Opinión
Mestizajes buenos, mestizajes malos

Investigador científico, Incipit-CSIC
A la derecha más reaccionaria le encanta reivindicar el mestizaje y la mezcla de culturas. Escucha uno un discurso de Ayuso y le parece que está en un concierto de Manu Chao. Con una diferencia: el mestizaje que le gusta a la ultraderecha es el que tuvo lugar hace 500 años. El de ahora les hace menos ilusión. De hecho, cuando toca hablar de mezclas contemporáneas, utilizan conceptos como "estercolero multicultural", lo que hace pensar que no están muy a favor.
Y es que para la derecha radical hay mestizajes buenos y mestizajes malos. El mestizaje bueno es el imperial: el de los conquistadores que se impusieron a sangre y fuego, sometieron a las poblaciones nativas y saquearon recursos. Un mestizaje basado en la coerción, como es lógico en el escenario asimétrico de una conquista en la que los vencedores se creían superiores moral y culturalmente a los vencidos.
El mestizaje en el Imperio español implicó violaciones, matrimonios forzados y familias desechas, mujeres utilizadas como peones en estrategias políticas (muchas veces abandonadas tras cumplir su función), o como alivio sexual por parte de los varones que representaron el grueso de población española en América. Celebrar el mestizaje de la conquista acríticamente no es solo exaltar el colonialismo, sino olvidar la violencia patriarcal que lo acompañó.
Un ejemplo: la actual población canaria solo tiene un 7% de herencia cromosómica Y de origen nativo, frente a 33% mitocondrial. El ADN mitocondrial lo transmiten las mujeres; el cromosoma Y, los hombres. La explicación es sencilla: los conquistadores españoles mataron o esclavizaron a la población masculina y se apropiaron de las mujeres.
Por otro lado, la sociedad mestiza que surgió en América fue extremadamente jerárquica y desigual. A los mezclados se los trató de encajar en grupos bien definidos, conocidos como castas: mestizos, mulatos, lobos, zambaigos, moriscos, torna atrás, chinos. Y aunque el sistema fuera flexible por necesidad, lo cierto es que estableció limitaciones y prohibiciones para muchos. Los mulatos, por ejemplo, tenían vetada esa universidad virreinal que tanto celebra la derecha.
Además de la cuestión racial estaba la de legitimidad: “pocos españoles de honra hay que casen con indias o negras, el qual defecto de los natales les hace infames”, decía el jurista Juan de Solórzano en el siglo XVII. La frase es reveladora: casarse con indias o negras se percibía como algo deshonroso y un defecto propio de gente de baja estofa -racismo y clasismo siempre de la mano. Así pues, el mestizaje tuvo lugar mayoritariamente en forma de adulterio o concubinato, con las consecuencias que ello tuvo para los descendientes.
Claro que la mezcla no se queda en los genes: lo importante, nos dirán, es la hibridación de culturas. Sin embargo, también aquí la asimetría y la coerción fueron generalizadas. La religión católica se impuso con demasiada frecuencia contra la voluntad de las comunidades americanas: se destruyeron templos y estatuas, se quemaron innumerables códices que conservaban no solo creencias, sino siglos de conocimiento ancestral, se marginaron saberes y tradiciones. Sin duda los productos de la hibridación son un prodigio -la música barroca guaraní o las pinturas de ángeles arcabuceros de Perú-, pero un prodigio a costa de mucho sufrimiento para generaciones de indígenas.
A la extrema derecha este mestizaje traumático le parece estupendo. En cambio, el que surge en España sin imposición ni violencia les horroriza. Es más, lo denuncian activamente, como esos políticos de Vox que se pasean señalando kebabs, carnicerías halal y tiendas de productos latinos en los barrios. Y es extraño, porque es precisamente esta nueva mezcla de la que deberíamos sentirnos orgullosos. Que España no sea (aún) la Francia de las banlieues o el EEUU de los guetos. Según una encuesta reciente, el 84% de los españoles consideran la diversidad que trae la inmigración como algo positivo, porcentaje bastante superior al de otros países europeos. Esta actitud que todavía y pese a todo caracteriza a buena parte de la sociedad española es lo que quiere destruir la derecha radical.
Porque en realidad los reaccionarios no celebran mestizaje alguno. Lo que celebran es la supremacía cultural, moral y política de una nación europea (la nuestra) y su imposición a través del Imperio. Y el imperio se impone en las colonias, donde se manifiesta la misión civilizadora de España sobre sociedades percibidas como inferiores. En nuestro país, mientras tanto, hemos de conservar la pureza de sangre y de cultura. Que los inferiores vengan aquí a crear nuevas realidades híbridas es tanto una amenaza como una afrenta.
Lo que hay detrás del discurso reaccionario del mestizaje, por tanto, no es más que el racismo de siempre. Los mexicanos lo tienen claro. Ahora es necesario que los españoles lo tengamos claro también y celebremos el mestizaje que merece ser celebrado: el que surge en libertad y sin violencia.

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