Opinión
Una mínima resistencia

Por Silvia Nanclares
Escritora
Semana mundial del shock. La resaca política y social después de uno de los lunes más deprimentes que se recuerda en años está servida. Un estado de ánimo se instala en nuestras cocinas mientras leemos o escuchamos las nuevas: una gama de tonos que basculan entre la estupefacción, el terror y la congoja. Te despiertas y mientras desayunas, el sentido común se ha convertido, de golpe, en el más peligroso de los sentidos. Para nosotras no será la mejor de las eras, sin duda. Muchas estamos en el centro del target. Han ganado ("Ya hemos pasao", como cantaba Celia Gámez) y nos quedan cuatro años de reconfiguración ideológica y destrucción democrática. Era dorada, la han denominado.
Frente a ese brillo cegador: ¿cuál será la gama de tonos de nuestra resistencia?¿Cómo podemos construir alternativas si esa luz en la cara no deja de deslumbrarnos?
Somos conscientes de que aún con todo nuestro esfuerzo, nuestra oposición solo podrá optar a un amarillo desvaído, probablemente imperfecto, lleno de arañazos, e irrisorio al fin y al cabo frente a la gama de pantones con la que amenaza (y cumple) la hegemonía mundial. Será una lucha fallida, seguramente condenada a perder. ¿Pero no será el único modo de habitar estos tiempos? Lucha antirracista, militancia en el feminismo transinclusivo o el activismo ambiental, crear o fortalecer las redes de apoyo mutuo, estar presentes con nuestras amistades en espacios fuera de las redes que nos han traído hasta aquí. El mutismo es tan tentador, pero tenemos que intentarlo. Quedarnos en la parálisis y la estupefacción solo les refuerza. O esgrimiendo la habitual superioridad moral: nuestros improperios son el algodón mágico de ese proyecto dorado.
Ya es un lugar común pero después del despliegue teatral de la investidura de Trump, especialmente el dictado y ovación ante sus nuevas disposiciones legislativas, es difícil no pensar una vez más en El cuento de la criada. En su día, cuando lo leí, sentí ingenuamente que estábamos protegidas de aquel escenario donde un muro de cuerpos decapitados separaba a los gobernantes del pueblo de Gilead. Que estábamos lejos de aquella teocracia (curioso pensarlo desde un país de memoria nacionalcatólica y Sección Femenina tan fresca, tan latente), en las antípodas de aquellos colores polvorientos más pavorosos que el corte del sombrero de ala de Melania. Este nuevo estado de cosas de rearme fascista, machista y militarista no es exactamente como lo ideó Atwood pero se le parece tanto que corta la respiración.
Mientras, más cerquita, en los juzgados de Plaza Castilla de Madrid, durante el interrogatorio a una mujer que ha denunciado por violencia sexual a un conocido político, un juez le impone el régimen de la sospecha a la vez que confraterniza con el acusado. Todo en sede judicial. Todo convenientemente filtrado. Nueva ración de supuesta estupefacción en los medios y en las redes. Para muchas de nosotras, la manosfera de la judicatura siempre ha estado ahí, poniéndonos bajo la lupa de la credibilidad, dictando inconsistencia a nuestras denuncias, no admitiéndolas a trámite. Percibir el compadreo con el acusado es doloroso. Aunque no compartan ideología, comparten código, pertenencia, lenguaje (calentón, magreo…), miradas, aquiescencia: en fin, orden simbólico. Lo que no existe del otro lado es legitimidad ni lenguaje alguno para expresar el espectro de las violencias sexuales que plantea la denunciante. Y así estamos, ese será el espacio de nuestro trabajo y nuestra resistencia. De nuevo la tentación de mantenernos en la estupefacción, del nudo en el estómago que nos paraliza. La incredulidad de ver concomitancias entre la banda de tecnobros que escolta a Trump y los dejes de compadreo entre un juez y un político retirado.
Y un poco más lejos, pero no tanto, otra incredulidad: la desolación de la vuelta a “casa”, a sus barrios, a lo que fueron sus familias, hoy diezmadas entre los escombros de lo que fue Gaza. Un poco más al norte, la llegada de un ramillete escogido de los líderes mundiales a la nieve cada vez más escasa de Davos. Cada pieza funda esta semana aciaga un nuevo orden mundial que, a pesar de todo, no nos puede vencer. Al menos en el día a día, donde nuestro estado de ánimo está cada vez más maltrecho. No puede dejarnos sin palabras. Las necesitamos más que nunca. Para contarnos, para contar, para volver a intentar robustecer o reconstruir esa cohesión social que nos amortigüe el impacto y las consecuencias de este panorama. Para construir una mínima resistencia. ¿Cuál será la tuya? ¿Cuál vas a habitar?
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