Opinión
No me gusta mi frente
Periodista
En la pantalla aparece una jovencísima Kylie Minogue, apenas una niña con su carita inmaculada, que llega a Londres directa de Australia dispuesta a triunfar como cantante de pop. Es 1987 y Kylie tiene 19 años pero aún no sabe que va a lanzar I Should be Lucky y lo va a petar tanto que se va a convertir en una estrella mundial para lo que le resta de vida. La entrevista vuelve a la actualidad, han pasado casi 40 años desde esas grabaciones y Kylie, de 56, habla en un documental sobre su exitosa trayectoria sin que sea posible distinguir su edad. ¿Cómo puede seguir así? ¿Qué clase de brujería la ha hechizado? Un rostro congelado en el tiempo en un punto indeterminado de la juventud. Luce fresca, despierta y radiante… Y es que a Kylie se le movía más la frente de adolescente que con 56 años. Yo asisto hipnotizada desde el salón de mi casa a las declaraciones de esa adorable muñequita que habla de sus experiencias vividas cuando yo casi ni había nacido, mientras siento una mezcla de estupor y de envidia. Según algunos medios, la cantante australiana habría dejado de inyectarse bótox en los últimos años para lucir más natural, aunque a mí no me la cuelan: es humanamente imposible tener ese rostro a su edad. A Kylie no se le echan 55 años, ni 50, ni siquiera se le echan 40.
Un paseo por el photocall de cualquier estreno de cine y por el front row de las las principales galas de la moda del mundo nos lleva directas a esta distopía en la que estamos inmersas: envejecer ya no está permitido y, como sigamos a este ritmo, lucir arrugas va a ser únicamente cosa de pobres y de mal aseadas, como lo fue ir sin depilar y con las canas sin teñir. Según los datos de la Sociedad Española de Medicina Estética- SEME, el 46% de la población española ha utilizado servicios de medicina estética en alguna ocasión, de los cuales, 7 de cada 10 son mujeres. Y aunque la misma institución anuncia la caída del bótox, el bótox sigue siendo el tratamiento facial más demandado en el segmento de los 30 a los 44 años. Yo cumplí 40 años hace unas semanas y he empezado a obsesionarme con mi frente: una fina línea horizontal la cruza por la mitad y, por mucho que evite los selfies y los probadores del Zara ya estoy perdida, porque puedo seguir su rastro con las yemas de mis dedos. La erosión se siente.
Me he dado cuenta de que ya no me queda famosa con quién compararme. La inmensa mayoría de las actrices, cantantes o influencers nacidas en mi año, antes o bastante después, llevan tanto tiempo pinchándose bótox o inyectándose ácido hialurónico que una tiene que tirar de hemeroteca para saber cómo era las famosas de 40 años hace unos años. Puede que Henar Álvarez o Lourdes Maldonado sean de las pocas presentadoras que aún conservan movilidad en el tercio superior de sus rostros. En redes, veo el vídeo de varios jugadores de fútbol en este Mundial: muchos han usado bótox y cuando levantan las cejas su frente sigue perfectamente planchada. Las frentes están en peligro de extinción, las frentes son como el pulpo gallego y las cantantes de pop con ropa, la tranquilidad en el camino de Santiago, la puntualidad de Renfe y la conciencia de clase. Decía Nora Ephron que no le gustaba su cuello, que la cara era mentira y el cuello era la verdad. Pero mientras mi cuello aún mantiene el tipo, la frente -y el surco nasogeniano izquierdo- empiezan a delatarme.
Y es que todas las violencias estéticas que sufrimos las mujeres, la del antienvejecimiento es la más perversa porque directamente nos exigen un imposible, hacer castillos en el aire y quedarnos a vivir en ellos. Habrá quien pueda hacer ciertos sacrificios para conseguir un físico determinado (deporte, nutrición), pero, de momento, no hay nadie que pueda detener el tiempo. La industria del antienvejecimiento es un oxímoron en si mismo, porque dejar de envejecer sería dejar de vivir. Por eso, las intervenciones que congelan nuestro rostro niegan nuestra experiencia y nuestra genealogía, nos infantilizan y, hasta cierto punto, nos quitan autoridad porque con la cara congelada da igual que rías o que llores, que sufras o que te enfades, si tu expresión siempre es la de la infinita sorpresa. La ley del agrado se nos tatúa en el rostro para convertirnos en seres ingenuos fabricados en serie. Para lucir guapas, todas igual de guapas.
Como cualquier órgano que se atrofia, la frente dejará de ser un problema cuando desaparezca por si sola. Las frentes están condenadas a desaparecer y una vez que lo hagan llevaremos el cráneo al aire, que no se arruga y es fácil de lijar con una piedra pómez. Cuando erosione el hueso frontal llegaremos al cerebro, concretamente al lóbulo frontal que es el que regula el lenguaje, la resolución de problemas y controla el razonamiento, cuya corteza no acaba de formarse hasta los 25 o 30 años. Podremos seguir puliendo y estirando y abrillantando hasta borrar los malos pensamientos y ser bebecitos de teta que cagan, hacen pis, lloran mucho, y piden poco.
Con humildad reconozco que a mí tampoco me gusta mi frente. Voy a empezar por la intervención más sencilla: cortarme el flequillo.
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