con historias que no son nuestras y, a la vez, reconocernos en ellas. La ficción nos da la oportunidad de sanar y de imaginar futuros distintos. Nos ayuda a enfrentarnos a nuestros propios miedos y heridas. Por eso, aunque María Pombo tenga razón en su crítica a la lectura como acto moral, la ficción sigue siendo una herramienta de resistencia, un refugio, una medicina silenciosa que nos permite caminar un poco más ligeras por el mundo.
La cultura feminista, además, aporta algo más: nos enseña a mirar con cuidado lo cotidiano, lo íntimo, lo que muchas veces pasa desapercibido. Nos permite identificar opresiones, pero también celebrar la resiliencia. De eso, nosotras, sabemos mucho. Las historias de mujeres, contadas por mujeres, son radicalmente universales: dolor, duelo, amor, esperanza, alegría. Nuestras voces nos conectan entre nosotras y nos permiten habitar un territorio donde reconocernos y sostenernos. Nosotras y todes los que no son ellos, claro. Leer, mirar y escucharnos entre nosotras es un acto de cuidado y resistencia. Y, sobre todo, va más allá de la validación individual: es colectiva. Es política. Cada historia que se cuenta, cada libro que se publica, cada película que se estrena es un acto de visibilidad y resistencia. Nos recuerda que nuestros cuerpos, emociones y vidas merecen ser narradas y escuchadas. La cultura y la ficción feminista nos dan permiso para sentir sin culpa. Nos permite ensayar futuros distintos, construir conexiones, celebrar la diversidad, reclamar nuestro espacio y sostenernos unas a otras. Que nuestros dolores son también memoria.
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