Opinión
Miren no es tonta diga lo que diga su madre

Por Andrea Momoitio
Periodista y escritora
Pongamos que se llama Miren. Tendrá dos añitos. Son las diez de la mañana y no está en el cole. Está paseando con una mujer adulta a la que llama ama. Miren va vestida como una princesita: lleva una falda, leotardos, zapatitos de charol. Lleva también un jersey de punto, de esos que pican; y una camisita con puntillas. Va repeinada e incómoda, pero parece contenta. Mira con curiosidad todo lo que tiene alrededor. Toca, con sus pequeñas manitas, las paredes y las farolas; acaricia el banco y sonríe a la perra que paseo yo: "Mira, ama, un perrito". Ella no contesta. Ni contesta ni mira con curiosidad nada. "Estará quemada", pienso. "Qué dura debe de ser la maternidad", me digo.
De pronto, su violencia abrió una grieta entre mi condescendencia y yo.
–Pero, ¿TÚ ERES TONTA? ¡MIRA CÓMO TE HAS PUESTO! ¡Te has manchado entera! No paras de hacer el tonto. Eres tonta. Joder, ¿eres tonta?
Miren no dice nada. Llora y se come los mocos. Llora y le tiende los brazos en busca de consuelo. Llora y llora mientras la persona adulta que tendría que estar cuidándola no para de gritar porque, un día más, va a tener que poner una lavadora. Entiendo la frustración, entiendo el agotamiento, pero ese nivel de violencia es intolerable. La normalización de la violencia verbal en la crianza nos convierte –y aquí no tengo ningún atisbo de duda– en una sociedad de mierda, que sostiene y normaliza una forma de tratar a las criaturas que sobrepasa todos los límites. Frases aparentemente cotidianas siguen socialmente muy toleradas aunque sean formas claras de maltrato emocional hacia criaturas muy pequeñas.
La distancia entre el discurso público sobre la infancia y la realidad cotidiana es un cráter: hablamos de crianza respetuosa, apego o educación emocional, pero en la calle seguimos observando escenas que muestran cuánto camino nos queda por recorrer todavía. Mientras, callamos. Yo, la primera. No fui capaz de decir nada. Hemos aprendido a intervenir ante otras situaciones violentas o, al menos, sabemos que éticamente nos corresponde poner límites a ciertas situaciones de violencia, ¿pero quién se atreve a cuestionar los gritos de una madre cansada?
No es casual que estemos hablando de una niña. A las niñas se les exige pulcritud, quietud, "comportarse bien". Ensuciarse, hacer ruido o explorar se castiga más en nuestro caso porque rompe con la idea de niña bonita, ordenada y obediente. Miren va vestida “como una princesita”, pero esa estética convierte el paseo en una trampa: una niña pequeña no puede explorar el mundo sin mancharse. Si a una niña le dices que es tonta por ensuciarse, el mensaje que recibe no habla de su ropa sino de quién es ella. No corrige una conducta –que, por otro lado, es una conducta que no puede reprocharse– sino que construye una identidad. Así, entre grito y grito, transmitimos de generación en generación la violencia que nosotras también sufrimos de niñas. Las palabras educan. Educan cuando acompañan, cuando ponen límites, cuando nombran el mundo con paciencia, pero también cuando humillan, cuando ridiculizan, cuando convierten cierta ¿torpeza? natural de la infancia en un defecto del carácter. Qué barbaridad. Qué doloroso.
Alicia Murillo decía en Pikara Magazine que el patriarcado ha dejado históricamente los cuidados en manos de las mujeres y eso produce una paradoja incómoda: "Los padres son los abandonadores, los maltratadores físicos y los abusadores sexuales, mientras que las madres son las que ejercen violencia física y psicológica desde su posición de cuidadoras". El sistema deposita en ellas toda la presión, todo el control cotidiano y toda la responsabilidad sobre las criaturas. Ese control, explica Murillo, se manifiesta muchas veces en gestos aparentemente pequeños: el peinado, la ropa, la limpieza, la apariencia. La infancia convertida en escaparate. El cuerpo de las niñas convertido en un campo de disciplina adulta. No es una excusa. Ni muchísimo menos.
Miren no estaba haciendo el tonto: diga lo que diga su madre. Estaba haciendo lo único que puede hacer una niña de dos años: tocar, mirar, mancharse, descubrir. Estaba, simplemente, siendo una niña. A veces la infancia nos incomoda tanto que intentamos plancharla, peinarla y mantenerla limpia, como ese jersey que pica y esa falda que no deja moverse, pero la infancia no es eso. La infancia es curiosidad con mocos, manos sucias y rodillas manchadas. Si una sociedad no es capaz de soportar ni siquiera eso —si necesita gritarle "tonta" a una niña de dos años porque se ha manchado la ropa— entonces el problema, desde luego, no es Miren. Es todo lo demás.
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