Opinión
Matronas: la vida en juego
Por Marta Nebot
Periodista
Mi abuela era matrona, la primera titulada de Andalucía y casi de España entera -si hacemos caso a la leyenda familiar-.
Ya será menos, pero sin duda su periplo -como el de muchas de esa época- da para libro, película o serie de temporadas infinitas. Sería otro Cuéntame de una España más profunda y pobre, más triste y seca, menos peliculera y más herida.
Nació y se crio entre Hinojales y Huelva. En el pueblo sus opciones eran nulas, teniendo en cuenta que no le gustaba el campo ni quería ser solo esposa. En la capital, sus tías sin hijos -que la medio adoptaron algunos años- le enseñaron a tocar el piano, tenían libros y una vida social que le interesaba.
Cuando su madre la obligó a volver a su lado para ayudarla con el porrón de hijos que la siguieron se acercó a la Iglesia porque era el único lugar en el que tenía acceso a música y a libros.
El caso es que se empeñó en estudiar y su padre la apoyó. Con veinte años se fue sola en burro a Huelva y de ahí en tren a Cádiz, donde se examinó y consiguió dos títulos: el de enfermera y el de matrona.
Le dieron plaza en Jabugo. Allí se enamoró y tuvo siete hijos con un señorito que resultó estar enfermo del corazón y que la dejó viuda diez años después de la boda.
Se mudaron a Sevilla para que el futuro de sus hijos no fuera solo “amarrar chorizos”, decía ella.
Consiguió hacer sustituciones por toda la ciudad. Cuando el parto salía bien la sacaban en hombros. Si salía mal, su vida corría peligro. Más de una vez se llevó, además del disgusto, mucho miedo y unos cuantos golpes.
En cuanto pudo se dedicó más a la enfermería en hospitales y consultas. Traer niños al mundo era profesión de riesgo. Así que abandonó su vocación por proteger su integridad y el salario que sustentaba a su familia.
La semana que viene, el 5 de mayo, se celebra el Día Internacional de la Matrona declarado por Naciones Unidas y, por alusiones, hoy quiero ponerles el foco.
Es raro enfocar a los nacimientos cuando las noticias diarias están llenas de muertos. Sin embargo, la vida, de momento, siempre sigue. Y hablar de matronas es hablar de esperanza y de mejorar el mundo.
La Conferencia Internacional de Matronas está juntando firmas porque cree que nos faltan muchas y que tenerlas marcaría una gran diferencia. Calculan que un millón más de matronas podrían prevenir el 67% de las muertes maternas, el 64% de las muertes neonatales y el 65% de los abortos no deseados, salvando millones de vidas. No es poco.
Cada diecisiete segundos muere un bebé antes de nacer. Cada dos minutos, una mujer por complicaciones relacionadas con el embarazo o el parto. Cada hora, más de 250 bebés de menos de un mes.
Las cesáreas innecesarias están aumentando a un ritmo alarmante, sin que eso se traduzca en mejoras en salud, sino en complicaciones a corto y largo plazo. Al mismo tiempo, la violencia obstétrica sigue perjudicando a las mujeres durante uno de los momentos más vulnerables de sus vidas. En todo el mundo los derechos sexuales y reproductivos están siendo vulnerados. A las mujeres se les niega tanto la atención que necesitan como la capacidad de tomar decisiones informadas sobre sus cuerpos y su futuro.
Esto es lo que denuncian. Por esto es por lo que pelean. Y todos los hombres y mujeres que hayan parido saben lo que cambia un parto si en la sala hay una de ellas.
Hace unos meses cayó en mis manos un libro más que curioso: la Historia de las Matronas en España, escrito por la matrona e historiadora Dolores Ruiz-Berdún, que ejerció la profesión durante casi veinte años y hoy es catedrática de Historia de la Ciencia de la Universidad de Alcalá.
Después de hablar con ella y con una matrona en ejercicio, Raquel Ortega, tengo la sensación de que en España no ha cambiado demasiado el cuento desde mi abuela: ya no les pegan, pero las están echando de la profesión y sin ellas parimos y nacemos peor. Y sabemos que cómo se pare y cómo se nace marcan nuestras vidas de por vida. Esto tampoco es poco.
La percepción política de algunos es que las matronas solo asisten partos, que la natalidad está bajando y que también se puede parir sin ellas, obviando, además, sus labores en salud sexual y reproductiva, en prevención de cáncer, en información y tratamiento de la menarquía y la menopausia, etc, etc.
Las matronas españolas escasean, están precarizadas y sobrecargadas, sufren intrusismo y ninguneos, en pocos años se jubilará un porcentaje importante -una generación entera para la que no hay reemplazo preparado-. Aunque todo esto, claro, en unas comunidades autónomas más que en otras porque las competencias en sanidad están transferidas.
La ratio nacional es de unas 12,4 matronas por cada 1.000 nacimientos, mientras que la media de la OCDE es de 25 por cada 1.000: más del doble. En la Comunidad de Madrid, por ejemplo, la plantilla de matronas en Atención Primaria no llega a 300 profesionales. Algunas tienen asignadas hasta 20.000 tarjetas sanitarias, frente a las 2.000 que suelen gestionar los médicos de familia. Cuando se van de vacaciones o de baja no son sustituidas.
Muchas, sobrepasadas, piden reducciones de jornada o se pasan a la enfermería, con cargas laborales más razonables y guardias y horas extras pagadas.
La principal reivindicación del gremio es recuperar el grado universitario independiente que tienen en la mayoría de los países europeos y que aquí tuvieron desde 1845. Las matronas fueron las primeras mujeres en acceder a la universidad en España. El franquismo terminó con este hito. Hoy esta reclamación choca con la oposición del propio colectivo de enfermería, el corporativismo médico y la inacción política, comprometiendo el futuro de la profesión y, por lo tanto, el cuidado de las mujeres y de sus hijos.
Otra demanda importante del colectivo son las casas de partos: instalaciones dedicadas a la atención de ese proceso en un entorno no hospitalario liderado por matronas, coordinadas con servicios de Obstetricia y Neonatología, que favorecen el progreso del parto sin intervenciones innecesarias en embarazos de bajo riesgo. Las hay en más de quince países europeos. En el Reino Unido es dónde más está desarrollado este modelo con cientos de ellas. Alemania, Holanda, Dinamarca, Noruega y Francia tienen larga tradición también de este sistema tan exitoso como razonable. La evidencia científica apoya su expansión porque reducen la mortalidad infantil y las intervenciones obstétricas. Son puro ahorro en dolor y en recursos sanitarios: una inversión con frutos probados.
En España, solo hay dos públicas: una en Badalona y la otra en Martorell, las dos en Catalunya.
Resumiendo: la profesión de matrona en España se enfrenta a un déficit estructural serio, marcado por la contradicción entre una formación de alta calidad -mucho mejor que la de otros países vecinos- y unas condiciones laborales precarias. Arrastra una carga histórica de misoginia y falta de reconocimiento y, sin embargo, en 2026, en el equivalente al MIR en enfermería, en la convocatoria EIR (Enfermero Interno Residente), la especialidad de matrona (Enfermería Obstétrico-Ginecológica) fue, un año más, la primera en agotarse. Es la especialidad más deseada; muchas quieren ser matronas y se quedan sin plaza.
En definitiva, la vida en esto también pelea por seguir pero no está encontrando el cauce. ¿Cómo hacemos para que lo encuentre?
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