Opinión
Miremos también nuestra sexualidad dañada

Periodista y escritora
Recuerdo que cuando era una chavala, allá a principios de los años 80 de siglo pasado, nos explicábamos unas a otras las cosas de la sexualidad con cierta excitación nerviosa. No teníamos muchas guías. Probablemente, dependía del entorno de cada una, pero no creo que en ningún contexto las adolescentes en España gozaran entonces de información suficiente sobre el funcionamiento de su propio cuerpo y los vericuetos del placer sexual. Yo me movía entre dos mundos muy diferentes. De lunes a viernes, con mis compañeras del Sagrado Corazón de Zaragoza. Los fines de semana y las vacaciones, con mis amigas y amigos de la playa, en Calafell, en un entorno más diverso y laico. En ambos ambientes nos acercábamos a la sexualidad a tientas.
Había entonces varias ideas que se daban por ciertas. A saber: 1) los chicos tenían muchísimo más deseo sexual que nosotras; 2) había que satisfacer el deseo sexual del chico que se había excitado junto a ti porque, si no, le dolían los huevos hasta un límite insoportable; 3) para los hombres, hacerse una paja era algo espontáneo y habitual, mientras para nosotras se trataba de algo complejísimo que no se sabía…
Lo anterior es un resumen, algo así como el marco en el que se desarrollaba todo lo demás. Y lo demás era, por ejemplo, que había chicas que eran para casarse y otras, para follar. Ese tipo de cosas, que además iban quedando bastante claras en cuanto empezabas a ver películas de terror y comprendías que la primera que moría era la que se iba al bosque a echar un polvo. Después llegó la pornografía mainstream a dejar las cositas claras: "ponte así", depílate el coño como si fueras una niña, gime mientras la chupas hasta la garganta, una náusea, y practica la doble penetración con eyaculación final sobre tu cara. Ahora no sé. Ahora las cosas son más extremas, pero yo me acerco al dolor desde otro lugar.
Desde ese lugar precisamente es desde el que escribo esto: nuestra sexualidad se ha convertido en la hermana pobre entre las consecuencias que la violencia sexual tiene en nuestras vidas. Hablamos de procesos judiciales, de trauma, de procesos terapéuticos, de maternidades y vamos rozando, sólo rozando, el hecho de que la violencia machista, y muy concretamente la sexual, modifica nuestra relación con nuestros propios cuerpos, nos daña gravemente, a veces, si no se pone remedio, para siempre: falta de deseo, hipersexualidad, anorgasmia, asco, rechazo, autolesión, trastornos varios…
Han cambiado mucho las cosas desde aquellos primeros 80 en una España cateta y cerrada, y sin embargo el eje de la sexualidad, incluyendo a sus profesionales, no acaban de formar parte de lo que consideramos reparación imprescindible para las víctimas. Para recuperar el respeto y, si me permiten, el amor por el propio cuerpo, la capacidad de sentir y dar placer, el diálogo íntimo con otra/s persona/s me parece imprescindible hablar de ello más, mucho más, todo el rato si hace falta.
Últimamente me planteo mucho la necesidad de gozar, así, en general: bailar, cantar, juntarnos, charlar, leer, caminar, dormir, comer, beber, descansar, jugar, cocinar, acariciar, besar y follar. Esta es una enumeración al vuelo. ¿Para qué sirve, si no, tanta lucha, tanto avance, tanto pensamiento compartido? Pero hay una herida en las violencias machistas que nos impide, en el caso de la sexualidad, mirarla a frente a frente, con franqueza.
No creo que ayuden los múltiples algoritmos que cercenan hasta las palabras que lo nombran, igual que sucede en muchas ocasiones con las IAs. El drama que tiene Instagram con nuestros pezones no es un caso aislado. Responde a una tónica general que parece indicar de qué podemos hablar y de qué no. Si aterrizamos esto a nuestras maneras de comunicarnos online, deberíamos plantearnos hasta qué punto es inocente que justo sea nuestra sexualidad aquello que nos prohíben. No solo porque es una forma de domesticación en un falso pudor, un repugnante nuevo recato. También porque deja fuera del diálogo sobre la reparación todo un ámbito, el de nuestra relación con el placer, que deberíamos poner en el centro.
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